Columna al padre

 
Por: Juan Carlos Orrego
Con el perdón de los que como yo ayudaron a la reproducción de la especie, debo decir -y lo lamento- que el Día del Padre siempre ha despertado mis sospechas, por parecerme una fiesta de poca monta que todos celebran con desgano. Los que me conocen dirán que opino con el despecho de quien perdió su padre a los seis años y, aunque algo puede haber de verdad en eso, lo cierto es que tampoco la fiesta de mi abuelo me pareció solemne, y mucho menos la de mi suegro, quien trabaja como un burro todo ese domingo por el solo premio de un mondongo. Lo que creo es que la celebración del tercer domingo de junio nació tardíamente, como una débil compensación por el rumboso Día de la Madre, del mismo modo como, no hace mucho, la imbecilidad llevó a algunos a inventar un patético Día del Hombre aún más inútil que el correspondiente de la Mujer.
Pobre figura la del padre, tan llevada y traída de acuerdo con el decir de tantas bocas y según las costumbres de tantísimos lugares. Los sociólogos la han pisoteado sin misericordia, repitiendo en todas sus reflexiones e informes científicos la frase maldita que alguna vez oyeron a un matón a sueldo, y que se les antoja como la única realidad cultural de nuestro país: “Madre hay una sola, mientras que padre puede ser cualquier hijueputa”. Y si, por casualidad, la criatura nace como una tersa réplica en miniatura del progenitor -poniendo a salvo, con ello, la refranesca duda de la paternidad-, los ociosos convierten el asunto en chanza suponiendo en el padre actitudes desnaturalizadas que este jamás ha tenido: “Ese niño parece negado”. Mientras tanto, también las cultas palabras literarias han adelantado sus ataques: Balzac rotuló como “Papá Goriot” la historia de un pobre diablo de pensión a quien todos juzgaban según los caprichos de su mal humor de turno, y Kafka no le fue a la zaga con su virulenta “Carta al padre”, que tanto ha dado de qué hablar -y qué comer- a los psicoanalistas. Aún los escritores desmañados ha tenido algo que agregar al memorial de agravios: basta recordar los furibundos gritos de Fernando Vallejo -versión vulgar de los reclamos del Marqués de Sade- contra todos los genitores.
El problema es que no solo los artistas -en algún sentido delirantes- han arrojado sus denuestos contra la indefensa figura paterna. Los más remotos pueblos del orbe han contaminado la figura, obligándola a asumir papeles odiosos o ridículos. Los antropólogos han dado cuenta del asunto: Alfred Radcliffe-Brown constató que, entre incontables pueblos indígenas, los muchachos buscaban en su amoroso tío materno el calor que les negaba el padre castigador, y Claude Lévi-Strauss registró que en Polinesia el hijo no podía tocarle la cabeza al autor de sus días. Mientras tanto, Bronislaw Malinowski encontró que, para los trobriandeses, el padre no participaba en la concepción de sus propios hijos: el trabajo se lo tenía que hacer un espíritu que se colaba -explicarlo detenidamente sería necio- en su mujer; y lo peor fue cuando los ingleses llegaron a Nueva Guinea: cuando sus trabajadores indígenas les contaron que habían sido padres a pesar de llevar dos años fuera de casa, se burlaron en sus caras como si se tratara del caso de aquel cornudo contemporáneo del comercial de Kia Motors.
Por su calvario de nueve meses, las mujeres reclaman la bendición de la sociedad, y esta se les otorga con la misma rapidez con que queda irremediablemente condenado el pobre hombre que apenas ha gozado un par de minutos. Con el embarazo, la mujer pasa al altar de las elegidas de Dios, mientras el padre ocupa el odioso rol del muchacho que ha quebrado un vidrio y ahora debe responder. ¡Y después se habla de machismo! Progenitores del mundo, uníos.

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