Cuando a comienzos del año me enviaron el cronograma de publicación de estos artículos busqué, como hago siempre, en qué fecha saldría el de octubre. Es el mes de mi cumpleaños, tengo cábalas y desde siempre mi mente hace asociaciones con él. Cuando vi la fecha de publicación –3 de octubre– sonreí con la coincidencia y pensé de inmediato, no en ese día, sino en el siguiente. Después me dije en silencio: 4 de octubre, Edilma, San Francisco de Asís. En el santoral católico el 4 de octubre es el día de San Francisco. En mi vida, esa fecha, que antes tenía que ver con el santo, desde hace siete años está ligada para siempre, con más fuerza que antes, a Edilma, mi madre.
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El viernes 4 de octubre de 2019, a las 3:49 a.m. murió mi madre. El lunes anterior, casi sin fuerzas, me había llamado para preguntarme cuándo era el día de San Francisco. Le dije que el 4 de octubre. Se impacientó y me pidió precisar el día de la semana. Le dije que viernes. Me preguntó en qué día estábamos. Le respondí que lunes. Hizo cálculos mentales, suspiró, tranquila. Luego, me apretó la mano: todavía tenemos tiempo, me dijo entre ahogos, mañana le entrego algunas cosas: yo me voy el viernes. Y así fue. Esas palabras que me había negado a aceptar y que me habían atravesado de lado a lado tenían el peso de una premonición. Con ella, siempre fue así, cuando decía algo lo cumplía: me entregó sus cosas el martes, me dio unos últimos consejos, pidió que la dejara ir y el viernes abrazada a mí murió tranquila.
Esa madrugada terminaban 232 días de dolores, hospitales y sufrimientos de la mano de mi madre y empezaba otro viaje al fin de una noche tan incierta como la que acababa de terminar, pero con una diferencia: no tenía la mano de ella para aferrarme y mantenerme a flote. Vivir –vaya verbo– el duelo es una experiencia de soledad. Al comienzo estás destruido, sabes que las fuerzas te abandonan y que no puedes seguir. Pero la vida, queramos o no, sigue para contradecir nuestro enfado, ajena a nuestra tristeza. Así, a trompicones, nos damos cuenta de que no hay salida: el dolor que nos iba a destruir termina por lanzarnos a la vida, por mantenernos en su inercia. Lo único cierto es que quien enfrenta un duelo nunca vuelve a ser la misma persona, se puede salir de él siendo más fuerte o más amargo, pero nunca el mismo.
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En estos casos, la literatura siempre nos lanza un rescate, se escribe para inventar el pasado para hacerlo más llevadero, menos duro. Pero no siempre es así. En mi caso escribí un libro, 232 días, en el cual di cuenta del martirio vivido, solo buscaba hacer un breve homenaje a mi madre, encontrar un lugar en el que siempre pudiéramos estar juntos. Y como no espero nada de la muerte, creo que ese libro es ese lugar. Sin embargo, desde que murió tengo dos sensaciones recurrentes: miedo y angustia. Miedo a olvidar a mi madre, a perder su rostro, a un día despertar y haberlo extraviado en las brumas del sueño. Esto lo conjuro fácil: en las mañanas y en las noches lo primero y lo último que me acompaña es el rostro de mi Edilma. Lo traigo sin falta, lo fijo en el lienzo oscuro de mi memoria y lo dejo allí como un talismán que protege mi sueño y mi vigilia. La angustia, por su parte, surge de tener la sensación de vivir dos vidas: una, la mía, y otra paralela que cada año empieza el 15 de febrero –cuando le diagnosticaron el cáncer a Edilma– y va hasta ese 4 de octubre. Durante ese lapso vivo en función del recuerdo que tengo de aquellos días a su lado: qué hicimos, en qué hospital estuvimos. Por ejemplo, mientras escribo esto es viernes 18 de septiembre y son las 7:20 p. m, víspera de Amor y Amistad, estoy en mi cuarto, sentado frente al computador. Pero, al tiempo, miro con desolación y recelo este día, porque lo cruzo con ese otro viernes, que también siento que ocurre, víspera de amor y amistad, el último que pasaríamos en urgencias, con ella en una camilla, conectada a un tanque de oxígeno a 10 litros que contenían mal su ahogo. Y lo que más me apena es saber que nos acercamos sin remedio a esa fecha y que otra vez le voy a fallar y no voy a poder hacer nada, para ayudarla, para salvarla. En definitiva creo que en un universo paralelo ella y yo seguimos repitiendo nuestra propia e íntima tragedia, sin pausa, por siempre y para siempre.
Conjurar esta angustia, como podrán imaginarse, es más complejo y he tardado más en encontrar mecanismos que me ayuden a sobrellevar la pena. Mi diagnóstico, que no es depresión, se denomina: trastorno de duelo prolongado. Y se aplica a personas que después de 12 meses –cifra superada con creces– experimentan dificultad para adaptarse a la pérdida de un ser querido. Me rehúso a la trampa de los diagnósticos. Creo que vivir es aprender a ir con nuestros muertos y eso algunas personas, lo hacemos desde un dolor esencial y no patológico.
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En consonancia con lo anterior, este año encontré una suerte de remediopara esta angustia de ambivalencias y de universos paralelos. Cuando la enfermedad de mi madre llegó no estábamos preparados –nunca se está preparado para algo así–, tal vez por eso, una de mis primeras reacciones, al saber la gravedad del mal, fue proponerle que hiciera una lista de asuntos pendientes, que no hubiera quimio y que, más bien, nos fuéramos a cumplir sus deseos. Pero ella, siempre sensata, sabía que el tiempo apenas alcanzaría para intentar alguna cura y no quería negarse esa posibilidad. Me miró, sonrió, apretó mi mano, y me dijo que la iba a hacer. Nunca la hizo. Y esa lista inexistente es la que hoy me ayuda para soltar un poco el pasado y buscar posible futuro con ella, más allá de esos últimos días.
Este año estuve en Asís, estoy seguro que ir a ese pueblo medieval hubiera estado en su lista. Me quedé en un hotel antiguo cuyo balcón daba a la catedral de Francisco. Desde allí vi un atardecer y una madrugada sin soltarle la mano, preguntándole qué le parecía el esplendor intacto de aquellas tierras. Una de las cosas que ayuda a lidiar con nuestros muertos es hablar con ellos, saludarlos, contarles cómo va la vida, consultarles, pedirles sugerencias, escucharlos, abrazarlos. También publiqué un libro. Ella siempre quiso que viviera, que cumpliera mis sueños y para mí eso es escribir. Durante el lanzamiento sabía que ella estaba ahí, en la primera fila, orgullosa, radiante. Me faltan muchas cosas por hacer, pero las cumplo con esmero y disciplina.
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Mañana será 4 de octubre y por eso hoy, 3 de octubre, mientras usted lee esto, yo voy a estar en varios lados a la vez. Por un lado, estaré en un bucle del tiempo agarrado a la mano de mi madre, recibiendo en mi rostro su último aliento, acompañando su agonía, muriendo un poco con ella. Y, al tiempo, seguramente estaré por la ciudad buscando flores –que siempre estaban en su lista– para recordar y honrar su nombre, para abrirle un boquete a la muerte y al olvido. Tengo esa lista, su lista y la cumplo para no tener que repetir más su agonía, para darme fuerzas, para llenar el futuro de promesas y no dejar nada pendiente entre los dos.




