*Por: Luis Vidal
Las frutas están de moda, para la muestra dos libros. Frutologías, historia política y cultural de las frutas (2026) de Federico Kukso y Frutas asombrosas (2025) de Gian Paolo Dáguer.
En el primero de ellos se lee que, desde una perspectiva botánica, las frutas son, ni más ni menos, que los ovarios maduros de las plantas con flores. Dicho esto, quedas enganchado. Aclaro de momento que la ciencia que se encarga de estudiarlas es la pomología, y que poma en latín significa manzana. Así, el tomate en italiano es manzana de oro. ¡Bellísimo!
Bien, más allá de esto, ellas tienen una función muy especial que las conecta con las flores y las flores con los insectos, sin flores no hay frutos, sin frutos no hay comida y sin comida, los seres humanos no existiríamos. Conclusión: las frutas nos abren una de las puertas que nos llevan a lo que somos. ¡Quién lo pensaría!
Podemos suponer con toda seguridad que nuestra primera alimentación fue la miel, que aprendimos a comer viendo las abejas, luego las frutas y también las sobras que otros animales dejaban de las frutas. No olvidemos el lío en que nos metió Eva por comerse una manzana, menos mal no fue una papaya.
El dulce, que es una reacción a la luz solar, fue el dispositivo que la naturaleza nos dio para no morir en el intento de comer, es decir, el dulce nos alejó de la parca, por eso ha quedado en nuestro ADN como el sabor de la vida. Las metáforas abundan: hogar dulce hogar. De hecho, nombres como Melissa nos conectan con la comida dulce como principio de vida: su significado es miel en latín y en griego antiguo abeja. ¡Genial!
Con todo, las frutas son muestra clara de que no todo es tan sencillo como parece. Los cítricos son frutas que saben amargo cuando están verdes, pero al madurar se hacen dulces para atraer los polinizadores; y los chiles o ajíes, algunos de colores vivos, pican para defenderse y parece que pican más cuanto más maduros son. Pese a eso, la cultura les jugó en contra ya que en ciertos sistemas culinarios no se puede comer sin ellos: si no pica, no sabe, aunque enchile, dicen.
Y qué tal la piña, nombre que los españoles dieron al ananás, por tener cierto parecido con la bellota de pino piñonero mediterráneo; el coco, todo un misterio, no sabemos cómo llegó a América, pues unos aseguran que son el resultado de náufragos en el Caribe; otros, que llegaron a nuestras costas nadando desde el sureste asiático. ¡Puras conjeturas!
Lo que sí es claro es su nombre, que viene del portugués: se trata de la forma que toman los fantasmas de los cuentos medievales europeos. ¡Se lo va a llevar el coco si no se toma la sopa!, decían nuestras madres sin saber la procedencia del nombre, y ¿la razón? Los tres huequitos del coco ¡Las frutas inspiran el habla!
¿Y la fresa? Es una fruta con los frutos por fuera, ¡hágame el favor! Ya luego nos ocuparemos de ellas en el universo culinario.




