El mundo parece más un parque temático que una comunidad de naciones. Los dueños del espectáculo, igualitos a los dinosaurios de Jurassic Park, están vivitos y coleando, y con ganas de revancha. (La historia se muerde la cola; aunque la conozcamos, la bendita sí se repite). Por eso cuando ya uno cree estar curado de espanto, ¡pum!, le cae encima una información contundente que lo deja turulato. Me pasa seguido.
El golpetazo más reciente -además de los diez millones de toneladas de lechona- provino de la Cumbre de Shangai celebrada la semana pasada, con la presencia estelar de dieciséis ¿jefes de Estado?, ¿sátrapas?, ¿locos?, que mantienen a Occidente al borde de un ataque de nervios.
Tres de tales Tiranosaurios son: un tal Xi Jinping (22 años a la cabeza del gobierno chino, del sistema que sin sonrojarse llaman “dictadura democrática” y del Partido que lleva de la ternilla a cerca de 1.500 millones de personas; saber esperar para darle un puntapié al mapamundi dizque es su fuerte); un tal Vladimir Putin (25 años dirigiendo con mano dura la Federación Rusa -17 millones de kilómetros cuadrados-, un sistema autocrático que, sin sonrojarse, llaman semi presidencial; imperialista y sin hígados, es considerado el “coco” de Europa); un tal Kim Jong Un (14 años como jefe supremo de Corea del Norte, un estado hereditario y totalitario, vacío de libertades y repleto de misterios y venias al poder, al que llaman república democrática, también sin sonrojarse; una bomba de tiempo, dicen).
En la memoria quedan las imágenes de los guardaespaldas de este último limpiando el suelo que pisó, los cojines donde se sentó y los brazos sobre los que reposaron los suyos; y recogiendo vasos, bolígrafos, colillas…, cualquier rastro posible de su ADN, incluso algo impensable: el popó. Sí, p-o-p-ó. El tradicional tren verde con el que suele viajar para movilizarse en el lugar de destino, cuenta con un sanitario diseñado para él, con el fin de evitar la filtración de restos biológicos -lo reveló el diario japonés Nikkei, a partir de información que obtuvo de fuerzas de inteligencia de su país-. Pero si el tren se queda en Pyongyang, tranquilos, existe un Plan B: los sufridos escoltas transportan una taza que entronizan donde quiera que sea el lugar y el momento en los que al susodicho le den retorcijones. En ambos casos los sublimes excrementos regresan a Norcorea custodiados como lo que son: un secreto de Estado. (Fó)
En cuanto a Putin -no podía quedarse atrás un exdirector de la KGB-, la cosa es más a lo James Bond. Cuando quiere entrar al baño, media docena de escoltas con apariencia de vicepresidentes de empresa lo acompaña y encesta sus deshechos en unas bolsas plásticas que, debidamente selladas, guardan en sus impecables maletines ejecutivos. Y no les quitan el ojo hasta depositarlos, de nuevo, con todo y preciosa carga en el Kremlin: el secreto de Estado sigue a salvo. (Fó)
De la digestión de Jinping sí no tuvimos noticia, para el dueño de la casa cualquier rincón debe estar blindado de espías coprológicos. (Fó).
ETCÉTERA: Y con los 150 años que esperan vivir -un micrófono abierto nos dejó conocer el anhelo de Jinping y Putin-, es de suponer que nuestro parque temático terminará convertido en una prosaica muestra de laboratorio. (Fó).





