Por Mariana Pareja Peláez @makario.psicologia
Cada cuatro años ocurre algo curioso.
Familias enteras se reúnen frente a una pantalla para celebrar goles, sufrir derrotas y discutir decisiones arbitrales como si estuvieran en la cancha. Sin embargo, mientras los adultos observamos el partido, los niños suelen estar mirando algo más importante.
Nos están observando a los adultos. Cómo reaccionamos cuando las cosas no salen como esperamos. Qué valoramos. Cómo manejamos la frustración. Qué hacemos cuando sentimos alegría, rabia o decepción.
Por eso, más allá del espectáculo deportivo, el Mundial puede convertirse en una inesperada escuela de vida. La primera lección aparece cuando el equipo favorito pierde. Es común escuchar frases como: “No es para tanto” o “es solo un partido”. Pero cuando un niño llora por una derrota, no necesita que le expliquen por qué no debería sentirse triste. Necesita sentirse acompañado. Perder duele. A cualquier edad.
Cuando acogemos esa emoción en lugar de minimizarla, ayudamos a nuestros hijos a desarrollar resiliencia. Después, cuando la intensidad disminuya, podemos hacer una pregunta diferente: ¿qué hizo bien tu equipo a pesar de perder? Porque aprender a perder es tan importante como aprender a ganar.
Otra lección está en el trabajo en equipo. Los reflectores suelen que darse con quien marca el gol, pero ningún jugador gana un partido solo. Hay quienes corren, apoyan, esperan y hacen posible que otros brillen.
Vale la pena señalar esos gestos a nuestros hijos. Mostrarles que detrás de cada logro suele haber cooperación, esfuerzo y confianza en los demás. Son habilidades que necesitarán mucho más allá de una cancha.
También están nuestras reacciones. Cuando el árbitro toma una decisión que consideramos injusta, nuestros hijos reciben una lección silenciosa. No importa tanto lo que les decimos después; importa cómo respondemos en ese instante.
Si perdemos el control, ellos aprenden una forma de enfrentar la frustración. Si actuamos con respeto, también. Los niños aprenden observando.
Y quizá una de las enseñanzas más valiosas aparece lejos de los titulares. Ese jugador que corrió durante noventa minutos y cuyo nombre nadie menciona. Ese que hizo el trabajo silencioso.
En una cultura que suele premiar únicamente los resultados visibles, enseñar a valorar el esfuerzo puede ser un regalo enorme. No todo lo importante recibe aplausos. No todo lo valioso aparece en las estadísticas.
Pero si existe un verdadero trofeo durante el Mundial, probablemente no esté en la cancha. Está en el tiempo compartido. En las risas, en los comentarios entre jugadas, en los abrazos después de un gol y en la sensación de haber vivido algo juntos.
Dentro de algunos años, es posible que tu hijo no recuerde el marcador de un partido específico. Tal vez tampoco recuerde quién levantó la copa. Lo que sí recordará será quién estaba sentado a su lado.
Porque los vínculos rara vez se construyen en los grandes acontecimientos. Se construyen en momentos cotidianos a los que decidimos regalarles nuestra presencia. El Mundial terminará. Habrá un campeón, celebraciones y estadísticas que pronto serán reemplazadas por otras.
Pero las experiencias compartidas entre padres e hijos tienen una permanencia distinta. Porque crecer bien no es cuestión de un solo gol. Es, como el fútbol y como la vida, un proceso.
Y cuando termine el próximo partido, tal vez valga la pena hacerse una pregunta: ¿Qué habrá aprendido tu hijo del fútbol… y qué habrá aprendido de ti?





