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Desde el Museo / julio (quincena 2)

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Publicado en la edición 394, 19 julio de 2009
 
   
 
 
   
 
Carlos Gardel de fuego
 
   
 
 
   
 
Por Carlos Arturo Fernández U.
 
 
La apertura del Museo de Arte Moderno de Medellín y sus primeras realizaciones se producen en un contexto cultural y artístico, rico en propuestas y debates estéticos que superan ampliamente los límites nacionales y que, mirados desde la perspectiva de casi tres décadas, aparecen como eventos de trascendental importancia para la definición del arte actual en América Latina.
En 1981, esos debates intensos se desarrollaron alrededor de la IV Bienal de Arte de Medellín, patrocinada por un grupo de importantes empresas locales, y del Primer Coloquio y Muestra Latinoamericana de Arte No Objetual y Arte Urbano, organizado por el MAMM. Sin embargo, en su momento, ni siquiera muchos de sus protagonistas percibían muy claramente lo que estaba en discusión. Es el caso de la artista argentina Marta Minujín quien participa simultáneamente en ambos eventos. En el marco de la IV Bienal realiza su “Carlos Gardel de fuego”, una obra que quedó inscrita en la memoria de la ciudad.
El trabajo de Marta Minujín (Buenos Aires, 1943) se mueve entre los ámbitos de la escultura, las acciones artísticas participativas o “happenings”, de las cuales es pionera, y las infinitas posibilidades del arte efímero. Contra la tradición de un arte absoluto, crea uno fugaz que, a pesar de su transitoriedad, tiene una carga conceptual y cultural que asegura su permanencia en el imaginario colectivo.
“Carlos Gardel de fuego” era una gran estructura metálica de 17 metros de altura, recubierta de algodón a la que se le prendió fuego y fue consumida en pocos minutos ante la mirada de los espectadores. Por supuesto, no es casual que se tratara de una evocación de Carlos Gardel, ni que la estructura fuera destruida por el fuego, ni que la obra se desarrollara en la ciudad donde el cantante murió quemado en un accidente aéreo en 1935. La obra vivía de la historia y del mito.
En este contexto cambian todos los parámetros a partir de los cuales se puede analizar la validez de una obra de arte. No interesa aquí la semejanza aparente que, por supuesto, es imposible encontrar en una estructura metálica recubierta de algodón, ni el trabajo manual del artista, ni la perdurabilidad. Pero, por encima de todo, lo que el “Carlos Gardel de fuego” reivindica es que la cultura depende del poder de la memoria, sin la cual no hay historia: ni pasado, ni presente, ni futuro.
 
   
 
 
 

 
 
 
 

 
 
 
 

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