Consumimos más que nunca, pero cada vez nos queda menos tiempo para que algo nos toque.
Hace unos días me descubrí escuchando un audio de una amiga a doble velocidad. No tenía afán, no iba tarde a ningún lado. Lo hice casi sin pensarlo, como quien ya no sabe hacerlo de otra manera. Me quedé con esa imagen: mi amiga contándome algo importante y yo apurándola con un botón.
Lo fácil sería culparme. Es lo que solemos hacer: decir que tenemos poca paciencia, que no nos concentramos, que somos adictos al celular. Pero creo que esa explicación se queda corta, y además es cómoda.
Pero la prisa no apareció sola. Se diseñó. En los años ochenta, una canción exitosa tardaba en promedio 23 segundos en llegar a la voz; para 2015, ese tiempo se había reducido a cinco, según un estudio de la Universidad Estatal de Ohio que lo atribuye a la competencia por la atención en las plataformas de música. La razón es sencilla: casi una de cada cuatro canciones se abandona en los primeros cinco segundos. Las canciones no se acortaron por capricho artístico. Se acortaron porque la industria aprendió que, si no nos atrapa rápido, nos perdemos. La investigadora Gloria Mark, de la Universidad de California, ha medido algo parecido en las pantallas: hace veinte años sosteníamos la atención en una sola durante dos minutos y medio; hoy, en menos de uno ya estamos en otra.
Nos están vendiendo la velocidad como libertad: podemos saltar, adelantar, resumir y cambiar cuando queramos. Pero cada salto alimenta un sistema que necesita que no nos quedemos en ningún lugar, porque nuestra atención es su producto. Mientras más rápido pasamos, más contenido consumimos, y más vale ese tiempo para alguien que no somos nosotros.
El resultado no es que estemos mejor informados ni más entretenidos. Es que estamos cansados. Según el Instituto Reuters, de la Universidad de Oxford, cuatro de cada diez personas en el mundo evitan las noticias, y buena parte de ellas dice sentirse agotada por la cantidad de información. En Colombia, en 2024, fue el 44 %. Recibimos tanto que ya no alcanzamos a procesar nada.
El tiempo se volvió una suma de instantes sueltos, sin duración, y perdimos la capacidad de demorarnos en las cosas. Y ahí está el costo que casi nadie nombra. Porque se puede oír a toda velocidad, pero no se puede escuchar a toda velocidad. Oír pasa solo. Escuchar exige detenerse, prestar atención y estar dispuestos a que lo que el otro dice nos cambie un poco. Es, por definición, lento.
Lo grave es que no entrenamos la prisa solo frente a la música o las noticias. La llevamos a la mesa, al trabajo, a la casa. Conversamos con el celular en la mano, pensamos la respuesta antes de que el otro termine, escuchamos para contestar y no para entender. Un hábito que aprendimos frente a una pantalla terminó instalándose en nuestras relaciones.
Por eso no basta con la reflexión sobre desconéctese, hacer pautas y hasta meditar. Eso vuelve a poner toda la responsabilidad en cada persona, como si el problema fuera de voluntad individual. Escuchar hoy es nadar contra una corriente que alguien más diseñó, y hay que decirlo así. Pero saberlo también nos devuelve algo: la posibilidad de elegir. Oír un disco completo, terminar un libro, dejar que la otra persona acabe de hablar. En una época que compite por cada segundo de nuestra atención, quedarse se convierte en un acto de resistencia.
Esa noche volví a poner el audio de mi amiga, a velocidad normal. Decía mucho más de lo que había oído la primera vez.





