Parentescos raros

Esta sí una historia de 'parentescos raros', un relato sobre el cuidado animal, la empatía y la convivencia entre especies, escrito por María Andrea Kronfly.
Por: Opinión
6 junio, 2026
Maria Andrea Kronfly
Por: María Andrea Kronfly - [email protected]

Tengo un amigo que se llama Camilo. Hace unos días me contó que se iba para San Rafael para ayudar a una amiga suya, Cristina, a llevar a dos cerdos hasta Jardín. Contada así, la historia no tiene ninguna gracia. Pero créanme que la tiene.

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No era un viaje cualquiera, tenía que ser un recorrido seguro y cómodo y tranquilo, para estos dos animales que iban a cambiar de casa. Los cerdos son propensos a sufrir infartos por calor o miedo, les da pánico todo, me dijo Cristina. Había que tomar, entonces, todas las precauciones. Viajar en la noche, hacer paradas de hidratación, monitorear los signos vitales, andar despacio. Hablarles, hacerles sentir que estaban acompañados, generarles confianza ante una experiencia difícil de entender para ellos. El solo hecho de llevarlos hasta el remolque en el que viajaron fue planeado con esmero: no sería por la fuerza, ellos decidirán cuándo y cómo montarse. Así que Cristina y su esposo les prepararon un camino con piñas, para que ellos, como Pulgarcito tras las migas de pan, lo recorrieran con calma hasta que subieran al tráiler —cubierto de paja, cómodo, mullido—. Cuando estuvieron listos, arrancaron. La salida de la finca fue lo más difícil: media hora de carretera destapada y empinada, con curvas muy cerradas. Entre los dos municipios, contando las veredas de origen y destino, hay unos 250 kilómetros, que se recorren en seis horas aproximadamente. Este viaje duró once horas. Es tentador dedicar este artículo a contar la travesía, pero esa será otra historia.

Devolvamos el tiempo, como en las películas, y vamos a un momento indeterminado de la vida de los personajes para conocerlos. Es de día, hay sol y un vientecito suave. Una cerdita levanta la cabeza, tira las orejas hacia atrás, cierra los ojos y mueve la nariz para sentir el agua rociada por una manguera. Se llama Lunareja, a veces Luna, a veces Lunita, y mientras parece sonreírle al viento y a la lluvia, su hermano reposa sobre la hierba. Él se llama Dumberto, a veces Dúmber, a veces Dumbito. La cabeza apoyada sobre las manos, las orejas en alto, la nariz en movimiento. Un par de gruñidos cortos indican que todo está tranquilo.

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Dumberto y Lunareja tienen una vida libre. Se refrescan en el lodo, escarban en la tierra, hacen camas de hojas secas. Comen piñas, mangos y guayabas. Caminan cuando quieren, descansan cuando quieren.

Y devolvámonos un poco más. Cuando tenían un mes, fueron destinados a ser la cena de fin de año de una familia numerosa. Los llevaron en un costal, así como se llevan los plátanos, las yucas, el revuelto para el sancocho. Los imagino ahí metidos, enzurullados, apretados, apagados, apenas respirando. Pero en la finca estaba Cristina, que los vio y no pudo resistir el impulso de salvarles la vida. A pesar de lo absurda que parecía su propuesta, logró convencer a la familia para que cambiaran la tradicional marranada por una celebración diferente. Y el que sería el chiquero, la marranera para el encierro y el engorde, se convirtió en una casa. Tumbaron los muros, arreglaron el techo, adecuaron el espacio para que tuvieran su propio verde y su propio lago. Les pusieron un nombre. Lunareja y Dumberto ahora tienen seis años y pesan 150 kilos cada uno. Comparten la vida con una familia de humanos, dos gallos, un perro y dos gatos, también rescatados por Cristina

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Un cerdo en libertad puede vivir de diez a quince años. Los cerdos de la industria, en cambio, no viven más de seis meses. Las hembras reproductoras rara vez superan los tres años. Tiempo que pasan encerrados y estrechos, sin ninguna posibilidad de experimentar una vida propia. En el mundo hay alrededor de mil millones de cerdos domésticos, dice Yuval Noah Harari en el prólogo que escribió para la edición más reciente del libro Liberación animal, de Peter Singer.

“Decenas de miles de millones de seres sensibles, todos con un mundo complejo de sensaciones y emociones, pero que viven y mueren como piezas de una línea de producción industrial”.

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Hay estudios que indican que los cerdos tienen una inteligencia superior a la de los perros, similar a la de humanos de tres años. Conocen a los miembros de su familia, recuerdan el camino a casa, se reconocen en los espejos. Se han identificado en ellos más de veinte vocalizaciones, todas con significados diferentes según las emociones que expresan. Son sociables, curiosos, sensibles, y Cristina lo sabe. Para ella, no hay barreras entre las especies. No tiene ninguna duda sobre la capacidad que tienen los animales no humanos de sentir miedo o dolor, alegría o confianza. Son seres que toman decisiones, que tienen formas de ser y experimentar la vida. Lunareja, por ejemplo, es aventurera, exploradora, experta evasora de los límites. Dumberto es observador, temeroso, terco, sensible. Con el tiempo, Cristina ha sabido conocerlos y han creado, juntos, formas de comunicarse. Ella sabe qué les gusta, qué evitan, qué les da tranquilidad. Ellos, imagino, también la conocen, saben leer las expresiones de su cara, de su cuerpo, los gestos que hablan sin palabras.

Leí, hace unos días, una entrevista a Donna Haraway —una gran pensadora de la vida interespecie— publicada por el diario “El País”. En ella, Haraway defiende su idea de crear parentescos intencionados, solidarios, con humanos y con más-que-humanos. Parentescos raros, les llama ella, que no son caprichosos, sino una “respuesta feroz” a las exigencias de un tiempo en el que son tan frágiles, por no decir escasos, los vínculos con lo vivo. Parentescos que rompen las barreras de las especies, como los que tienen Cristina, Lunareja, Dumberto y los demás. Que tienen sus bases en el cuidado, la colaboración y la compañía mutua, y superan —reinventan, dice Haraway— la idea de familia.

Una travesía larga, pausada, para transportar a dos cerdos desde una vereda de San Rafael hasta una vereda de Jardín puede parecer una exageración. Una locura sobreprotectora hacia dos seres que, en el imaginario humano, no necesitan tanta atención, que pueden resistirlo todo. Pero a mí me parece una “respuesta feroz” y amorosa a un tiempo estallado de indiferencias y violencias. Esta travesía fue un acto de rebeldía colectiva porque Cristina no estaba sola. Su esposo construyó una casa nueva para Dúmber y Luna. Hubo quien se ofreció a manejar la camioneta, alguien más se dispuso a alimentar al grupo, alguien quiso grabar un video para documentar el viaje. Todos estuvieron dispuestos al cuidado.

Volvamos al presente. Estos dos gorditos, como les dice Cristina, ya están en su nuevo hogar. Ahora están eligiendo un nuevo árbol favorito, una nueva sombra, un nuevo charco para refrescarse. Dumberto y Lunareja tienen una vida libre. Una vida. Algo que pocas puede decirse de los cerdos.

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