Conocí a Emilio Restrepo hace, más o menos, veinte años. Y cuando escribo esa cifra lo primero que viene a mi cabeza es el tango de Gardel: “Que veinte años no es nada”. Creo que no es gratuita la analogía. Emilio es una caja de música. Pero más allá de eso, cada ocho días, los domingos a las 10:10 a. m. en punto me llega un mensaje al celular, que ya no necesito abrir para saber de qué se trata ni quién lo envía. La rocola de Emilio, que así se llama la página, es la banda sonora de su vida desmenuzada canción a canción, con datos y citas eruditas, un análisis serio que hila con la calidez y el desparpajo del gran narrador que es. Sea como sea, tenía la idea de que nos habíamos conocido por allá en el 2009 cuando yo era interno de ginecología y él trabajaba, como aún lo hace, en el Hospital de Envigado. Como no estaba muy seguro le escribí y él, haciendo gala de su memoria elefante, me precisó:
“Vos y yo nos conocimos porque nos presentó Carlo Santana y me dijo que tenía un amigo que sabía de guiones ahí fue cuando nos presentó”.
Tenía razón, nos habíamos conocido antes. Carlo, ocañero, y uno de mis grandes amigos, hacía la residencia en ginecología en la ciudad y mi madre lo había acogido en nuestra casa como a un hijo más. A Carlo, don Pedro, su padre, un hombre culto le había legado una pasión intelectual que él había volcado, casi con exclusividad, en el estudio de la medicina. Sin embargo, la influencia paterna siempre había estado latente e imagino que por eso terminó hablando con él de literatura, lo relacionó conmigo y nos presentó.
En el 2005, Restrepo acaba de ganarse una beca de la Alcaldía de Medellín y le habían publicado El pabellón de la mandrágora, una novela que Mario Escobar había halagado con razón. Acepté conocerlo por la insistencia de Carlo. Desconfiaba un poco de los médicos que decían ser escritores o que querían serlo y, para librarme de aquella desconfianza, pensaba que, en mi caso, era un escritor que estudiaba medicina –sutilezas para llevar el desconsuelo y mis propias dudas–. Emilio hablaba a chorros, borbotones espléndidos que le salían de manera natural y tenían el poder de doblegar la atención de todo el que estuviera cerca. No era un médico común y creo que nunca lo ha sido. Hasta ese momento los médicos aspirantes a escritores que conocía se movían en dos patrones, más o menos definidos, o muy arrogantes o se pasaban de tímidos, y una característica invariable: no tenían obra. Emilio por su parte, se salía del molde, lenguaraz sin ser pretencioso, tenía varios libros publicados y otros tantos en ciernes. Me contó que se había ganado varios concursos, el más reciente una beca de la Alcaldía de Medellín con: El pabellón de la Mandrágora.
Pero, su verdadero interés, que siempre abraza varios proyectos al tiempo, era otro: La milonga del bandido. Una novela sobre ladrones que se mueven entre Medellín y Madrid, delincuentes trasnacionales que había conocido y que le habían contado sus devenires de primera mano. También la acababa de publicar, y le veía potencial para hacer una película con ella. Me pidió consejos para escribir un guion. Y me regaló un ejemplar para que mi amigo cineasta con el cual trabajaba, lo leyera, diera una opinión, hiciera la película, que estaba seguro le iba a interesar porque encaja a la perfección con su cinematografía. Esa noche mientras lo oía hablar, sin necesidad de leerlo, en secreto, tuve la certeza, de que no tenía nada que enseñarle. Tenía claro que el médico era un escritor, que su vocación era esa. De esa charla quedé con el compromiso de llevarles las novelas a mi amigo y después, claro, contarle al escritor qué le parecían.
Pero como todo es borroso y quiero precisar un par de detalles más sobre ese primer encuentro, paro de escribir, tomo el celular y lo llamo. Contesta de inmediato: Súper Pacho. Súper Emilio, le respondo. Le digo que estoy escribiendo el artículo, que lo estoy haciendo quedar como un rey, que ni él mismo sabía que era tan buen escritor y que tengo una duda. Se queda callado un segundo, después se ríe nervioso. Papito pregunte por lo que no vea. Tenía la idea de que unas religiosas le habían contado una de sus novelas. Le pregunto por ese detalle. ¿Milio, qué fue lo que escribiste que unas monjas te contaron? ¿Fue el Pabellón, cierto? Toma aire de nuevo y creo que busca en su cabeza de qué le hablo. El resto es escucharlo.
– ¿Unas monjas? No, ninguno. Ah, ya sé de qué me estás hablando. Es que, en El pabellón de la Mandrágora, hay un cuento de una monja que llegó en embarazo, Un asunto sorprendente. Eso al principio eran unos veinte cuentos que yo había escrito a lo largo de diez años y estaban pegados con mocos. A Mario Escobar, que me ayudó a corregirlo, le gustaba mucho y fue él quien me dijo que eso era una novela. Ahora que la leo me doy cuenta de que está llena de imperfecciones y de vicios, pero es que eso fue hace veinte años –el tango– y en esa época no pensaba en escribir bien, lo importante era la anécdota y esas eran muy potentes. Por eso a los muchachos les encantan. Ese libro tuvo mucha suerte porque le gustó al alcalde de esa época ¿Álvaro? ¿Cómo era que se llama el escritor?
– Alonso Salazar -le digo-.
Eso, Salazar, esa novela al hombre le gustó y lo compraron para todas las bibliotecas y los colegios de la ciudad. Es más, para que también lo tengas presente, ese fue el segundo libro que me piratearon. El primero fue Textos para pervertir a la juventud, una obra con unos poemas muy raros, irónicos, con el que me gané un concurso en la facultad de medicina de la Universidad de Antioquia. Después de eso me lisié para la poesía, leo mucha poesía, pero le cogí respeto y no volví a escribirla. Por qué estábamos hablando de esto. Ah ya, por el Pabellón, eso, se lo juro, fue un éxito soy consciente de sus debilidades, pero gusta mucho por lo que te digo: engancha. Gracias a esas primeras obras mucha gente me dice que yo no sé escribir, pero qué va, a lo mejor tienen razón, algún día aprenderé. Es más, una vez una pelada de pelo verde, que le gustan mucho lo que escribo en el lanzamiento de una novela de Tornado –Emilio, además, tiene una saga de siete tomos de un detective llamado Joaquín Tornado–, me dijo que yo era un notario de la realidad y que ella extrañaba un proceso de creación donde inventara lo que contaba. Me gustó la idea, me leí un cuento de Aira de unos enanos que vuelan de un circo, y empecé a joder con eso. Así de la nada, de mi imaginación fue que me salió ese cuento que tanto te gustó: Porno. Pero el que tenés que mirar es Crónica de un proceso que, surgió, por una complicación en un procedimiento. En ese momento fue la demanda más grande que le habían puesto a un ginecólogo en el país y me la metieron a mí. Me deprimí mucho porque un colega, por celos, se ofreció a vender a la familia un dictamen para inculparme. Y aunque después en juicio gané, me quedó esa espina y esa ofensa. Pero yo le había prometido a mi tía Ligia, que está en proceso de canonización, y a mi mamá, que le habían rezado hasta a las once mil vírgenes para que todo saliera bien, que no me iba a vengar, entonces para no hacerlo escribí esa novela que, durante muchos años, fue lectura obligada para los estudiantes del CES. Pero viejo Pacho, y ya para no quitarte más tiempo y que podás ir a organizar a tu papá, lo último que te quería decir es que yo le tengo mucha fe al espía. Hermano, G. M., me hizo sentir en estos días como vos jodiendo ahora que me llamaste, el hombrecito se leyó unos libros míos y después a la salida de una presentación me llamó a un lado y me dijo: “lo que te voy a decir no tiene nada que ver con que seamos amigos, pero vos sos un escritor el h.p., me voy a leer el resto de lo que has escrito porque ahí está la Medellín que a mí me interesa”. Y cuando un escritor como G., que yo admiro, le dice a uno eso, da como pena Pacho, me achanto. A, G. le gustaron mucho Gamberros S.A. y va a mirar las últimas que de pronto escribir algo. A propósito, viejo Pacho Ud. ya se leyó la que me publicaron en España Asedios a la memoria de Ernesto. Esa es una novela sobre un burdel que montó una familiar mía, en los ochenta, ahí arriba del Éxito del Poblado. Ella se enreda con un médico al que yo entrevisté, todavía está vivo. El cuento es que se vuelve drogadicta, y termina vendiendo la virginidad de la hija. Una cosa muy brava, la Medellín que no se ha contado. Yo sé que, si la lees te gusta, cómprala por Internet, porque por ahora solo se consiguen en España. Aunque la verdad la novela a la que más fe le tengo y que se está moviendo mucho es la que vas a reseñar: Tribulaciones de un espía cercano. Vea, le cuento rápido. Todo tal cual le pasó a un amigo que fue espía, un cuento el verraco; yo siento que es mi obra más madura, y se ha movido muy bien en librerías, encarreta como un putas. Pero súper Pacho, me da pena quitarte más tiempo, la historia de cómo encontré al espía da para una sentada larga, con unos traguitos de por medio. O si tiene tiempo se la cuenta por aquí.
– Mejor con calma después…
– Listo, ya sabe cualquier duda, no dude, pregunte por lo que no vea.
Y antes de que pueda despedirme cuelga. Un ventarrón llamado Emilio. Miro la duración de nuestra conversación: 51 minutos. Llamé por un dato que me dio en los primeros treinta segundos. Su cabeza siempre va a mil por hora. No respira ni deja respirar. Enlaza un cuento con otro y lo hace con una facilidad asombrosa. Tiene el don de la palabra, hace parte de esos grandes seductores que, cada vez, son más escasos. Cuando mi amigo lo leyó, por allá en el 2006, después de un tiempo, me dijo que ya conocía al médico, que alguna vez se le había presentado en un evento, que tenía unas historias tremendas y que claro que cuando quisiera nos sentábamos con él. Le pregunté qué le había parecido la novela, se quedó un par de segundos en silencio, midiendo un poco su respuesta y después cerró la conversación con una frase: escribe como habla. No quise indagar lo que significaba eso para él, que siempre es un hombre generoso y sus guiones y películas siempre parten de escuchar al otro, de oírlo hablar. Lo cierto es que ese encuentro se fue aplazando con los años y con algunas películas. Debieron pasar veinte años para entender, quizá, la sentencia de mi amigo no era peyorativa, pero exigía tiempo y maduración. Escribir tal vez solo sea pulir lo que hablamos, depurarlo, y estoy seguro de que Emilio ahora hace eso. Sus novelas tienen el peso de largas trifurcas con las palabras y los párrafos.
Al colgar, busco la novela de los asedios y la compro. Quería escribir sobre Tribulaciones de un espía cercano, y esta llamada lo cambia todo. Sí, el autor de esta novela cuenta con buen pulso y una gracia que no decae nunca las tribulaciones del espía. Pero ya no estoy seguro de que eso sea de lo que quiero hablar. Podría serlo, pero cuando uno va a escribir sobre una obra de Emilio y tiene el privilegio de hablar con él, queda con la sensación de que su mejor personaje no está en sus libros, sino en él mismo. Entro a su blog y cuando leo su presentación me llama la atención cómo la encabeza: Médico, especialista en Gineco-obstetricia y en Laparoscopia Ginecológica. (U.P.B., U. de A., CES, respectivamente). Profesor universitario. Conferencista de su especialidad. Autor de cerca de 20 artículos médicos.
Ser médico y tener otra vocación es un poco como ser un espía en una profesión y un gremio que, por regla, no admite digresiones. Emilio encarna, como pocos, esa dicotomía. Y eso acaba por decidirme, tal vez sería interesante hablar de su novela, de ese espía que conoció no sé cómo, de sus innegables avances como escritor. Sin embargo, cuando uno lo conoce es imposible resistirse a contarlo, a darle a conocer a los lectores este espía, un espía que anda entre nosotros, el espía que llegó de la literatura y nos regaló sus libros.




