Doña Nubia sigue vendiendo en su tienda de abarrotes en Quimbaya (Quindío) mientras, justo al frente, una cuadrilla demuele su casa. En sus ojos se hace evidente que el ruido de cada martillazo es un golpe al alma. Se despedía del lugar que levantaron sus suegros hace treinta años y que ella fue mejorando con su esposo poco a poco: primero el piso, con un ahorro de varios meses llegó la pintura y años después, cuando alcanzó la plata, reforzaron las ventanas y compraron la nevera. Tres décadas de inversión que se vinieron abajo en noventa segundos, porque lo único que quedó en pie fue el crédito con el banco.
“Es como un sueño —me dijo—, yo como que no analizo todavía lo que pasó”.
Y siguió despachando entre lágrimas, agradecida porque a pesar de todo el terremoto no llegó al negocio.
Pasé varios días en Risaralda y Quindío cubriendo el terremoto para Noticias Caracol. Vi lo que ustedes conocieron a través de la pantalla: escombros, filas y albergues. Pero lo que más me inquietó fue lo que casi no cabe en un noticiero, como los ingenieros voluntarios recorriendo cuadra por cuadra y entregando un concepto técnico sobre la habitabilidad de las propiedades; o el Hospital Universitario San Jorge operando a media máquina, con demoliciones internas, y aun así recibiendo a los pacientes de las clínicas que tuvieron que cerrar. O los ‘equipajeros’ del Aeropuerto Matecaña celebrando la reapertura después de 19 días. Pocos vuelos pero al fin y al cabo, algunas propinas que se convierten en el sustento de sus familias.
Esos son ejemplos de la llamada “segunda fase” que, sin duda, ya empezó. La primera fue la de la emergencia, la que convoca de inmediato y moviliza la solidaridad. En ONE Inversión Social recibimos algo más de 192 millones de pesos de por lo menos 600 personas que donaron para ayudar a los más afectados. En alianza con Alma Air conectamos donaciones en especie con los albergues y familias más vulnerables. Logramos 66 vuelos humanitarios, movilizamos cerca de 20 toneladas entre alimentos, medicamentos y frazadas, y acercamos a más de 100 profesionales de la salud que llegaron principalmente a las zonas rurales de las regiones donde el terremoto fue inclemente. Un trabajo conmovedor y del que nos sentimos muy orgullosos.
Pero ahora nos preocupa la llamada curva de la solidaridad, aquella que alcanza su pico en los primeros días de la emergencia y desciende estrepitosamente cuando el presupuesto y los tiempos para la reconstrucción nos aterrizan en la realidad. Este terremoto dejó más de 360 mil personas afectadas y 210 mil viviendas destruidas o averiadas en 494 municipios de 16 departamentos. Reparar las condiciones de vida para tantas familias no cabe en una campaña de un par de semanas, será un trabajo de años, costoso, que exige conceptos técnicos, planeación, licencias, créditos y, seguramente, hasta actualizaciones de los planes de ordenamiento territorial. Será ahí cuando se ponga a prueba la fraternidad.
El reto no es dar más, es dar distinto. Es sostener cuando ya no sea noticia, es articular para no improvisar, es conectar la voluntad con la capacidad. El dinero de la reconstrucción se mueve más despacio y exige más rigor por parte de organizaciones con trayectoria en el territorio y capaces de responder por cada peso.
Mientras escribo esto sé que Doña Nubia pasa las noches en un albergue temporal y desde allí recuerda el sonido del martillo que demolió lo poco que le dejó ese 10 de agosto. Nosotros ya no lo escuchamos y esa diferencia representa exactamente el reto de país al que nos enfrentamos.





