El otro día, viajando de Bogotá a Medellín, me encontré en el aeropuerto un punto de Baloto. Compré uno. En realidad tres, y con revancha…
Ahora, yo no compro Baloto para hacerme rico. Lo compro por el imaginario de no volver a preocuparme por la plata. Que al principio parece lo mismo pero no lo es.
Y es que hay una sensación que me viene persiguiendo los últimos años, estos primeros de adultez formal, pero en especial desde que nació mi primera hija hace un año.
Es la sensación de que para sostener no puedo parar.
No puedo parar de trabajar. De producir. De hacer.
Es una sensación abrumadora. Y a veces hasta angustiante.
La mañana en que escribí esta columna, mientras despertaba a Sofía y le daba su primer tetero del día, pensaba qué bueno sería no tener nada más que hacer que dedicarle mi mañana a mi chiquita.
Pero la agenda de un lunes no suele perdonar. Y los compromisos futuros sólo aumentan:
¿Y cuánto es que cuesta un colegio hoy en día? ¿Cuánto será esto cuando llegue su hermanito? ¿Está casa ya se está quedando pequeña? …
Siento que vivo en mora con un futuro que todavía no existe.
Sé trabajar. Eso nunca ha sido el problema. De hecho, agradezco todos los días mi trabajo, pues vivo de un propósito que tengo la fortuna de ejercer desde hace tres años.
Pero por encima de ser un buen trabajador, quiero ser un mejor padre. Un mejor esposo. Una persona exitosa. Que para mí no es otra cosa que poder decidir en mi vida sin sacrificar mi tiempo y bienestar.
Por eso compro el Baloto. No para ser rico. Para soñar un ratico con una vida en la que no le debo nada al futuro.




