De 18 botellas fue el tamaño del regalo. Este vecino no tocó para vender boletas para una rifa, tampoco quería una tacita de azúcar. El de mi amigo Juan Carlos se apareció con su cava de vinos, entera y sin pedir nada a cambio. El médico le prohibió el licor y, preocupado, sacó la tentación de su casa, eligió un destinatario y se presentó con un “no sé qué haya en esta colección, pero es tuya”.
En las 18 botellas había variedad de orígenes y marcas, un predominio de tintos, y desataron en Juan Carlos la pregunta: “Quintero, ¿qué tengo entre manos?”. Mi amigo se considera un consumidor de relativa frecuencia, que tiene más preguntas que certezas cuando hace sus descorches, entonces su nueva cava era todo enigma.
Lo primero que le propuse fue que no se despistara por las marcas. Había varias de precios gordos, sin embargo, que un vino marque alto en la registradora y su etiqueta sea de mercadeo potente, no siempre gustará: cada botella es un mundo, como cada paladar, y a veces no hay coincidencias.
Había otras de bajo costo y mantuve que es posible que los precios cuenten una historia y la copa exprese otra, así la registradora marque 25 mil pesos. Lo mismo ocurre con los países de origen, unos tienen más fama o relaciones comerciales más extendidas con nuestro mercado, pero un gomoso ante una etiqueta inusual no se debe declarar impedido sino curioso.
Entonces pusimos el foco en lo relevante: ¿Estaban vivos? Y mi amigo se estresó. Vivos porque el vino se muere, porque “entre más añejo, mejor” es una imprecisión. Así que, contando con que habían estado protegidos de la exposición a la luz, del calor y de olores penetrantes, revisamos las añadas, que van impresas en la etiqueta y ofrecen el dato clave de la vida útil.
El balance nos estalló en las manos. Y no fue mala voluntad, tal vez al vecino se le pasaron los años esperando la gran ocasión y los vinos se le murieron haciendo fila para el disfrute. De los 18, quince estaban muertos y su único destino era el desagüe.
Las etiquetas lo revelaban, por eso hay que leerlas siempre, como precio, cepa y origen. Los vinos jóvenes, sin permanencia en barrica y que pueden ser un 90 % de la existencia en el mercado, tienen un ciclo de vida máximo de tres años. Los etiquetados como reserva, en general, van de cinco a ocho años y los gran reserva pueden alcanzar diez, 25, 50.
No hay nevera ni truco que extienda la vida útil, tampoco hay efectos en la salud. Y si Juan Carlos se hubiera tomado alguno, su sabor y sus aromas lo hubieran desanimado al primer trago. Un vino muerto grita “no me tomes”.
Una gran ocasión también puede ser el descorche con la gente del corazón, reunirse porque sí, a comer, a conversar, a brindar. Eso le sugerí a Juan Carlos. Le quedaban tres vinos de la gran cava, había que salvarlos del desagüe.




