Los niños esperan afuera de la cancha de Manila, en la tribuna, hasta que sean las 5:30 p.m. para empezar el entrenamiento. Llegan y saludan a los profesores chocando sus manos abiertas y luego los puños. Vienen de sectores como Los Balsos, El Tesoro, Los González y El Garabato. En esa cancha no existen diferencias socioeconómicas. Todos hacen parte del equipo del Club Deportivo El Poblado.
“El 12 de septiembre de 2013 nos reunimos en la tribuna, me acuerdo como si fuera hoy, e hicimos el acta de la conformación del Club”, recuerda Cristian Londoño, director y uno de sus fundadores. Londoño es habitante de la comuna 14 desde hace más de 60 años. Desde pequeño le gustaba el fútbol y se la pasaba jugando en las mangas del barrio El Tesoro la Virgen, donde todavía vive.
La mayor parte de su vida adulta la dedicó a las ventas, hasta que en el 2006 con 42 años decidió dedicarse a lo que siempre le había gustado. Empezó a trabajar con el Inder como auxiliar y apoyo logístico, mientras estudiaba en el Sena la Tecnología en Dirección Técnica de Fútbol. Luego, en 2013 junto a Carlos Alzate, también entrenador, fundaron el Club Deportivo El Poblado. “Ya llevamos trece años de funcionamiento y desde ese tiempo hemos mantenido una participación todos los años de entre 30 y 50 niños y algunas veces hemos llegado a tener hasta 80”, afirma Cristian Londoño.
Un equipo que es comunidad
El Club recibe niños de todos los estratos, entre los 5 y 15 años. El objetivo es que los menores, especialmente de las zonas más vulnerables de la comuna, puedan practicar, entrenar y hacer actividad física. Por eso, se evalúan las condiciones económicas de cada alumno y con base en eso, se hacen descuentos en el pago de la mensualidad o se brindan becas teniendo también en cuenta su desempeño deportivo y académico.
Además, Belud Tenorio, la mamá de Gerardo, uno de los niños que hace parte del club, junto a otras madres, aportan para comprar el uniforme o pagar las inscripciones a los torneos para el niño que lo necesite. “Este equipo es una comunidad. Hay días donde una mamá no puede traer al hijo y decimos: tranquila, vete. Nosotras lo llevamos y te lo arrimamos a tu casa”, cuenta.
Si bien tienen la cancha de Manila, la de Los González y la de Providencia que les presta el Inder, su sueño es contar con un salón propio para ver el Mundial y otros partidos de fútbol y enseñarles a los niños desde la observación y el análisis táctico. Por ahora entrenan dos veces por semana.
“Lo más importante es encontrarme después con ellos, cuando son adolescentes o adultos, y darme cuenta de que son personas profesionales, trabajadoras, buenas y que lo miran a uno como ese líder o ese ídolo, y están agradecidos por el trabajo y por las cosas que uno les pudo transmitir durante tantas horas”, cuenta Londoño.
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