Botero: “¡Muchachos, hagamos una fiesta!”

El Museo de Antioquia y la Gobernación dieron inicio al homenaje al Maestro Fernando Botero con un evento público lleno de admiración y gratitud.

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“Hay que vivir enamorados de la vida”, decía todo el tiempo Fernando Botero. Lo contó Juan Carlos, su hijo, en la conmemoración que el Museo de Antioquia y la Gobernación del departamento organizaron este martes 26 de septiembre para darle la última despedida al Maestro. El escritor Juan Carlos Botero subió al atril conmovido por las muestras de cariño de los paisas a su padre, en un encuentro lleno de gratitud y de regocijo; un aplauso permanente a su existencia de 91 años.

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En el evento, sobrio y emotivo, en la entrada del Museo de Antioquia, los amigos, conocidos y familiares armaron el rompecabezas del hombre detrás del artista. Seguramente a él le hubiera encantado ese homenaje de dos horas sin discursos oficiales, tejido a modo de tertulia, porque varias de las personas que subieron al atril confirmaron su amor por las cosas sencillas. 

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Dos nietos e hijo hablaron del Botero papá y abuelo, y Olga Clemencia Villegas hizo el semblante del Botero amigo, montañero y aguardientero. Aníbal Gil, por su parte, recordó al artista joven en Europa, pobre y bohemio, y don Orlando, su conductor, mostró al ser vulnerable, que le pedía que lo tomara siempre del brazo al bajarse del carro. 

Llegada de Botero a Medellin
La llegada del féretro del Maestro Botero a su casa en Medellin, el Museo de Antioquia.

Todos ellos, las personas más cercanas, confirmaron el amor del artista por su país. Olga Clemencia Villegas habló en representación de los amigos que compartieron veladas con Botero y Sofía, su esposa, en la casa de Rionegro: “Amaba las cosas simples, y su serena elegancia transmitía paz. El aferrado cariño por su tierra nunca le permitió perder su acento paisa. Su dejo antioqueño y sus términos provincianos hacían parte de su autenticidad. En la casa de Rionegro, que llegó a ser su hogar preferido, el maestro añoraba una bandeja paisa, unas arepas campesinas, y un buen mondongo (se reía de Sofía cuando ella se equivocaba y decía monguito). E ir a la plaza de San Antonio a comer empanadas, al atardecer, con un par de aguardientes, le agudizaba su ingenio y le hacía vibrar su sangre natal”.

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Felipe Botero, su nieto, también contó que esa fue una de las mayores enseñanzas de Fer (así le decían, para que no se sintiera viejo): “Nos ayudó a entender que el camino más corto y rico a lo universal es la exploración profunda de lo local, como mi abuelo afirmó en tantas de sus entrevistas, y lo demostró haciendo de Colombia, particularmente de Medellín, el núcleo de su obra artística. El vínculo de mi abuelo con su país y su gente fue siempre la raíz en la que se originó su arte. Colombia fue siempre para mi abuelo el centro en su trayectoria internacional, el lugar que le daba sentido a su recorrido por el mundo; y creo que toda su obra no fue más que un intento por emular en el universo plástico la ternura y la nostalgia que sentía por este paraíso perdido de su infancia, por este país lleno de contradicciones y defectos, que, aun así, constituía el núcleo de su identidad y su razón de ser como humano sobre la tierra”. 

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Gracias, Botero

La conmemoración fue también una declaración de gratitud. Cristian Padilla contó que, gracias a Botero, había podido adelantar sus estudios de doctorado en arte, mostrando esa otra fase de mecenas del Maestro. Al atril subió también Miguel Augusto, un niño que participa en uno de los talleres artísticos del Museo: “…aquí he aprendido a pensar el mundo desde las imágenes, a contar historias con ellas, a ser más creativo y curioso, a observar con atención para conectar las ideas con las que tengo afuera”.  En nombre de todos los artesanos y trabajadores informales de la Plaza Botero, habló la fotógrafa Catalina Torres: “Hemos sido afortunados quienes gozamos de este espacio para trabajar, y solo nos resta agradecer por la fuerza, exuberancia y sensualidad que nos dejan las obras del Maestro Botero”. Y Ana María Rojas, hoy integrante de la Filarmed, recordó el apoyo que Botero le dio a la red de escuelas de música en el año 2000:

“Hoy, quien se encuentra aquí de pie es una de esas niñas y niños que con tanto amor y generosidad usted acompañó en su proceso de formación artística, pues tuvo la sensibilidad de reconocer el valor del arte como herramienta de transformación social”.

El homenaje fue también para Juan Gómez Martínez, exalcalde de Medellín, quien, en el año 2000, apoyó decididamente la construcción de la Plaza Botero y las transformaciones que requería el Museo de Antioquia para albergar las 189 obras de este artista enorme. Y también para Maria Emma Mejía, exministra y exembajadora, quien agradeció la presencia de la familia de Botero en el homenaje: “Verlos aquí hoy juntos, en esta gran familia, me llena de gusto, porque entenderán ustedes esta calidad que tenemos los paisas, y que él nos enseñó. Nos entregaron un legado que sabremos cuidar, pero vamos a necesitar su ayuda”.

Lo confirmó Maria del Rosario Escobar, directora del Museo de Antioquia:

“Querido Maestro, muchas gracias por ayudarnos a hacer de este museo, su museo, un refugio para el arte y para la gente más diversa. En donde se encuentra el apoyo y la protección, se da lugar a la creación, al cambio y al aprendizaje”.  

Esta celebración fue un homenaje a la manera que tenía Fernando Botero de relacionarse con el mundo. Fue la invitación de su hijo, Juan Carlos Botero: “El arte de mi padre tenía una finalidad esencial: era y es recordarnos lo que Octavio Paz resumió como ‘el olvidado asombro de estar vivos’. Por eso él afirmó tantas veces, de manera enfática: uno tiene que vivir enamorado de la vida. Aquella frase siempre me sorprendió, porque la decía un hombre que perdió a su padre a sus cuatro años, que vivió durante décadas en la pobreza, que perdió a su propio hijo, cuando mi hermanito tenía también apenas cuatro años de edad, y que luchó contra todo y contra todos, sin renunciar jamás a sus convicciones, y sin saber si algún día él iba a conocer un mínimo de bienestar o aceptación”.

Las palabras del artista Aníbal Gil, contemporáneo de Botero, compañero de su primer viaje a Italia en los años mozos, dieron el tono de la celebración: “Como buenos antioqueños, salimos varias veces por Florencia a pintar paisajes. Llegábamos los sábados por la noche, y él, muy eufórico, cuando le iba bien en su pintura, decía: ‘¡ragazzi, facciamo una festa…!’ (¡muchachos, hagamos una fiesta!). Esta es la frase que quiero traer ahora en este momento que, se supone, es de dolor”.

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La donación de Proantioquia

En el homenaje realizado por el Museo de Antioquia y la Gobernación, Maria Bibiana Botero, presidenta de Proantioquia, hizo un gran anuncio: “Una donación para hacer realidad un anhelo de este Museo: el Centro de Documentación Botero, que recogerá y custodiará la memoria histórica del Maestro, y una sala para el disfrute y el aprendizaje de las familias y los niños, que llevará por nombre Pedrito Botero”.

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