Hace unos años visité las oficinas principales de la empresa Deutsche Telekom, en Bonn, Alemania. La empresa es un monstruo de las telecomunicaciones, con cerca de 200 mil empleados, presencia en 50 países y dueña mayoritaria de T-Mobile, uno de los principales jugadores de la telefonía celular en Estados Unidos. En la visita conocimos mucho acerca del modelo de innovación de la empresa, la mentalidad de los trabajadores y su visión frente al desempeño y a la innovación. La visita marcó un punto de inflexión en mi concepción del mundo, pues, aunque había leído y escuchado mucho acerca del impacto que tienen las diferencias culturales en el trabajo, nunca lo había visto tan claramente.
En la presentación del director de innovación vimos que la empresa tenía un programa para implementar nuevas ideas muy rentable, que había existido ya durante varios años y que contaba con una altísima participación de todos los trabajadores, en todos los roles (operarios, oficios generales, administrativos de todas las áreas); así que, en uno de los momentos de la conversación los visitantes de Colombia preguntamos cómo motivaban a los trabajadores para que participaran tanto. Queríamos saber si les pagaban, por ejemplo, una porción de las ganancias de las innovaciones; si les daban días libres, reconocimiento público… Tuvimos que explicar la pregunta varias veces, pues nuestro anfitrión no entendía a qué nos referíamos. El problema era más cultural que de traducción. Para él, era rarísimo pensar en que un trabajador que veía alguna opción para que su empresa avanzara o mejorara en algún sentido, no la socializara y se pusiera a trabajar para hacer esa opción realidad.
Cuando logramos cerrar esa brecha cultural y entendernos, el director de innovación nos explicó ampliamente: los trabajadores contribuyen con lo mejor que tienen porque eso hace a la empresa mejor, y cuando la empresa mejora les devuelve más, les da un trabajo más estable; también paga más impuestos y, por ende, la sociedad mejora. El trabajo lo hacen bien simplemente porque creen que eso les ayuda a vivir mejor como comunidad. Su respuesta fue una mini clase de pensamiento sistémico. Para los visitantes esa idea tan simple era inquietante, no nos cabía en la cabeza que alguien pudiera aportar, más allá de su tarea básica, sin tener un estímulo externo adicional al bienestar colectivo. A nosotros nos quedaba faltando el “¿qué hay para mí?”, el “¿cómo voy yo ahí?” que tanto aparece en la cultura de algunas regiones de Colombia.
Buscar esa ganancia particular, a veces sin consideración de los efectos nocivos que pueda tener esto en la vida de los demás, puede ser una consecuencia de la violencia que hemos ejercido y sufrido durante toda nuestra historia. En la medida en la que vivimos ataques de unos a otros aprendemos a desconfiar y, por eso, cada relación social se nos vuelve más “costosa”, pues si pensamos que cualquiera puede hacernos daño, entonces debemos “blindarnos” (a veces literalmente). Desarrollar la vida se empieza a sentir más como un esfuerzo permanente por defenderse.
Robert Putnam habló, para ilustrar este fenómeno, de “Sociedades de bajo capital social”
Esta sociedad de bajo capital social que somos elegirá un nuevo presidente dentro de unos pocos días. Hay una de las propuestas que se titula, precisamente, “Revolución ética”, pero al estudiarla me doy cuenta de que no aborda el aspecto que, considero, es más importante en esa revolución: el tratamiento de la mentalidad colectiva, cómo dar el paso del “¿cómo voy yo ahí?” al “¿qué es lo mejor para todos?”. Ninguna propuesta presidencial nos dará un giro hacia una “mejor vida” (lo cuál es el objetivo de la ética para Aristóteles) si los colombianos y colombianas, como pueblo, no decidimos ser otro tipo de comunidad. Los alemanes de Deutsche Telekom no contribuyen únicamente porque tengan un gobierno que administra bien, sino porque saben que el otro no es un obstáculo ni un rival, sino una condición fundamental para su propio bienestar.
“La ética es el cuestionamiento de mi espontaneidad por la presencia del otro”, dice Emmanuel Levinas.
Una verdadera revolución ética nos llevaría a vivir en el marco de ese postulado: mi trabajo bien hecho sostiene la empresa que paga los impuestos que pavimentan la calle por la que camina el hijo del vecino hacia su colegio. Mi silencio cómplice ante la injusticia le da oxígeno al sistema que mañana me puede asfixiar a mí. Mi voto, mi compra, mi trato cotidiano en la fila o en el tráfico, todo eso es política.
Todo eso construye o destruye el país que habitamos juntos.
Esa es la revolución que Colombia necesita con más urgencia, y no es la que se vota el 31 de mayo, sino la que se practica cuando respetamos el turno, cuando pagamos impuestos con transparencia, cuando conversamos de opiniones diferentes sin que se vuelva pelea, cuando nos negamos a ser cómplices del abuso cotidiano de unos sobre otros, cuando empezamos a preguntarnos ¿a quién afecta esto que estoy a punto de hacer?.
Empieza cuando decidimos, conscientemente, ser el otro.





