*Por: Carlos Arturo Fernández
La exposición “Volver a María Villa” que presenta la Galería Carlos Orozco desde el pasado 27 de agosto, con la curaduría de Camila Téllez, Carlos Uribe y Raúl Zapata, ofrece la oportunidad de conocer una parte sustancial de la obra de una de las artistas más significativas dentro de la historia del arte colombiano de los últimos cincuenta años.
Pero es necesario decir, al mismo tiempo, que se trata de una obra poco estudiada en profundidad y que, con frecuencia, se ha limitado a un ámbito de cultores, mientras que, en general, se mira como una especie de aparición curiosa y sin contexto.
Esta exposición se plantea como la posibilidad de “volver a María Villa” para descubrir su sentido en el arte colombiano. Por supuesto, no se puede dejar atrás la historia de vida que posibilitó estas obras.
María de los Ángeles Villa nació en Guarne en 1909 y falleció en Medellín en 1991. De origen muy humilde, se dedicó desde su infancia a trabajos domésticos en Medellín y más tarde a manejar una tienda de barrio de su propiedad, trabajos que revelan una mujer de carácter independiente y espíritu emprendedor, abierta a nuevos desafíos.
Entre ellos, y no menor, está el de aceptar el amor de un hombre 32 años más joven que ella; sinceramente enamorados, se casan en 1970, cuando María Villa tiene más de 60 años. Pero la historia se completa porque el marido, Federico Vargas, es pintor aficionado que se dedica a hacer retratos callejeros.
María, que lo quiere y lo admira, queda deslumbrada por esas pinturas y siente el deseo de hacer lo mismo, pero a su manera y en secreto, utilizando los trozos de lienzo o pedazos de madera y los restos de óleos que deja su marido.
Al final, esas pinturas van a una caja o maleta que ella oculta debajo de la cama donde tiempo después las descubre su esposo; María le pide que no gaste su tiempo mirando esos “mamarrachos” pero Vargas, profundamente impresionado e intuyendo que son obras valiosas, logra que ella le permita mostrarlas en algunas galerías, e incluso la Biblioteca Pública Piloto acoge en 4 exposiciones a María Villa entre 1978 y 1985, período en el que participa también en 4 muestras en Bogotá.
Mirada profunda a su obra
Las formas habituales de referirse a la obra de María Villa se basan en la reiteración de ideas de primitivismo, ingenuidad y espontaneidad. Sin embargo, quizá esa insistencia es lo que ha impedido una mirada más profunda de su obra y, sobre todo, de su vinculación con la historia del arte de su tiempo.
Darío Ruiz Gómez, quien fue el primer crítico que se interesó en esta obra, señalaba que aquellas ideas no iban a la esencia del problema, que es la creación misma de la obra; en la misma dirección, los curadores de la exposición en la Galería Carlos Orozco, afirman que la artista ha sido sometida a un proceso de marginalización que no ha permitido comprender el significado y trascendencia de su trabajo.
Retrato de mujer con pañoleta es una pintura al óleo, de la cual no conocemos la fecha, realizada sobre una pequeña tabla de apenas 22 x 17 cm. Y, quizá, lo que primero impacta es, precisamente, la contraposición entre su tamaño y la potencia de la imagen que, evidentemente, rompe con los límites reducidos de su materialidad.
En otras palabras, se trata de una imagen monumental, lograda por el rigor de las formas, todas ellas dependientes de la fuerza de la mirada de la mujer que atrapa nuestra propia mirada, y estructuradas en el contraste del óvalo de la cara, el simple rectángulo del cuello y la circularidad del sombrero. El colorido es preciso y necesario sobre un fondo neutro que elimina cualquier posibilidad de distracción: no es posible imaginar una gama de colores que logre la misma potencia.
Es sabido que María Villa no pasó por ninguna escuela de arte y que Federico Vargas se preocupó de que no se viera afectada por ideas académicas. Y ello nos ofrece una pista adicional para reivindicar la centralidad de María Villa en el arte colombiano de las décadas finales del siglo XX, con amplia resonancia hacia el presente.
Una centralidad que se basa en la creación, en una afirmación de sentido con fuerza definitiva a través de la pintura. Si ponemos a María Villa en el centro del arte de su tiempo y hacemos el esfuerzo de pensarlo con referencia a ella y no al revés, quizá podríamos descubrir otras interpretaciones acerca del arte y de nuestra propia historia.





