*Por: Mariana Pareja Peláez
Si eres mamá, probablemente te ha pasado: sentir que hagas lo que hagas, alguien tiene algo que opinar. Que si lo haces muy suave. Que si te falta firmeza. Que si deberías hacer más… O menos. Y en medio aparece una pregunta silenciosa:
¿Y… si lo estoy haciendo mal?
Soy psicóloga, pero no mamá. Y hago esta salvedad porque durante un tiempo creí que eso me daba una claridad privilegiada sobre cómo se debía criar. Cuando mis hermanas tomaron la decisión de ser mamás, asumí, sin nombrarlo, un rol de juez. Opinaba con seguridad sobre lo que habían hecho bien y lo que no.
Todo desde mi formación, desde mi lógica, desde mi perspectiva. Hasta que entendí algo que para mí se sintió incómodo: criar hijos ajenos es sencillo cuando no eres tú quien sostiene el cansancio, la culpa y las decisiones diarias. Hoy, en mis consultas, escucho frases que se repiten más de lo que quisiéramos: “Ya no sé qué hacer. Lo he intentado todo”. “Soy un mal papá”. “¿Podría silenciar a todo el que me quiere dar un consejo?”. La culpa aparece. Y muchas veces no nace de lo que pasa dentro de casa, sino de todo lo que llega desde afuera.
Vivimos en una cultura donde todos opinan. La familia extensa, el colegio, los grupos de WhatsApp, las redes sociales. Cada quien comparte lo que “le funcionó”. Pero lo que funcionó en una familia no necesariamente honra la identidad de otra.
Aun así, esas palabras pesan. Y en una sociedad atravesada por la comparación constante, pesan más de lo que creemos. Hoy, muchas familias no están criando desde lo que creen, sino desde el miedo a equivocarse. Miedo a ser “malos” padres, a no estar a la altura de estándares que cambian a diario. Escuchar no es el problema. Desconectarnos del norte, sí.
Cuando una pareja decide formar una familia, hay ideales muy claros. Sueños construidos desde su manera de ver el mundo, desde sus valores, desde aquello que consideran importante y no negociable. Esa ilusión inicial es una brújula. Pero en medio del ruido, estos ideales se diluyen. Empezamos a corregirnos por presión, a exigirnos por comparación y a dudar por comentarios externos. Y los niños lo perciben todo. Perciben cuando los valores que caracterizan a su familia se vuelven lejanos para ajustarse a modelos que no les pertenecen. Cada familia es un sistema único. Con su historia, sus ritmos y sus creencias. Y somos seres sociales. No se trata de aislarnos ni de rechazar todo consejo. Se trata de filtrar.
De preguntarnos: ¿esto conversa con nuestros valores? ¿esto nace del miedo o de la convicción?
La realidad es que la sociedad va a seguir opinando. El ruido no va a desaparecer. Pero ninguna voz externa conoce la historia completa que se vive cuando la puerta de la casa se cierra. Porque cuando una familia decide criar desde sus valores y no desde el miedo a ser juzgada, no todo es perfecto. Pero hay algo que sí aparece: coherencia, seguridad… y un lugar claro desde donde crecer. Y eso, para un niño, pesa más que cualquier consejo externo. Entonces, antes de responder, antes de corregir, antes de dudar… vuelve a la pregunta:
¿Quién está guiando tu crianza?





