¿Cómo seguir bailando en estos tiempos en que el miedo quiere inmovilizarnos?

Cuando el miedo parece inmovilizarnos, bailar puede convertirse en un acto de resistencia. Aquí, una reflexión sobre la danza, la memoria ancestral y el poder de los cuerpos que se encuentran para defender la vida e imaginar otros futuros.
Por: Opinión
10 octubre, 2026
Por: Rafael Palacios Callejas. Bailarín y coreógrafo. Fundador y director de Sankofa Danzafro. Licenciado en Danza, especialista en Epistemología del Sur – Clacso. Certificado de Estudios Afrolatinoamericanos de la Universidad de Harvard e ICESI y Magister en Educación y Derechos Humanos en Unaula.

“Si la necropolítica, en la conceptualización de Achille Mbembe, se refiere a las maneras en que el poder decide quién vive y quién muere, la danza puede comprenderse como una práctica cultural que construye vínculos comunitarios para proteger y celebrar la vida”.

Bailar en estos tiempos en que el cuerpo se siente cansado, adormecido, quizás sin esa fuerza vital que hace latir el corazón con normalidad, se vuelve una experiencia extraña. Ese latido fuerte y rítmico parece haberse debilitado, y la sangre se siente más espesa, como si una amenaza constante estuviera acechándonos. Entonces, en los pies, aparece la sensación de que no es el cuerpo el que se mueve, sino la tierra la que se sacude.

Hay días en que parece difícil caminar, no porque las piernas y los pies hayan olvidado hacerlo, sino porque algo más profundo los detiene. Los pasos se vuelven pequeños, inseguros, ante un mundo borroso en el que cuesta encontrar el camino. Y si caminar ya es un desafío, danzar lo es aún más, porque para las emociones la palabra se ha quedado corta: entonces los sentimientos se desbordan a través del cuerpo, aunque todo alrededor nos prevenga de que debemos permanecer quietos y en silencio.

Bailar puede ser una manera de enfrentar el miedo impuesto. No hablo solamente de la danza como proyección escénica; me refiero al baile que aparece cuando varios cuerpos se encuentran y descubren que pueden movilizarse juntos, y que, al hacerlo, también encuentran una forma colectiva de recordar otros días menos opacos.

Memorias que a veces parecen dormidas, pero que siguen allí, esperando un sonido, una voz, un canto, un tambor, unos pies zapateando el suelo que las despierte. Y cuando eso sucede, percibimos que la niebla disminuye. Es entonces cuando reconocemos que recordar no significa regresar al pasado, sino recordar que nunca hemos estado inmóviles; que siempre hemos danzado juntos para preservar la vida y encontrar otras salidas.

En medio de todo, pienso en los cimarrones, en aquellos hombres y mujeres que escaparon en la oscuridad de la esclavización y se internaron en territorios desconocidos para construir allí formas de emancipación. Cuerpos colectivos que se negaron a aceptar que el lugar asignado para ellos era el único posible, logrando construir otros mundos presentados con anterioridad como inimaginables. Aferrarnos a esa memoria y no olvidar de dónde procedemos es la tarea. Y entonces aparece la danza como una alternativa para que, en vez de caminar entre los muertos, podamos bailar entre los vivos.

Porque una de las cosas más peligrosas del miedo es que puede hacernos creer que aquello que existe es inevitable. El miedo reduce la acción hasta lograr que lo interioricemos como una forma natural de habitar el mundo. Pero no podemos olvidar que es una fórmula y un lenguaje político para gobernar el cuerpo y aceptar, con la cabeza gacha, la falsa promesa de seguridad a cambio de nuestra libertad.

Mientras huían, los cimarrones, nos enseñaron que hay que moverse para pensar. Que el pensamiento no habita solo en la cabeza, como nos hicieron creer, y que pensar sentados y quietos es una idea que nos disciplina. También nos enseñaron que no hay que separar la cabeza del resto del cuerpo como si este existiera únicamente para sostenerla. Pero existen otras formas de pensar, de imaginar y de planear revueltas que alejen el miedo e instauren la acción. Entre ellas está la danza: una tecnología de conocimiento ancestral que crea complicidad allí en donde hablar ha sido censurado; que nos recuerda el respeto por el cuerpo propio y por el de los otros; que nos invita a pensarnos desde la memoria corporal, sin dividir el cuerpo de la mente.

Bailar también es reconocer lo que el cuerpo entendió antes de que las palabras surgieran; que el cuerpo es archivo histórico y que las luchas antiguas se prolongan y se reactivan cuando nos movemos juntos. La danza nos permite no olvidar que, cuando nos movemos colectivamente sobre una tierra que se sacude, aprendemos a sostenernos. Porque, cuando todo está a punto de desmoronarse, tal vez sea más fácil encontrar el equilibrio mientras bailamos: para configurar otros caminos, para trascender y permanecer, para ser escuchados e incluso para no aceptar el presente, adelantándonos a construir otros futuros.

Si el poder decide quién vive y quién muere, bailar es nuestra forma de insistir en la vida. Así seguimos bailando; juntos con memoria y sin pedir permiso.

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