Colombia atraviesa una crisis de liderazgo que no se explica únicamente por la falta de carisma o gestión, sino por la pérdida del sentido de Estado. El vaivén entre los extremos ha priorizado el discurso sobre la acción, desatendiendo la capacidad y el deber de gobernar, y enterrando la confianza en el Ejecutivo. A Colombia le falta el rumbo que no encontró la actual administración.
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El Panel de Opinión de Cifras y Conceptos de septiembre de 2025 lo deja claro: mientras el Banco de la República (82 %), la Corte Constitucional (76 %) y la Corte Suprema de Justicia (74 %) gozan de altos niveles de confianza, la Presidencia de la República apenas alcanza el 41 %. Es la institución en la que menos confían los colombianos. Ese dato resume el agotamiento de una forma de hacer política en la que el poder, representado en izquierda o derecha, se ejerce con cálculo electoral y no con visión de país.
Paradójicamente, esta desconfianza no significa que la ciudadanía haya renunciado a la democracia. El mismo estudio muestra que el 98 % de los encuestados considera “absolutamente importante” vivir en un país gobernado democráticamente, y que valores como las elecciones libres (97 %), la libertad de prensa (94 %) y la posibilidad de criticar al gobierno (93 %) siguen siendo pilares irrenunciables. Es decir, los colombianos creen en la democracia, pero no en quienes la administran.
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Por eso, frente el desgaste de ambos polos del espectro político y por supuesto del electorado, es válido pensar que ha llegado el momento de creer en el centro; en una alternativa que repela el peligro de los discursos y las agendas extremistas y atienda las necesidades estructurales de Colombia de forma ecuánime. Con el debate público profundamente desgastado, el ciudadano del común —el empresario que lucha por sostener su negocio, el trabajador que teme perder su empleo, el joven que no encuentra oportunidades o la madre cabeza de hogar que busca estabilidad— solo quiere vivir en paz y progresar.
Hoy más que nunca, Colombia necesita un liderazgo integrador. Un liderazgo que entienda que el centro no es tibieza, sino equilibrio. Balance entre desarrollo económico y justicia social; entre crecimiento empresarial y oportunidades reales para los más vulnerables; entre seguridad y respeto a los derechos. El país demanda una dirigencia capaz de unir y no dividir, de escuchar antes que gritar, de construir antes que destruir.
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Sin embargo, para aprovechar el potencial de esta oportunidad, el centro debe dejar de ser espectador y tomar partido por una tercera vía que responda con determinación (y sin tibieza) a las exigencias de los colombianos. En un momento de polarización y desconfianza, la neutralidad es complicidad. Partido por la democracia, por las instituciones, por la verdad, por la educación, por la seguridad y por la economía formal. Partido por una figura presidencial tecnócrata que se dedique a trabajar por Colombia y no a profundizar la polarización desde el activismo.
El liderazgo que Colombia necesita es uno que le responda al 98 % de los colombianos que, sin miramientos a la izquierda o a la derecha, quieren vivir en democracia. El país necesita un liderazgo con rumbo, sensato y con la meta de construir. Trabajar con lo que está bien y ajustar en donde hay oportunidades. Colombia aún cree en que es posible.
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