Trabajo la amabilidad, muchos lo saben, con empresas, con organizaciones y, claro, con personas. Una de ellas me invitó alguna vez a su hogar, quería saber qué podía hacer, principalmente por sus hijos, ella aseguraba no entender por qué eran “tan agresivos”.
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Luego de cenar y mientras tomábamos algo en la sala y charlábamos, a unos pasos, en una TV solitariamente encendida, pasaban las noticias nocturnas, en ellas mostraban cómo todo un barrio hacía justicia por mano propia con alguien que presuntamente había cometido un robo, a lo que la dueña de casa reaccionó con un muy sonoro:
“¡Que maten esa rata!”.
A ese grito a una persona que no nos escucha, que solo se ve a través de una pantalla, pero que desata nuestros instintos más agresivos, yo lo llamo una “agresión fantasma”. ¿Por qué el nombre? Porque le estamos gritando a algo o alguien que no está ahí, como puede suceder con cualquier espanto que visita nuestro hogar.
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¿Cuál es el problema de ello? Que, como ya dije, el agredido no estaba ahí para escuchar los gritos de mi amiga, a quien expliqué bastante bien el fenómeno, pero sí sus hijos que observaban y se contagiaban silenciosamente de esa rabia, y esa no es fantasma, es muy real.
Y no lo digo yo, estudios varios lo han demostrado, como el realizado por la Universidad del Sur de Illinois, según el cual, presenciar constantes agresiones lleva a que el espectador se convierta en actor y también las practique.
Y sí, ese grito que se da en el hogar también es un ataque, genera el mismo estrés y las mismas reacciones, solo que el “culpable” no se encuentra frente a nosotros.
En algo que no es correcto, por mucho que así lo consideremos, los colombianos somos muy dados a tomar justicia por mano propia y sin prueba alguna, o enojarnos constantemente y pelear con el televisor o el chisme que escuchamos en el barrio.
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Papá, mamá, ¿y si dejamos de enjuiciar y gritar en casa a ese desconocido del que nos contaron en solo un rumor o vimos en la pantalla? No sabemos si es culpable, ni siquiera presenciamos el hecho, es básicamente un fantasma.
Las emociones también se gestionan con aquel que no está ahí, porque ese dolor nos afecta igual.
La prueba de que es real lo que le expliqué a mi amiga y hoy te explico a ti, querido lector o lectora, fue que, días después de mi visita, recibí una llamada en la que me contaron: “César, imagínate, esta mañana el grande le pegó al pequeño porque le había cogido un juguete y le gritó, ‘se lo merece por rata’”. Sí, era la madre aparentemente extrañada, aunque sé bien que no lo estaba tanto, ya lo había comprendido.




