Volver a encontrarnos

Volver a conversar, escuchar a quien piensa diferente y reconocer su humanidad son actos necesarios para convivir, fortalecer la democracia y recordar aquello que, pese a las diferencias, compartimos.
Por: Opinión
7 septiembre, 2026
Beatriz Mejía
Por: Beatriz Mejía. Fundadora del Grupo Internacional de Paz, organización que promueve el deporte para el desarrollo y la paz en América Latina. Académica de Número de la Academia Olímpica Colombiana y consultora en The International Platform on Sport and Development. Magíster en Estudios del Desarrollo y Magister en Gobierno y Políticas Públicas. Reconocida en el Perfil Fuerzas de Cambio II de UN-LIREC por su contribución al desarme (2014). Ganadora del Premio Mujer Eva, categoría Construcción de Paz, Revista Eva en Miami (2019).

Hay conversaciones que se quedan con uno. No necesariamente porque en ellas ocurra algo extraordinario, sino porque en medio se atraviesa una historia, una frase, una mirada, un olor, algo que permanece y que, con el tiempo, termina cambiando la manera en que miramos al otro. Cosas pequeñas o grandes de las que la vida está hecha.

Hace unos años tuve una conversación con una mujer muy distinta a mí, con quien se me hacía muy fácil ver aquello que nos separaba, nuestras motivaciones, nuestras experiencias, nuestras maneras de entender el país. Pero mientras hablábamos, sin darme cuenta, empecé a reconocer su humanidad. Empecé a comprender que sus ideas no existían aisladas de su vida, como tampoco existen las mías, pero en mí cambió la manera de mirarla a ella.

Aquella conversación puso frente a mí un nuevo desafío personal y profesional y terminó trazando una ruta que no imaginaba antes, la de crear y facilitar espacios donde personas diversas puedan encontrarse, escucharse y construir alrededor de aquello que tienen en común. He entendido que conversar no siempre cambia lo que pensamos, pero cambia la forma en que miramos a quien piensa diferente y podemos proteger lo que importa a todos.

Vivimos, sin embargo, en un momento que parece diseñado para impedir ese encuentro. Tenemos más maneras que nunca de saber rápidamente quién es el otro.

Una frase basta para clasificar, una opinión para sospechar, una fotografía para imaginar una vida entera, y así, poco a poco, las personas se convierten en sujetos juzgados.

Por eso una conversación cara a cara hoy en día es un pequeño acto de resistencia. Porque cuando escuchamos a alguien durante suficiente tiempo, deja de ser una etiqueta y aparecen los años, los afectos, las pérdidas, las contradicciones, las decisiones acertadas y las equivocadas, y a veces, con cierta incomodidad, como me sucedió, descubrimos que podemos comprender a alguien y seguir teniendo posturas opuestas.

No todas las diferencias son pequeñas. Hay personas con las que existe una distancia profunda en los valores, en la manera de entender la vida o en la sociedad que imaginamos. No tenemos por qué convertir esas diferencias en falsas cercanías, ni ser amigos de todo el mundo, pero quizá sí tenemos que aprender a convivir con personas que no elegiríamos en nuestra vida privada.

Eso, que parece tan poco romántico, es en realidad una de las grandes conquistas de la democracia. La democracia no necesita que nos queramos, sino que podamos vivir juntos, que quien gana recuerde que quienes perdieron siguen siendo parte del país y que quien pierde pueda aceptar el resultado sin sentir que ha perdido el derecho a participar; necesita que podamos protestar, disentir y cambiar las cosas sin convertir cada diferencia en una amenaza. La democracia necesita la disposición a reconocer al otro.

La vida tiene esa costumbre de recordarnos que estamos mucho más conectados de lo que creemos. A veces basta un aguacero para que una ciudad entera recuerde que comparte el mismo sistema de drenaje, o un terremoto para descubrir, de golpe, que debajo de nuestras diferencias seguimos compartiendo el mismo suelo.

Tenemos que volver a sentir que tenemos algo que proteger juntos y que hay cosas que no podemos darnos el lujo de perder mientras discutimos sobre todo lo demás.

Por eso necesitamos recuperar la conversación. No como una obligación de encontrar afinidades donde no las hay, sino como una manera de volver a mirar a los ojos y poner límites sin deshumanizar. Y, sobre todo, hay que recordar que una sociedad no se construye alrededor de aquello que nos gusta del otro sino alrededor de aquello que, aun siendo diferentes, decidimos proteger juntos: la libertad y la democracia.

Volver a encontrarnos no es volver a ser iguales, sino volver a reconocernos como parte de una misma historia.

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