Desde el Museo / junio (quincena 1)

Por: Redacción
6 junio, 2009
 
 
Publicado en la edición 391, 07 junio de 2009
 
     
 
 
     
 
Yo servida a la mesa
 
     
 
Como es obvio, una vez que se dio paso a la participación del público los platillos desaparecieron rápidamente, lo que hacía pensar acerca de valores como la permanencia de la obra de arte y sus límites visuales y materiales
 
     
 
 
     
 
Por Carlos Arturo Fernández U.
 
 
En 1981, cuando iniciaba labores el Museo de Arte Moderno, en medio de un gran debate artístico de alcance latinoamericano propiciado por el mismo Museo, se creó el Salón Rabinovich que a lo largo de los años llegó a ser la más importante manifestación de los cambios radicales que entonces enfrentaba el arte en Colombia.
El debate de ese momento, representado por la confrontación entre la IV Bienal de Medellín y el Encuentro de Arte No Objetual y de Arte Urbano que organizó el MAMM, es considerado por muchos críticos e historiadores, más allá de las fronteras colombianas, como el momento de la efectiva aparición de un arte “contemporáneo” en América Latina.
El primer Salón Rabinovich, nacido al calor de una reflexión tan significativa, se presentó en el MAMM en el mes de octubre de 1981 y otorgó el primer premio a la obra “Yo servida a la mesa”, de María Teresa Cano, en ese momento estudiante del programa de Artes Plásticas de la Universidad de Antioquia.
La obra premiada era absolutamente insólita en el ámbito colombiano. Tanto, que resultaba muy difícil percibir que se trataba de una obra de arte y, por lo tanto, puso en primer plano la discusión acerca de la naturaleza del arte que es, precisamente, el tipo de debate que distingue la situación “contemporánea” frente a todos los procesos de las vanguardias anteriores. La joven artista organizó una mesa completa de platos comestibles y galletas, dispuestos para que, efectivamente, fueran consumidos por el público; con la característica adicional de que los distintos platos estaban realizados con un molde de su propio rostro. Se trataba, pues, de una serie de autorretratos en natilla, gelatina, torta con piel de crema y pelo de chocolate, arroz con cilantro y ensalada, o atún, dispuestos en una instalación comestible.
Como es obvio, una vez que se dio paso a la participación del público los platillos desaparecieron rápidamente, lo que hacía pensar acerca de valores como la permanencia de la obra de arte y sus límites visuales y materiales. Pero la acción estaba también cargada de elementos simbólicos: ritual sagrado en el cual se consume al propio artista que se entrega a la comunidad; antropofagia; restos que manifiestan la destrucción progresiva. En fin, una poesía cargada de amor y de muerte
“Yo servida a la mesa” desapareció, y como realidad física no se conserva en ningún depósito o colección, ni es posible verla o fotografiarla hoy en directo. En su momento, ni siquiera se organizó un estudio fotográfico porque lo que interesaba era el acontecimiento y su poder de presente. Pero permanece en la documentación más o menos espontánea del evento y, sobre todo, en la reflexión suscitada que todavía hoy nos invita a pensar el arte como un proceso de participación vital.
 
     
 
 
 

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