Desde que tengo uso de razón vengo escuchando que Colombia tiene la democracia más sólida de América Latina, con elecciones transparentes, registraduría confiable y resultados electorales inmediatos. Ejemplo para el mundo.
Y llegamos a pensar que quien cuestionara los resultados era poco menos que un enemigo de la democracia.
Hasta el domingo pasado, claro está.
Porque resulta que cuando gana la izquierda, la democracia funciona maravillosamente. Pero cuando pierde, surge un fenómeno extraordinario: cientos de miles de votos desaparecen misteriosamente.
Los mismos que celebraban la victoria de Petro en 2022 ahora exigen auditorías interplanetarias. Los que pedían respetar las instituciones ahora sospechan y rajan de todas ellas. Andan enloquecidos, buscando votos escondidos en el fondo de las urnas, debajo de las mesas o de pronto en los baños de la Registraduría.
Solo se “pierden” los votos de las izquierdas, jamás, jamás los de sus oponentes.
Algunos aseguran con convicción digna de mejores causas que los votos están ahí, que simplemente no los han encontrado. Piden paciencia, resistencia y fe, simplemente hay que seguir buscando (es como si ellos mismos los hubieran escondido).
Tal vez aparezcan al lado de los centenares de proyectos prometidos con bombos y platillos pero que nunca se ejecutaron, o en las bolsas repletas de dinero y contratos que las administraciones izquierdistas han repartido como si no hubiera un mañana (spoiler: ¡sí lo hay!).
Claro, ni una palabra sobre los miles de mesas en las que la totalidad de los votos fueron por Cepeda. Eso sí les merece todo el respeto y credibilidad.
Otros sostienen que el supuesto faltante de votos puede explicarse por una gigantesca conspiración nacional perfectamente coordinada entre jurados, registradores, observadores, testigos, jueces de la república y organismos internacionales. Ah, y Estados Unidos, es que no podía faltar.
También están los que aseguran que el pueblo fue engañado. Una teoría curiosa, defendida por gente inteligentísima pero con suspicacia altamente selectiva: cuando el pueblo vota por ellos, el pueblo es sabio. Cuando vota por otro, el pueblo fue manipulado por la derecha corrupta.
Y, por supuesto, nunca falta el insuperable “ganaron, pero no tienen legitimidad”. Una frase extraordinaria. Porque, en ese mundo al revés, parece que la legitimidad democrática ya no depende de cuántos votos se obtengan sino de quién resulte ganador.
Otra coincidencia histórica entre Trump y Petro. El primero se pasó el cuatrienio anterior quejándose de un gigantesco fraude que nadie supo explicar ni validar. Y el segundo se prepara para hacer lo propio en los próximos cuatro años. ¿Perder? Eso nunca!
La democracia tiene una característica incómoda: a veces la gente vota por quien uno no quiere. Por eso, la prueba definitiva de un demócrata no es cómo se comporta cuando gana, sino cómo reacciona cuando pierde.
Y en este caso, las reacciones han sido grotescas, ridículas, absurdas y extravagantes.
¡Bienvenidos Abelardo y José Manuel!
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