Pasó el 7 de agosto y, al fin, se acabó el show; se acabaron los shows. Eso creemos, eso queremos, eso esperamos. El del jaguar y el del tigre, ambos grandes felinos —el más grande de América, de donde es oriundo, el primero; el más grande del mundo, oriundo de Asia, el segundo— pertenecientes al género Panthera, los dos con una estructura en la garganta que les permite rugir (¡grrr!) y ser escuchados a la distancia.
Dicen los biólogos que los unos y los otros utilizan el marcaje con orina, heces y el frotado de glándulas faciales en los árboles para delimitar su territorio. (¿Por eso será, por el aroma, que Abelardo Gabriel, el tigre, se niega a pernoctar donde lo hizo Gustavo Francisco, el jaguar?). Y, si bien en la naturaleza no interactúan por razones geográficas, si se encuentran en cautiverio prefieren guardar las debidas distancias. Con razón: ni visita protocolaria, ni entrega de los aposentos, ni reconocimiento alguno.
Cuán efímeros son los reinados por fieros que sean los reyes, lo pudimos comprobar la tarde del viernes pasado. Luego de cuatro años de dilapidar la mejor oportunidad que había tenido la izquierda en mucho tiempo: atizando odios, cazando peleas, fungiendo de líder planetario, desvariando en redes, tomando mucho café, desgobernando con el Mirado n.º 2 en ristre…, salió casi solo el jaguar de su guarida. Grrr, en minúsculas y sin admiraciones, exhaló su último rugido presidencial. (Hasta pesar me dio).
Las manadas suelen dispersarse, con el rabo entre las patas, cuando aparece un nuevo macho alfa. Roa, Roy, Armandito, las Guerrero, Beto Coral, Epa Colombia, Bolívar, Hollman, la Vero, Francia, Sarabia, Zuleta, Guillermo Alfonso… ¿A dónde irán a parar? A todos ellos, y a muchos otros del gobierno de los escándalos, que no del cambio, les pasó su cuarto de hora. El jaguar party de la Casa de Nariño, al menos por ahora, c’est fini. ¡Qué fresquito!
Esa misma tarde, lejos de la Plaza de Bolívar, en el teatro de la USC y en la sede del Batallón Pichincha en Cali, un tigre en versión antropomorfa —conocía de antes al Guillermito tigre malo de un cuento infantil, al de las Zucaritas del desayuno, al de la empresa de seguros donde trabajaba mi papá, a Diego el dientes de sable de La era de hielo, a Sandokán, el tigre de la Malasia que oía a todo taco la empleada de mi abuelita y a los que merodean por mi sofá en los documentales de NatGeo— con el pelaje reluciente, rodeado de su linda familia y escoltado por una manada recién formada, con un rugido fuerte: ¡grrr!, marcaba territorio para el cuatrienio 2026-2030.
Dejó claro, en un acto de posesión más largo que La Odisea, quién y cómo va a reinar en esta selva por los próximos 48 meses. Pudo haber sido más corta la función y no por ello menos significativa. Con solo programar el acto religioso en otro sitio y ocasión, la ceremonia hubiera sido más ágil y apropiada. (Yo es que coincido con Albert Camus: “la política no es religión o se vuelve inquisición”). El respeto a las distintas creencias religiosas —cuyas prácticas deben ser libres y no de carácter oficial— es lo que garantiza un Estado laico. Y el nuestro lo es.
ETCÉTERA: En todo caso, señor tigre, medio país se siente esperanzado con su llegada, así que, ¡grrr!, ¡a gobernar! (De símbolos y shows apenas lo justo, por favor).




