*Por: Carlos Arturo Fernández ([email protected])
En un mundo cada vez más influenciado por la estética de los grandes espectáculos, resulta casi obvio que ese sea el paradigma que, con frecuencia y a su manera, se impone en las corrientes dominantes del arte: arquitecturas grandilocuentes que, a veces, no se preocupan por su sentido social, mega museos que ninguna persona corriente alcanza a conocer y disfrutar, hipertrofia de la individualidad artística, confusión entre el valor del arte y la cotización en el mercado, y así sucesivamente. Aunque frente a este rasgo de la cultura contemporánea no es válido cerrar los ojos ni asumir una actitud de escepticismo hipócrita, es conveniente estar atentos a otros tipos de arte.
La obra de Yuli Cadavid (Medellín, 1982, @cadavidyulian) nos invita a recorrer un camino diferente que se manifiesta a través de la atención por los valores de las cosas mínimas: dibujos, grabados, pinturas de pequeño formato sobre papel, libretas, libros viejos intervenidos, con plantas disecadas entre sus páginas, que existen como si fueran un herbolario pero que también se convierten en matrices para monotipos.
Como es evidente, el potencial significativo de estos pequeños objetos y elementos no se vincula con las manifestaciones ampulosas de la civilización del espectáculo. Aquí, por el contrario, se impone una mirada cercana, silenciosa y atenta al detalle, que intenta aproximarse a la relación de intimidad que la artista desarrolla con su micro universo de descubrimientos. En este contexto, la creación artística ya no consiste en representar el mundo, como ocurría en el pasado, sino en reconocer y reivindicar que la propia existencia e identidad se construye sobre la experiencia de esa relación íntima.
Yuli Cadavid desarrolló la serie Fitoterapia básica, remedios de mamá en tiempos de covid a partir de la época de la pandemia. En medio de la soledad del confinamiento, con el miedo de enfrentar una enfermedad desconocida y fatal, y ante la incertidumbre de no contar con remedios adecuados, Yuli Cadavid empieza a recordar las viejas recetas de su abuela y de su madre que, como en la mayoría de las familias de nuestro país, transmiten, siempre a través de las mujeres, los conocimientos ancestrales acerca de los beneficios de las plantas. Pero en ese momento no se trataba de un ejercicio de memoria, sino en la búsqueda afanosa de una protección real para ella, su marido y sus hijos.
Lo que aparece, entonces, en esta Fitoterapia básica es esa red infinita de relaciones de amor y de poesía que hace vivible la existencia humana. En la serie está presente el recuerdo de las plantas medicinales más importantes en la historia familiar, en su caso saúco, moringa, jengibre, limón y eucalipto; también la comprobación de que cada una de aquellas mujeres sabias desarrolló una receta particular en su farmacia doméstica; y, no menos importante, la convicción de que la eficacia de las plantas depende de la constancia, lo que se traduce en la presencia o en el recuerdo permanente de la madre, de las tías y de la abuela. En definitiva, el motor esencial de Fitoterapia básica es la conciencia de que toda esta sabiduría ancestral es un ejercicio del cuidado, la certeza de que, incluso más que la planta, lo importante es “la mano” sanadora del cuidado. Yuli Cadavid recuerda una frase de su abuela, de tremenda eficacia poética, que acompañaba siempre el remedio: “si no la cura, la calma”.
En medio de la variedad de elementos que nos entrega la obra de Yuli Cadavid, Limón, una pintura en acuarela y acrílico sobre papel de fique, revela la peculiaridad de su trabajo. Como es evidente, la artista se remite a la perfección de las ilustraciones botánicads pero, en lugar de datos científicos, la perfecta caligrafía en estilo nos ofrece un remedio casero, como si la ciencia más profunda y definitiva fuera precisamente esa, la que, de la mano de la mamá, nos proporciona una vida más grata.
Y, por supuesto, nada de esto es anecdótico: estamos hablando de la reivindicación de nuestra identidad que, al igual que con Úrsula en Macondo, se transmite casi siempre a través de las sabias mujeres que articulan nuestra historia.




