El virus que nos cambió la vida

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Las ediciones de Vivir en El Poblado de 2020 son ejemplares de colección, porque algún día vamos a querer recordar, perplejos, todo lo que nos tocó vivir en el año de la pandemia. El periodismo, testigo de la historia del día a día.

2020

No han pasado dos años, y ya los ejemplares de Vivir en El Poblado de 2020 son documentos históricos; el registro de una etapa de la humanidad que siempre recordaremos con perplejidad. La edición del 19 de marzo de 2020 es una mezcla de desconcierto y de esperanza. “¡Orden! Y creatividad”, titula el editorial: “Es tiempo de guardarse, de cuidarse, de quererse y de crear”. Solo 13 días antes, el 6 de marzo, el Gobierno Nacional había confirmado el primer caso de COVID19 en Colombia, proveniente de Italia. El 12 de marzo declaró el estado de emergencia sanitaria en todo el país; y el 25 de marzo, seis días después de esta publicación, entrábamos en cuarentena obligatoria, una medida decretada inicialmente para 19 días, pero que el presidente debió prorrogar varias veces, hasta el 1° de septiembre.

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Recorrer las páginas de esta y las siguientes ediciones del primer semestre de 2020 es traer a la memoria la angustia que teníamos por no saber qué estaba pasando y qué iba a pasar, y, al mismo tiempo, corroborar la responsabilidad del periodismo en tiempos de crisis. Vivir en El Poblado (en sus versiones impresa y digital) dio cuenta de lo que estábamos viviendo, al tiempo que se anticipaba a lo que vendría. “Al ritmo que van los casos de infección y los de fallecimientos, dar una cifra es perder actualidad en asunto de minutos. Ese puede ser el mejor indicador de la gravedad de la coyuntura y el mejor detonante no solo de una necesidad más rigurosa de orden social sino de innovación extrema”, dice uno de los editoriales.

Pero, al mismo tiempo, Vivir en El Poblado acompañó a los lectores en su desasosiego del encierro, informando acerca de las nuevas posibilidades descubiertas en la virtualidad: una agenda cultural con los sitios web de los museos del mundo; enlaces de clases de gimnasia por internet; influencers que abrían virtualmente las puertas de sus casas para enseñar a cocinar; universidades que fortalecían en el ciberespacio sus cátedras abiertas; y una lista profusa y necesaria de couchers que escuchaban con paciencia las angustias de la generación del coronavirus.

Las páginas del 2020 de Vivir en El Poblado dieron cuenta también de la soledad en las calles y en los parques, y la angustia de los empresarios del entretenimiento, que tuvieron que “reinventarse” (una palabra que se puso de moda) para sobrevivir. “Es tan abrumador el silencio que la única bulla que se escucha es la que hacen los grillos en el parque, las aguas de la quebrada La Presidenta, que esta noche lluviosa va nutrida de fuerza, y los radios de los vigilantes que cuidan mesas arrumadas y locales desocupados”, dice un texto de junio. Desde la edición de abril, el empresario Juan Manuel Barrientos, de los restaurantes que hacen parte de Elcielo Hospitality Group auguraba un camino largo y tormentoso: “Si la gente cree que esto es duro, esto es solo el calentamiento (…). Si llegaste con un modelo de negocio que te dio para sobrevivir estos tres meses, creo que vas a ser capaz de sostenerlo en los ocho meses siguientes, hasta marzo, que ya empiezan muchas cosas a normalizarse”. Estaba hablando, por supuesto, de marzo de 2021, un plazo que se veía bastante lejano.

Y, en medio de la desolación, Vivir en El Poblado fue también un escenario de esperanza. “Son los días en que tengo la certeza de que esto también pasará”, dice nuestra consejera editorial y columnista Adriana Mejía, en la edición del 23 de abril. “Este virus, contrario de lo que muchos piensan, vino para mostrarnos la importancia de la proximidad física sobre cualquier virtualidad”, dice la columnista Perla Toro, en mayo. “Vendrán tiempos mejores, vendrán tiempos mejores”, se repite, como un mantra, en las ediciones siguientes. Y sí.

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