Un cuaderno en blanco. Una instrucción que no esperaba: escríbele a tu adolescente. No a tu niña interior —esa que todos visitamos alguna vez, en terapia o en libros—. A la otra. A la que llegó después, cuando el cuerpo empezó a cambiar más rápido que la identidad, y a la que casi nadie —ni tú misma— ha vuelto a visitar.
Estaba en un retiro cuando me la encontré de nuevo.
Apareció una joven que hablaba rápido, sin filtro, convencida de que la vida no le alcanzaría para decir todo lo que pensaba. Una que unía puntos donde otros no veían nada, que leía sin parar —novelas románticas, históricas, biográficas, sumadas a las que en clase de español le ponían de tarea—, que se enamoraba de historias porque ahí el amor sí llegaba a tiempo. Una que quería ser doctora para sanar a su papá, aunque ese sueño, si soy honesta, primero fue de mi mamá antes que mío. Después la vida me mostraría que era parte del plan de mi alma.
Lo importante de saber nuestra historia
Escuchamos mucho que debemos “trabajar el niño interior”. Yo lo interpreto en consulta más bien como la reconstrucción de la historia natural: los hitos que atravesó su cuerpo, mente y emociones, en orden, con precisión. Pregunto cuándo empezó cada síntoma y qué hormona, evento o pérdida coincidió con ese quiebre. La adolescencia es uno de los capítulos más determinantes de esa historia, y muchas veces la pasamos de largo.
Un cerebro en obra negra
Entre los 10 y los 25 años ocurre la segunda gran remodelación cerebral de la vida. El sistema límbico —emoción, recompensa, impulso— madura primero. La corteza prefrontal, encargada de frenar y planear, termina de mielinizarse (recablearse) casi una década después. Por eso esa joven sentía todo con una urgencia que hoy parece exagerada: no lo era, era el cableado disponible.
A esto se suma la poda sináptica: el cerebro elimina conexiones que no se usan y refuerza las que sí. Lo que esa joven practicó —leer, imaginar, hablar sin parar, buscar el placer— se volvió circuito permanente. Y el sistema dopaminérgico, hipersensible en esta etapa, explica por qué cada libro o cada beso torpe se sentía como un descubrimiento enorme: la adolescencia recompensa más intensamente lo nuevo.
Súmale las hormonas buscando su ritmo —estrógenos, progesterona, testosterona— y cortisol respondiendo a un mundo social que de pronto exige encajar. Esa joven no estaba exagerando. Estaba construyendo, célula a célula, el sistema con el que hoy decides, amas y reaccionas.
Lo que esa joven aún puede enseñarte
Cuando releo lo que escribí en ese retiro no encuentro reproches, encuentro claridad: soñar despierta no era perder el tiempo, era el cerebro ensayando futuros posibles. Reírse sin motivo con amigas no era inmadurez, era regulación emocional legítima.
Visitar a mi adolescente no fue nostálgico. Fue una reconciliación con mi propia historia natural.
Para quienes hoy crían adolescentes
Si tienes un adolescente en casa, esto te sirve: lo impulsivo, lo intenso, lo “sin filtro” no es rebeldía gratuita. Es un sistema límbico maduro conviviendo con una corteza prefrontal todavía en construcción. Acompaña esa etapa en lugar de sancionarla; ese cableado se está formando ahora, y no vuelve.
Tres preguntas para visitar a tu propio adolescente
- ¿Qué soñabas ser, antes de que alguien más decidiera lo que debías ser?
- ¿Qué parte tuya hablaba sin filtro, y cuándo aprendiste a callarla?
- ¿Qué le dirías hoy, si supieras que todavía te está esperando?
No se trata de volver a ser adolescente. Se trata de dejar de abandonarlo: esa joven que fuiste sigue viva en tu sistema nervioso, esperando que alguien, por fin, la escuche.




