*Por: Carlos Arturo Fernández
Contando con el impulso de la Promotora Cultural de Medellín, la ciudad empieza a vivir una intensa temporada que tiene como protagonista la figura y la obra de Débora Arango. Es una celebración que, entre otras cosas, permite recordar que hace 40 años, en 1986, ella nos donó a todos, a través del Museo de Arte Moderno, un gran conjunto de sus obras, que cambiaron nuestra visión del arte y de la historia del país.
Esta temporada es la reafirmación de una serie de valores sociales y culturales que encuentran en Débora Arango uno de los referentes fundamentales en la historia colombiana del último siglo: igualdad de géneros, derechos e independencia de la mujer, sensibilidad social, estudio de la realidad nacional y local, pensamiento crítico, apertura mental, libertad de conciencia, respeto al diálogo social y político, firmeza en la defensa de la justicia, coherencia y lucha por las propias convicciones.

Foto: cortesía Promotora Cultural.
Pero, aunque todos lo sabemos, conviene recordar siempre que la grandeza intelectual y ética de Débora Arango no se despliega en intervenciones o en discusiones públicas, sino en la producción de su obra artística. Y que, después de un período inicial en el cual se vió sometida a constantes ataques, decidió seguir trabajando en la tranquilidad de su casa de Casablanca, en Envigado, sin pensar en exponer sus pinturas durante muchos años. Es paradójico que esa obra, creada en un silencio casi conventual y sin preocupaciones expositivas, se haya revelado en las últimas cuatro décadas como un polo definitivo de la cultura, de la sociedad y de la vida civil de la región y del país.
El primer gran movimiento de esta temporada cultural alrededor de Débora Arango es la apertura de una sala permanente en el Museo de Antioquia, con 108 obras que se mantenían en manos de sus familiares y herederos; ellos han decidido entregarlas en comodato al Museo que, hasta ahora, contaba con pocos trabajos suyos.
Desprenderse de obras que no solo son valiosas, sino que también han formado parte de la vida doméstica durante muchos años, y que incluso han acompañado siempre a algunos de los miembros de la familia, es un gesto muy generoso que comparte con todos nosotros el valor superior del arte que es su potencia significativa. No vamos a un museo solo para conocerlo, sino porque sabemos que el disfrute del arte nos hace mejores seres humanos. Y eso es lo que nos ofrece el préstamo de este conjunto de obras al Museo de Antioquia.
En los próximos meses la presencia de Débora Arango implicará modificaciones adicionales en los espacios sucesivos del Museo para ponerla en diálogo con la obra de otros artistas. En efecto, la nueva sala se integra al área de “Historias para repensar” a través de la cual el Museo busca transformar las ideas que han dominado la comprensión de la cultura y del arte regional y nacional: integrar una colección tan amplia de obras de Débora Arango aportará nuevas perspectivas a nuestra visión del arte.
Hay una realidad que no puede pasarse por alto. Estas obras son las que Débora Arango quiso conservar consigo, o dentro de su más cercano círculo familiar, cuando hizo la gran donación de su trabajo al Museo de Arte Moderno. Quizá puede afirmarse que están aquí algunas de sus obras más íntimas, las más cercanas a sus afectos, las que, por alguna razón, más le gustaban, las que quería seguir viendo en las paredes de su casa. Y, por eso, todas estas obras tienen un valor especial: como lo recoge el título de la exposición del Museo de Antioquia, aquí está el mundo de Débora Arango “en primera persona”.
Florero es una acuarela sobre papel, sin fecha como muchas de sus obras. Forma parte de un pequeño conjunto de bodegones que, quizá, pueden corresponder a la época de sus clases con Pedro Nel Gómez. Según creo, esta es la obra más cercana a la técnica de la acuarela de Pedro Nel.
Tal vez sea solo un capricho romántico mío. Pero me emociona pensar que haya conservado siempre esta pequeña acuarela porque, quizá, le recordaba sus inicios; y que, al mismo tiempo, a lo largo de su vida, le haya permitido pensar en todo lo que, a pesar de los conflictos, unía a Débora y Pedro Nel, dos grandes del arte.




