Por Lucas Posada
Los árboles sobreviven al viento porque pueden inclinarse. Las telarañas reciben un impacto distribuyéndolo por toda su estructura. Nuestro cuerpo permanece en pie gracias a miles de pequeñas correcciones imperceptibles. La naturaleza parece insistir en una idea: todo aquello que aspira a sostenerse necesita conservar la capacidad de temblar. Porque temblar no es lo contrario de sostenerse; muchas veces es la condición para no quebrarse.
La cocina también lo sabe. Un flan, una panna cotta o una gelatina habitan el límite entre mantenerse en pie y deshacerse. La textura temblorosa no es solamente aquello que tocamos con la lengua; también es una promesa que leemos con los ojos.
Un buen flan no es una fortaleza: es una estructura que ha aprendido a sostenerse al borde del colapso. Su fuerza no depende de una partícula heroica que cargue con todo el peso, sino de una red microscópica capaz de distribuirlo. Algo semejante ocurre con el tejido colectivo de apoyo desplegado tras el terremoto: cuando el peso circula por una red, deja de recaer sobre uno solo.
La fuerza del flan no proviene de una columna que carga con todo el peso, no, proviene de una red que lo distribuye. Esa red también aparece entre nosotros: vecinos buscando entre los escombros, comunidades cocinando, ciudades reuniendo ayudas, empresas aportando recursos y artistas movilizando personas.
Hoy Colombia también está aprendiendo a temblar. No solo porque la tierra continúa recordándonos que debajo de la aparente quietud todo está en movimiento, sino porque el país entero busca cómo sostenerse en medio de la pérdida y la incertidumbre.
Esta búsqueda me recuerda un principio de la permacultura: no diseñar para impedir el cambio, sino para atravesarlo sin perder la capacidad de sostener la vida. Quizá también podamos permaculturar nuestra vida colectiva: dejar de diseñarla para que nada cambie y comenzar a hacerlo para que, cuando el suelo se sacuda y deje de sostenernos, todavía exista una red capaz de sostenernos entre nosotros.
Y si hay una estructura colectiva que necesita saber temblar, es la democracia. Colombia atraviesa la sacudida de unas elecciones y de un cambio de Gobierno. Es aquí donde la democracia demuestra su fortaleza: no evitando el temblor, sino permitiendo que el poder cambie de lugar sin que la vida común se derrumbe. Necesita principios que sostengan y mecanismos capaces de recibir la fuerza de ideas contrarias, distribuir la tensión y recuperar una forma compartida.
Al final, la cocina vuelve a recordárnoslo. Los alimentos que tiemblan nos muestran que algo puede ser delicado sin ser débil, flexible sin perder su identidad y estable sin permanecer inmóvil. Su secreto no está en la dureza, sino en la red invisible que mantiene el agua reunida. Quizá nosotros también necesitemos de más redes así: que nos permitan ser flexibles sin deshacernos y atravesar los cambios sin perder nuestra forma común.
Porque lo contrario de derrumbarse no siempre es permanecer firmes. A veces es aprender a temblar juntos.




