Entre el fitness, el wellness, los influencers, Bali, Instagram, los picos de glucosa y los brebajes nos están comiendo el coco. Las vidas normales de las personas corrientes quedaron por fuera de los estándares de la creciente tribu del batido verde. La obsesión por lo saludable, además de que ha enriquecido a muchos negociantes, ha llevado a montones de personas -sobre todo mujeres- a confundir la disciplina con un TAC (Trastorno de la Conducta Alimentaria), que no solo se refleja en la alimentación, sino en la camisa de fuerza que prohíbe salirse de la fila de “lo que hay que tener”.
Lo que no tenemos los que abrimos las redes y pensamos que lo estamos haciendo mal, porque nuestra realidad es tan otra… No nos levantamos antes del sol como lo aconseja el libro más aburridor que haya caído en mis manos -“El club de las 5 de la mañana: controla tus mañanas, impulsa tu vida” (Robin S. Sharma)- a hacer estiramientos, jogging, meditación, pesas, caminatas de 10.000 pasos; tomar en ayunas vinagre de manzana, magnesio, creatina, colágeno y un batido -el primero del día- de hojas verdes con proteína en polvo, semillas de chía, suplementos vitamínicos y fibra, mucha fibra.
No tenemos un spa en la ducha: sales, cremas, vapores, chorros, aceites, esponjas, menjurjes para lo que sea y toalla especial para secarnos la cara. No nos maquillamos tan perfecto como para que nuestro look parezca natural, -lo es y punto-, eso sí con los cachetes resplandecientes y los labios jugosos. No desayunamos con tres claras de huevo y nada de carbohidratos -¡veneno puro!-, a no ser panes ecológicos pasados por la gramera.
No somos adictas al té matcha, ni tomamos bebidas energizantes. No nos forramos en lycras de última moda para ir al gym -hacemos ejercicio con sudadera y camiseta amplia-, ni salimos después a hacer vueltas con esa pinta para que el mundo se entere de que somos parte del club de las elegidas. (Nos chantamos lo que nos gusta sea o no tendencia). No almorzamos pollo a la poceta, no practicamos el ayuno intermitente, no nos inyectamos sustancias, no nos inflamos el cuerpo ni nos lo desinflamos -lo aceptamos-; no tenemos aplicaciones en el móvil que cuenten pasos, calorías, respiraciones, horas de sueño y las veces que hemos infringido las normas. No coleccionamos seguidores, no tenemos interés en hacer de nuestro diario vivir material de contenido que se pueda monetizar.
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No somos expertas en microbiota, no tenemos Mamo arhuaco de cabecera, no hemos participado en rituales de yagé, no necesitamos viajar a Bali para encontrarnos a nosotras mismas.
Hemos tenido que estudiar y trabajar para ganarnos la vida. Tenemos días grises por montones y, otros, en los que no encontramos arregladero. No fisgoneamos en los cuerpos ajenos, nos priva comer pizza los fines de semana, nos despelucamos, nos aburrimos, nos descachamos. Mejor dicho…, ni para qué seguir.
Ah y creemos que envejecer es un privilegio, no un problema estético.
ETCÉTERA: Hábitos saludables, claro que sí. Pero sin convertir nuestra existencia en el cuidado constante de un tamagotchi biológico. (Y no es una crítica a la hermandad del batido verde; es un llamado para que no sintamos que estamos llegando tarde a una mejor versión de nosotras mismas, solo por no pertenecer a ella)
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