Por: Carlos Arturo Fernández
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Gregorio Cuartas (San Roque, Antioquia, 1938) es un artista polifacético y paradójico. Formado de manera casi autónoma y solitaria, a lo largo de su vida creativa ha transitado, entre otros, por los múltiples campos del dibujo y la pintura, del mosaico, de la arquitectura, del diseño y de la restauración. La suya es una obra que reconcilia sencillez y complejidad, presencia directa y profundidad significativa, rigor y libertad, pasado y presente, tradición y contemporaneidad, silencio y oración o mantra, tal vez.
Quizá el mayor desafío que nos lanza la obra de Gregorio Cuartas se basa en que, aparentemente, no hay desafío ninguno: creemos estar ante la simplicidad encarnada, como si fuera una idea pura que se entrega a nuestra intuición. La suya es una obra que se ubica en lo esencial, sin adornos ni distracciones que desvíen la atención hacia elementos secundarios y, por lo tanto, parece ofrecerse de forma inmediata.
Pero entonces comprendemos que, detrás de esa pureza esencial, existe el reto profundo de penetrar en una obra que se plantea como un universo simbólico, lo que, en definitiva, nos aboca a la pregunta incesante del significado y de la interpretación. En otras palabras, Gregorio Cuartas enfrenta el arte como la creación de símbolos que, por su propia naturaleza, encarnan valores multisignificativos que ni siquiera el propio artista puede limitar, y nos invita a reflexionar en todas las direcciones posibles.
Sencillez y complejidad
Una aproximación directa a la paradoja de sencillez y complejidad de Gregorio Cuartas consiste en reconocerlo como un espíritu intensamente contemporáneo que, al manifestarse, nos lleva a ciertos ámbitos del remoto Renacimiento y, por ese camino, nos obliga a cuestionarnos sobre el sentido mismo de la obra de arte. Frente a semejante anacronismo, cabe preguntarse si tiene sentido que un artista de hoy se remita al siglo XV italiano; y quizá lo que nos revela el trabajo de Gregorio Cuartas es la profunda convicción de que ubicarse en el contexto del Renacimiento le permite potenciar los valores simbólicos de su obra.
Pero no se trata de un gesto caprichoso, sino que está marcado por una fuerte contempo- raneidad. Desde una perspectiva histórica, conviene recordar que, a lo largo de los últimos doscientos años, los artistas se alejaron sistemáticamente de las normas académicas que, en los siglos anteriores, les habían impuesto parámetros y límites que determinaban de forma rigurosa lo que podía o no ser considerado como obra de arte.
La ruptura con todo tipo de norma preestablecida llevó el arte a un estado de libertad creativa, inimaginable en cualquier momento anterior de la historia. En ese orden de ideas, se afirma muchas veces que, en el arte de nuestro tiempo, todo es posible y que la creatividad del artista se manifiesta, precisamente, en esa apertura total. Sin embargo, el artista se enfrenta a un problema de extraordinaria complejidad pues, al dejar de poner el valor del arte en el cumplimiento de unas formas externas, encuentra que su problema no es el cuadro o la arquitectura sino el arte mismo. Y, como se desprende de todo lo anterior, cada artista escoge su propio camino.
Retrato de Regys
En su Retrato de Regys, de 1975, como en muchos de sus retratos masculinos, Gregorio Cuartas parece un artista del Renacimiento, como si fuera una reencarnación de Piero della Francesca, o como si nos acercáramos a Piero a través de una reflexión metafísica. En efecto, Gregorio Cuartas nos introduce aquí en un universo donde todo parece haber alcanzado los más altos niveles de orden, de proporción y de reposo.
Pero el proceso del Retrato no tiene que ver con “pintar como Piero della Francesca”, sino que busca entrar en su contexto, en la estructura de su luz y de su color, pero, sobre todo, en su silencio creativo: no se trata de llegar a Piero, sino de partir de él.
Como símbolo encarnado que es, la pintura se abre a múltiples posibilidades de sentido y nos permite percibir, por ejemplo, que Gregorio Cuartas afirma la necesidad de la belleza y la centralidad del ser humano como medida y razón de lo real.
Pero no se puede olvidar que este es un significado para el presente; y, por eso, frente al Retrato de Regys, cabe descubrir la certeza de que, lo mismo que en el siglo XV convulso y violento, la belleza y la verdad del arte no son hechos gratuitos, sino que siguen siendo hoy ideales comprometidos por los que lucha el artista.





