Como un enclave de alegre resistencia, la casa de los Vasco Ospina, en la calle 12 con la carrera 43 B, contrasta con su entorno en el barrio Manila. Rodeada de más locales comerciales que de otros vecinos, esta vivienda sigue siendo un pintoresco punto de color, un referente obligado para la vida comunitaria.
Ruth Vasco Ospina, quien acabó de cumplir 80 años este miércoles 7 de octubre, es artífice, en buena parte, de dicha particularidad. En las mañanas, se le puede ver tomando un tinto recién hecho, sentada en el antejardín, junto a Merlín, el manso bernés que le sigue sin correa a todas partes.
También desde esa hora, la puerta del caserón se mantiene abierta hasta bien entrada la noche, como una invitación permanente a la visita, a la curiosidad, al asomo a una vida más calmada, con su sala, su comedor, su cocina, sus pasillos y patios llenos de fotos, imágenes religiosas y otros primores de porcelana, metal y tela, en un ambiente impecable que evoca tradición, familia, vecindad.
“Soy feliz con que la gente se acerque, que acaricie al perro, que salude y pregunte si puede entrar. Yo los recibo y empiezo a conversar con ellos. Me preguntan por la historia de la casa, por la del barrio y yo les cuento de lo que me acuerdo”, dice Ruth, quien en una jornada puede recibir hasta 50 visitantes, incluidos extranjeros, que no planearon conocerla y se van agradecidos por una experiencia que podrían calificar como de inmersión cultural.
Estas visitas a la casa se incrementan durante las principales temporadas del año, pues Ruth se da a la tarea de decorarla con esmero para cada ocasión. Desde el antejardín hasta la cocina todo pasa a hablar de Antioqueñidad en agosto, de Amor y Amistad en septiembre, de Halloween en octubre y de Navidad en diciembre y enero. “Esa es la época que más me gusta porque puedo chicanear más con la decoración, casi toda hecha por mí”, apunta.
En el hogar de los Vasco Ospina, que hace mucho tiempo acogió a dos papás (don Francisco Luis y doña Ana Julia) con sus ocho hijos, ahora viven Ruth y dos de sus hermanos varones, también solteros. “Aquí hay mucho espacio y mucho para compartir. Los lunes recibo en el patio, de dos a seis de la tarde, a mis amigas de pintura, los martes a las de bordado; el miércoles voy a danzas en la Casa de la Cultura y el viernes, al club de vida San Lorenzo, que me queda a cuatro cuadras. De resto, descanso”.






