No hay plazo que no se cumpla, así que llegó el día de las elecciones presidenciales en Colombia. Ganó el candidato que promete mejorar la seguridad y recuperar la economía del país, pero también ganó el candidato que ha sugerido “destripar a la izquierda”; que le ha pedido a una periodista que observe cómo se le marca el pene en una foto, pues, según él, eso le haría ganar votos femeninos; elegimos al candidato que contó, en una entrevista, de manera muy jocosa, como en su juventud le puso pólvora (voladores) a un gato, lo vio elevarse del suelo y luego “pues ya ustedes saben qué pasó”; ganó el candidato que ha expresado que en este, uno de los países más biodiversos del mundo, él hará fracking “a lo que da”, ganó el candidato que ha propuesto terminar con la Jurisdicción Especial para la Paz.
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No hay vuelta de hoja, no hay plan B, ya elegimos en el marco de la democracia colombiana, esto es lo que hay.
Me disgustan y me asustan los principios, la visión y los métodos de nuestro próximo presidente, en una intensidad que me ha causado, como a muchos, rupturas con amigos, colegas y familiares, un revolcón emocional muy nocivo; sin embargo, esta situación me ha llevado a pensar que aunque en algunas relaciones “el amor se acabe”, debemos abordar juntos el gran reto común que nos queda, uno que debemos abordar con calma y responsabilidad: el deber de convivir, trabajar, y seguir participando de la democracia juntos, pues es el único medio que tenemos para conservar la esperanza de un país mejor.
El reto es inmenso, pues quienes, por cualquier motivo, tomamos un lado en esta contienda política, vemos el otro lado como “inadmisible”, “incomprensible”, “imperdonable”, sin embargo, es solo en alianza con esos que no comprendemos que podremos mejorar nuestro contexto. Para abordar este reto de una manera que no nos vulnere la salud mental, es útil aprender a separar, una cosa es trabajar por objetivos comunes, y otra cosa es amar. Como lo postula Hannah Arendt en varias entregas de su obra, especialmente en “Sobre la revolución”: el amor es un sentimiento que une a dos personas, pero cuando se lleva a la política, a las masas, se vuelve abstracto y peligroso, pues puede volverse el justificante de cualquier medio; lo que Arendt llama “las emociones privadas” no pueden dominar la forma en la que incidimos en el espacio público.
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Nadie está obligado a llevar en su corazón a quien votó por la opción de “destripar al otro”, así mismo, nadie está obligado a amar a alguien que votó por la opción de “una paz total fallida”, o cualquier otro de los títulos que nos impusimos. No te culpes si se te acabó el cariño por esa tía que votó por De La Espriella, no te culpes si no hay más complicidad con ese amigo que votó por Cepeda… Pero busca alternativas para seguir cooperando, formas para seguir avanzando en este reto conjunto de que Colombia sea un mejor país.
¿Cómo lograr eso? Aquí les dejo algunas de las cosas que ha enseñado la psicología para tener conversaciones que incrementen el bienestar: primero, encontrar un propósito común, absolutamente todos los votantes nos imaginamos un país mejor, digno, seguro, próspero; nuestra diferencia fundamental en la forma en la que nos imaginamos llegar allí. Partamos de esa visión compartida para encontrar esfuerzos que podamos hacer juntos. Segundo: toma al otro en serio, no trates a nadie como un ignorante que depositó su voto sin saber nada; las historias y el conocimiento de cada uno importan, sea cual sea nuestra base de conocimiento social, es tan relevante que determinó la elección del presidente, así que, en lugar de disminuirla o ridiculizarla, piensa cómo vas a trabajar con ese punto de partida en los años siguientes. Tercero: practica el optimismo realista, ni todo es color de rosa ni todo es una tragedia, si empiezas a buscar información de fuentes diversas y confiables podrás cuestionar tus propias creencias y, a lo mejor, te moverás en el espectro del optimismo hacia el centro más aterrizado y realista, desde allí será más fácil encontrar maneras de trabajar con los demás. Cuarto: conversa en el momento y el lugar adecuados, las conversaciones que se vienen seguirán siendo fuertes, difíciles; promuévelas con la seriedad que se merecen, únicamente en ambientes seguros, neutrales y en momentos en los que todos los participantes puedan ejercer su sano juicio. Ambienta el momento con un café u otra bebida que simbolice la cercanía y la pausa.
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Por último, inician meses para ejercitar la calma; las mejores acciones que desarrollamos para incidir en nuestra realidad son aquellas que emprendemos luego de pensarlo varias veces, de contrastar, de considerar todas aquellas entidades (personas, organizaciones, entidades del ecosistema), que vamos a afectar con nuestras palabras y nuestras decisiones. Colombia no se va a transformar para bien por las respuestas impulsivas de millones de reaccionarios atacándonos unos a otros durante los próximos cuatro años, más bien, se va a transformar si somos capaces de conversar, aceptando que querernos no es una condición para trabajar juntos y convivir con respeto.





