Apertura

En un mundo en el cual los algoritmos insisten en confirmar las propias tendencias, es una apuesta ética disponerse a oír al otro.
Por: Opinión
2 julio, 2026
Columna María Isabel Abad
María Isabel Abad L. ([email protected])

Por María Isabel Abad

En la novela La conjura de los necios, John Kennedy Toole cuenta cómo la mamá del protagonista elegía a los presidentes por la simpatía que le producían las primeras damas. Para muchos, las animadversiones en las recientes elecciones ya estaban adentro y era inconcebible que otro se atreviera a afirmar que relativizaba su opción. 

Qué dificultad para abrirnos individual y colectivamente a oír, a comprender y a debatir. Qué ligereza la de unos para estigmatizar el papel Estado —en un país con profundas inequidades— y la de otros, para estigmatizar al sector privado que pervive más allá de los gobiernos. Como si los dos, Estado y sector privado, no fueran mutuamente fundamentales en la construcción de una sociedad llena de retos. Una sociedad, creo yo, que necesita ingeniarse fórmulas en las que convivan la libertad y también la solidaridad; lo individual y también lo colectivo. 

En un mundo en el cual los algoritmos insisten en confirmar las propias tendencias, es una apuesta ética disponerse a oír al otro (no necesariamente adversario) y llegar hasta una orilla distinta a la propia con una genuina curiosidad. Sería una decisión pequeña pero transformadora conversar con alguien distinto (por edad, por procedencia, por fe, por ideología), salir del espejo de iguales y atreverse a llegar a nuevos lugares para trascender los mismos surcos —repetidos, rutinarios— que se vuelven también surcos mentales. 

El des-aprendizaje es, a veces, el chispazo más lúcido en la vida adulta, la forma más paradójica de aprender. Porque la palabra conversar, dígalo en voz alta, está fonéticamente emparentada con la palabra convertirse (todo indica que no comparten la misma etimología) y eso supone el riesgo de dejar las propias certidumbres para explorar las razones ajenas. 

A esta abertura interna que permite ser más grande, la llama Delphine Horvilleur laicidad. 

La laicidad”, dice esta rabina francesa, “defiende que el espacio de nuestras vidas nunca se satura de convicciones y garantiza siempre un hueco vacío de certezas. Impide que una fe o una pertenencia acaparen todo el espacio”. 

Ahora, después de este ciclón electoral en el que la conversación privada quedó maltrecha y el debate público fue tan precario (espejo de la primera), ojalá se construya, de abajo hacia arriba y de lo civil hacia lo público, esta abertura, esta apertura, para construir sobre la base de argumentos que se templen en una sana y necesaria confrontación. Porque cuando se acaban los argumentos lo único que queda es la emoción. Pura, dura, abarcante, obnubilante. 

Una emoción que crea enemigos donde puede haber interlocutores y que encierra a las tribus en sí mismas. Ahora esperemos que los últimos giros del ciclón den lugar, poco a poco, a la reflexión y al debate. Que en lo cotidiano, donde se teje la vida, haya más que rugidos, más que arengas, más que humo. Que haya conversación. 

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