El 9 de enero de 2013, un importante medio español publicó en exclusiva: “Hugo Chávez, intubado en el hospital militar de La Habana”. La foto parecía tan real que muchos la creímos sin dudar; si lo decía ese medio, tenía que ser verdad. Horas después, se retractaron: no era Chávez, sino un hombre cualquiera que se parecía a él. Ese día entendí que hasta los medios más confiables pueden equivocarse, y que pensar por cuenta propia es una responsabilidad. Y eso fue antes de que la inteligencia artificial se masificara… ¿se imaginan esa historia con ChatGPT a la mano?
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Hoy, cuando las noticias se mezclan con memes, los titulares con opiniones y las imágenes con inteligencia artificial, distinguir lo cierto de lo falso se volvió una tarea muy difícil. Vivimos rodeados de algoritmos que alimentan nuestros sesgos y nos muestran solo lo que confirma nuestras ideas, encerrándonos en burbujas donde parece que todos pensamos igual, y en esa comodidad silenciosa se debilita algo esencial:
La capacidad de pensar por cuenta propia.
La democracia no se sostiene solo con votos, sino con pensamiento crítico. Ser ciudadano en la era digital es detenerse antes de compartir, preguntar quién lo dice y para qué; contrastar, escuchar al que piensa distinto y entender que cambiar de opinión no es una derrota, sino una forma de madurez intelectual. En un mundo en el que los algoritmos predicen lo que queremos, la educación (y especialmente las universidades) tenemos la responsabilidad de enseñar lo que más importa: dudar, discernir y dialogar.
Las universidades tenemos un papel clave: formar personas que no solo acumulen datos, sino que sepan analizarlos, debatir con respeto y mirar con varios lentes la misma realidad. Porque en un tiempo en el que la desinformación se disfraza de verdad y las máquinas escriben con aparente certeza, pensar sigue siendo el más humano de los actos.





