La cuna de Occidente

Por: Redacción
29 agosto, 2019
Gustavo Arango
Por Gustavo Arango / En el mundo estamos / [email protected]

Atenas es una suma de islas apenas sombreada por laureles y olivos. En este paraje pedregoso se les dieron respuestas, todavía satisfactorias, a las viejas preguntas sobre el mundo.

Atenas se ajusta de manera perfecta a la definición de símbolo: ese objeto o imagen sensible que expresa una realidad inabarcable y muchas veces abstracta. Este lugar donde las piedras brillan bajo un sol que parece más radiante contiene y expresa las dichas y desdichas y los logros y miserias de esa bestia decadente que, más por la costumbre, seguimos hoy llamando humanidad.

Atenas es el centro de la grandiosa Hellas –conocida como Grecia por todos menos ellos-, una suma de islas apenas sombreada por laureles y olivos, donde nació Occidente hace veinticinco siglos. En este paraje pedregoso se les dieron respuestas, todavía satisfactorias, a las viejas preguntas sobre el mundo, sobre el lugar del hombre en ese mundo y sobre sus deberes consigo y con los otros.

Aquí el mármol se despojó de lo superfluo para dejar que se asomara la belleza. Aquí la libertad en compañía vio nacer la democracia, esa forma de gobierno todavía insuperable cuando de verdad se desarrolla con justicia. Aquí se pronunciaron las palabras y se explicaron los conceptos que todavía son la base de las ciencias, la política y la ética.
En este paraíso para cabras resonaron largos cantos capaces de expresar las verdades del corazón: amor, honor, piedad, orgullo, compasión y sacrificio. Caminando entre peñascos y playas empedradas, aquí los presocráticos –Heráclito, Pitágoras, Empédocles y otros- llevaron la lucidez a atrevimientos nunca vistos.

Aquí Platón y Aristóteles le dieron rienda suelta a la ambición de entender. En cuestión de pocos años, aquí los trágicos -Esquilo, Sófocles y Eurípides- hicieron el inventario del sufrimiento humano y pusieron en escena ante públicos nutridos nuestra condición de bestias tocadas por lo divino. Aquí Aristófanes dio formas refinadas al alivio de reír.

Cinco siglos más tarde, en el areópago -ese sitio de Atenas donde era imposible mentir- Saulo de Tarso predicó y puso a prueba las verdades eternas de Cristo. Fue también en las inmediaciones de esta Acrópolis, que lentamente se diluye en la inmaterialidad, donde hace apenas unas décadas el poeta Gustavo Ibarra Merlano vivió los días más felices de su vida, caminando en las huellas de sus amados presocráticos.

Y, como para cada uno el viaje tiene atractivos diferentes, muy cerca de esta plaza de mercado que los arqueólogos han devuelto a la luz se encontraba la celda donde el sabio que no sabia nada, el insuperable Sócrates, obedeció la orden de beberse un veneno, por el crimen horrible de mostrarnos la forma más digna y hermosa de vivir y ser hombres.

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