La historia de una cirugía inédita en Colombia que le salvó la vida a una niña de 13 años

Una niña bogotana de 13 años llegó a Medellín con un tumor que ocupaba el 80 % de su hígado. Lo que vino después tomó 10 semanas de planeación, 30 especialistas y una cirugía que nunca antes se había realizado en el país.
Por: María Fernanda Zuluaga Gómez
26 abril, 2026
Fotografía: Canva / El procedimiento que le hicieron a María Isabel duró 10 horas.

En el quirófano nadie hablaba. María Isabel, de 13 años, estaba sin hígado, su retorno venoso —la sangre que vuelve al corazón para que este pueda seguir bombeando— estaba comprometido y el corazón dependía de que cada movimiento ocurriera en el segundo exacto. “Había un silencio extraño, como de: Dios mío, se nos puede morir”, recordó el cirujano de trasplantes, de la San Vicente Fundación, Jaime Alberto Ramírez.

La historia había comenzado meses antes: en diciembre de 2025, cuando María Isabel llegó con dolor abdominal. Los exámenes revelaron un tumor de origen embrionario en el hígado: una enfermedad rara y silenciosa que empieza desde que el bebé está dentro del vientre de la madre.

En palabras de Ramírez, “desde ahí empieza su desarrollo porque se genera una alteración en algunas células embrionarias que dejan de desarrollar tejido sano para desarrollar tejido tumoral”.

Por eso podía crecer en silencio durante años. En su caso, se alojó en el hígado y solo dio señales cuando apareció el dolor abdominal. Para entonces, según el equipo médico, ya ocupaba cerca del 80 % del hígado y comprometía la vena cava, el vaso sanguíneo más grande del cuerpo, encargado de llevar la sangre de la parte inferior hacia el corazón.

La opción de un trasplante tradicional —con el hígado de un donante fallecido— no era viable. Ese procedimiento habría obligado a bajarle las defensas para evitar el rechazo del órgano, pero María Isabel tenía un tumor y, según el equipo médico, en ese tipo de casos la inmunosupresión no estaba indicada. Por eso, la alternativa era mucho más compleja: sacar su propio hígado, retirar el tumor fuera del cuerpo y reimplantarle solo la parte sana.

Pero quitarlo también podía matarla. El hígado es un órgano vital y, aunque tiene una gran capacidad de regeneración, el cuerpo necesita una cantidad mínima para sobrevivir. En este caso, el equipo calculaba que María Isabel requería al menos el 1 % de su peso corporal en tejido hepático sano.

Obligar a crecer el hígado sano antes de operar

La primera reconstrucción tridimensional del órgano mostró una alerta: después de retirar el tumor, quedaría menos de ese 1 %. La cirugía, así, no era segura. Antes de entrar al quirófano había que obligar al hígado sano a crecer.

La decisión fue cerrar la vena porta derecha, una de las que lleva sangre al lado derecho del hígado. Con ese cierre, la sangre se redirigiría hacia el lado izquierdo, el sector sano que necesitaban conservar. El tumor, sin embargo, había alterado tanto la anatomía que llegar hasta ese punto fue una maniobra difícil.

Seis semanas después, una nueva tomografía con reconstrucción tridimensional dio algo de margen: el remanente hepático rondaba los 500 gramos. Para una paciente de unos 50 kilogramos, esa cifra se acercaba al mínimo necesario para reducir el riesgo de insuficiencia hepática.

En total, la planeación de esta cirugía  —realizada por primera vez en Colombia— tomó 10 semanas. Participó un equipo de 30 personas: oncólogos, radiólogos intervencionistas, radiólogos pediátricos, patólogos, anestesiólogos cardiovasculares y de trasplantes, cirujanos, enfermeras e instrumentadoras. No era una cirugía convencional: había que sacar el hígado, partirlo fuera del cuerpo y volver a implantar la parte sana.

Dos cirugías a la vez: dentro y fuera del cuerpo

El procedimiento se realizó el 27 de marzo y duró cerca de 10 horas. Pero el momento más delicado empezó cuando el equipo tuvo que sacar el hígado del cuerpo de María Isabel. A partir de ahí, el quirófano dejó de ser un solo escenario: una parte del equipo trabajaba sobre la paciente y otra intentaba conservar vivo el órgano por fuera. “Realmente fueron dos cirugías”, resumió el doctor Ramírez.

La primera batalla ocurría dentro del cuerpo. Al retirar el hígado y comprometer la vena cava, María Isabel quedaba expuesta a una situación límite: el corazón podía dejar de recibir suficiente sangre desde la parte inferior del cuerpo. “Fue un momento crítico de vida o muerte. La paciente se quedó sin retorno venoso”, explicó el cirujano.

En ese punto, el anestesiólogo Diego Zuluaga se convirtió en una pieza decisiva. No solo debía mantener estable a una paciente sin hígado, sino sostenerla mientras el corazón recibía menos sangre de la que necesitaba para funcionar. “Si no le llega sangre, el corazón falla. La paciente podía morir”, dijo el cirujano.

Mientras tanto, la segunda batalla pasaba fuera del cuerpo. El hígado fue llevado a un recipiente con hielo, lavado y preservado con una solución especial para evitar la muerte celular. 

Ahí, el doctor Jorge Iván Gutiérrez, mentor del cirujano y quien fungió como asistente en este procedimiento, se encargó de perfundir el órgano. Su tarea era ganar tiempo: conservar vivo el tejido hepático mientras el resto del equipo reconstruía la circulación de María Isabel. 

“La cirugía inició la noche anterior”

Para esta cirugía no solamente participaron 30 especialistas: también el Hospital Alma Máter de Antioquia (antes conocido como la Clínica León XIII de Medellín) que tenía un donante, la noche anterior, en el Hospital San Juan de Dios, en Rionegro. 

“Una familia muy generosa no solamente donó el hígado y los riñones, sino que nos donó una cava para María Isabel”, dijo Ramírez. Ese vaso sanguíneo era indispensable porque el tumor había comprometido la cava original. No se trataba de una estructura menor: el médico la describió como un tubo de unos tres centímetros de diámetro, necesario para restablecer el flujo de sangre hacia el corazón.

“Entonces, mientras que el doctor Gutiérrez estaba preservando en frío el hígado, yo estaba en el cuerpo de María Isabel reparando, reconstruyendo la vena cava con el tejido que nos habían donado”, narró el cirujano.

Al mismo tiempo, el equipo tuvo que conectar las venas del intestino al nuevo injerto vascular. Esa maniobra abrió otro momento de máxima tensión, porque el intestino había quedado sin flujo sanguíneo. “En ese momento, que fue la hora más crítica, la paciente se pone muy inestable”, recordó el cirujano.

Cuando la cava y la circulación intestinal quedaron reconstruidas, María Isabel recuperó algo de estabilidad. Pero seguía sin hígado. Entonces Ramírez pasó al otro campo quirúrgico, donde el órgano esperaba frío, sin sangre y listo para la partición, que consistía en separar el tumor del tejido sano, pero fuera del cuerpo. 

90 minutos de “absoluta meticulosidad”

La decisión de hacerlo de esta manera reducía el riesgo de un sangrado masivo, porque el tumor era altamente vascularizado. La dificultad estaba en que el corte debía conservar intactas todas las estructuras que luego permitirían que ese fragmento de hígado funcionara otra vez.

“Procedí con unos aparatos especiales que existen en muy pocas instituciones, entre ellas el Hospital San Vicente Fundación, que gracias a la generosidad de muchas personas, que han donado toda esta tecnología, tenemos instrumentos de primera para hacer una partición segura, porque es un procedimiento de complejidad extrema y debe hacerse con absoluta meticulosidad”, explicó Ramírez. 

“Yo debía dejar el hígado sano, sin tumor, porque de eso dependía el pronóstico de ella. Y cada estructura vascular y cada estructura vital que tenía ese remanente de hígado que dejé debía quedar intacto para que, al momento de llevarlo nuevamente al cuerpo de María Isabel, funcionara correctamente. Esa partición, con el aparato especial que utilizamos para hacerla de manera milimétrica, nos tomó 90 minutos aproximadamente”, relató.

El peso del hígado cambió

Después vino una noticia que cambió el margen de seguridad. El equipo esperaba conservar unos 500 gramos de hígado, pero al pesarlo se encontraron con que pesaba 400 gramos.

Eso significaba que María Isabel no quedaba con el 1 % de masa hepática que habían calculado como ideal, sino con cerca del 0,9 %. El remanente podía no ser suficiente, pero ya no había forma de retroceder. “Igual lo teníamos que hacer”, dijo Ramírez.

Entonces el pequeño fragmento sano volvió al cuerpo de ella. Había que reconectar lo que había sido separado: vasos que llevan sangre, vasos que la sacan, la arteria hepática, la vena porta y el conducto biliar. “Lo pegamos, literalmente, con aguja e hilo”, explicó el cirujano.

El siguiente instante también podía definir el desenlace. Al abrir de nuevo los vasos, el hígado se llenaría de sangre y cualquier punto mal sellado podía sangrar. El sangrado fue mínimo, pero apareció otro problema. El flujo sanguíneo que antes estaba adaptado a un hígado mucho más grande debía entrar ahora en apenas 400 gramos de tejido.

El órgano quedó hipertenso y empezó a mostrar riesgo de disfunción. “Tuvimos un pequeño momento, pero utilizamos un medicamento para bajar un poquito la presión al hígado porque los vasos sanguíneos estaban adaptados para uno de 1.800 gramos. Posteriormente bajó la presión, se estabilizó la paciente. Luego entraron los radiólogos, hicieron una ecografía y nos confirmaron que todo estaba bien. Después de diez horas pudimos cerrar a María Isabel”, narró el cirujano. 

UCI, reintervención y vigilancia milimétrica

La salida del quirófano no fue el final. María Isabel llegó a cuidados intensivos en estado crítico, después de diez horas de cirugía, con un hígado pequeño y cerca de 1.000 centímetros cúbicos de sangrado acumulado durante el procedimiento. 

Durante casi tres días, el hospital tuvo personal de enfermería dedicado, las 24 horas, a vigilar su evolución. Los radiólogos entraban cada 12 horas para hacer ecografías y verificar que el injerto no se tapara, porque una de las estructuras más delicadas era la arteria hepática, un vaso de apenas tres milímetros. “Es más estrecho que un pitillo”, dijo el cirujano.

Al cuarto día apareció una nueva urgencia. El hígado presentó una disfunción inicial y María Isabel tuvo un sangrado importante, de casi 500 centímetros cúbicos. El equipo tuvo que llevarla de nuevo a cirugía para limpiar coágulos y ubicar el punto exacto del sangrado.

Ese posoperatorio, según Ramírez, exigía anticiparse a cualquier cambio. No bastaba con mirar el hígado: había que seguir cada variable del corazón, los pulmones, el oxígeno, los riñones y la orina. “Una intervención tardía puede dar al traste con todo esto y con la vida de María Isabel”, advirtió.

Después de la reintervención, la evolución fue favorable. La doctora María del Pilar, pediatra especializada en trasplantes en Argentina, quedó a cargo, junto con el cirujano, del seguimiento de la función hepática. Aunque el órgano reimplantado era de la misma paciente, el caso debe vigilarse como un trasplante.

La familia de María Isabel, que es de Bogotá, decidió quedarse en Medellín durante el proceso. Para Ramírez, esa confianza también hizo parte de la cirugía. “Eso no es tan sencillo: que venga y me diga, hágame usted una cosa que además nunca se había hecho en Colombia”, dijo el médico.

El costo de todo el procedimiento fue asumido por Sura, la EPS de la paciente, afiliada al régimen contributivo, según explicó el cirujano. La cobertura incluyó la embolización previa, las imágenes de reconstrucción tridimensional, las hospitalizaciones, la cirugía, la tecnología usada en trasplantes, las unidades de glóbulos rojos, el salvador de células, el equipo para partir el hígado y el posoperatorio en cuidados intensivos. “Todo eso lo cubrió la seguridad social, afortunadamente”, afirmó Ramírez. 

La recuperación de María Isabel no termina aquí. Tras un posoperatorio crítico y una reintervención, su evolución fue favorable y el equipo mantiene el seguimiento como si se tratara de un trasplante. Sin embargo, en las próximas semanas deberá iniciar quimioterapias para completar el tratamiento.

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