*Por: Mariana Pareja Peláez
@makario.psicologia
Hay una pregunta que pocas veces hacemos en voz alta. No porque no la tengamos, sino porque nos asusta escucharla. Constantemente nos preguntamos: ¿Qué pasa si no mejora?, ¿Y si esta situación no cambia?,¿Pero si las cosas no salen como espero?
Y entonces hacemos algo curioso. Inmediatamente buscamos tranquilidad. Una frase. Una respuesta. Una certeza. Algo que nos permita sentir que todo va a estar bien. Pero ¿y si esa no fuera la pregunta correcta?
Vivimos en una época que nos invita a pensar positivo. A creer. A confiar. Y aunque la intención suele ser buena, a veces me pregunto si terminamos confundiendo esperanza con garantía.
Como si tener esperanza significara que nada difícil va a pasar. Como si confiar implicara estar seguros del resultado. Como si la incertidumbre fuera una señal de que algo anda mal. Pero la vida nunca prometió eso. La vida es cambio constante. Al igual que las personas, los planes y hasta nosotros mismos.
Quizás por eso sufrimos tanto cuando las cosas no salen como esperábamos. No porque sean difíciles, sino porque, en algún lugar, nos convencimos de que no deberían serlo.
Durante mucho tiempo pensé que la esperanza consistía en creer que todo saldría bien. Hoy la veo diferente.
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La esperanza no es creer en la perfección. No es negar el miedo. No es repetir o hacer una plana que diga que todo estará bien. La esperanza es reconocer la realidad tal como es y, aun así, decidir avanzar.
Porque hay situaciones que no podemos controlar. Personas que no podemos cambiar. Resultados que no podemos garantizar. Y aun así podemos movernos. Podemos aprender. Podemos construir. Podemos elegir cómo atravesar aquello que estamos viviendo.
Tal vez por eso la esperanza necesita más valentía que optimismo.
El optimismo espera. La esperanza trabaja. El optimismo mira el resultado. La esperanza se compromete con el proceso. Y quizás una de las mayores muestras de esperanza sea permitirnos sentir.
Sentir miedo sin quedarnos atrapados en él. Sentir tristeza sin creer que durará para siempre. Sentir incertidumbre sin exigir respuestas inmediatas.
Porque las emociones no aparecen para detenernos. Aparecen para mostrarnos que algo necesita movimiento. Así que hoy, antes de responder…
Antes de convencerte de que todo estará bien. Antes de buscar una certeza que nadie puede darte. Te propongo una pausa. Y pregúntate: si esta situación no cambiara mañana, ¿qué emoción necesitaría cultivar para atravesarla?
Y después, una segunda pregunta: ¿Qué necesito descubrir sobre mí para empezar a sentirla? Recuerda: La esperanza no garantiza el camino. Nos ayuda a caminarlo.
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