“Yo me llamo cumbia, yo soy la reina por donde voy”, canta, de manera armoniosa, Carmen Padilla Reyes mientras menea con soltura un colorido traje tradicional del Caribe colombiano.
Sobre su cabellera trenzada, entre un turbante blanco, sostiene una palangana, o ponchera, repleta de dulces típicos de su tierra natal, San Basilio de Palenque, departamento de Bolívar: “Vendo cocada, caballito, alegría, enyucado, ajonjolí, coco con piña, con leche, con panela. ¡A la orden!”, pregona con entusiasmo.
Junto a sus 14 hermanas se graduó como palenquera en las playas de Cartagena de Indias, donde ofrecía frutas y todos los productos heredados por sus ancestros cimarrones, hace más de 400 años.
“Mis tres hijos, dos hombres y una mujer; al igual que mi marido, son palenqueros. En mi pueblo es una tradición. Yo recibí el legado de mi mamá, Manuela, y mi abuela, Indalecia del Carmen”, cuenta.
En busca de mejores oportunidades, hace casi una década llegó a Medellín. Con recetas patrimoniales y secretas, según dice, ella misma prepara los manjares que exhibe. En el acceso oriental de la estación Aguacatala del metro, Carmen se designa como embajadora de la región caribeña.

“Tengo mucha clientela en la plaza Mayorista, también voy a las estaciones Poblado y San Javier. El dulce que más gusta es el enyucado. A todos les parece delicioso”, comenta con un marcado acento costeño.
“En Medellín somos diez mujeres negras palenqueras, todas oriundas de San Basilio de Palenque”.
En su emprendimiento ejerce su profesión como administradora financiera de la Universidad de Cartagena. Se siente orgullosa de su piel negra, su tradición centenaria y sus coloridos atuendos, que ella diseña.
“Tengo siete vestidos: uno amarillo, azul y rojo de Colombia; otros de flores, uno de rosas rojas con blanco, uno de Atlético Nacional y otro con la bandera del ‘Corralito de piedra’, que es el que tengo hoy”, describe mientras agita los boleros de su falda.
A donde llega atrae la atención de los transeúntes, especialmente de los turistas, quienes de manera reiterada le solicitan fotos. Su mayor recompensa es que compren sus productos, esos cocidos con fórmulas ancestrales y que salieron de las playas cartageneras para endulzar al mundo.
“Somos patrimonio histórico y cultural de la humanidad. Tenemos nuestra propia lengua, convicciones y creencias, con antepasado africano. Somos mujeres palenqueras que cargamos tradición, memoria y herencia”, agrega.





