Llego a la Gran Vía, camino despacio por Callao. El clima es perfecto, ni frío ni calor. Pienso que el encanto de las grandes ciudades es que, aunque siempre están igual, nunca son las mismas. Acabo de llegar, descargué maletas y, para combatir el jet lag, me lancé a la calle a buscar la fatiga, a tratar de asimilar este nuevo horario en el que, con solo pisar tierra firme, desaparecen siete horas de la vida, siete horas que siempre pregunto a dónde van. Me gusta recorrer Madrid, entrar en ella por esos lugares que me cautivan, ir por sus recovecos, trazar ese croquis de mi fascinación que cada vez que vuelvo cumplo sin devaneos, sin más guía que mi propio encanto y admiración. Paso, entonces, por los cines, me detengo en los carteles que anuncian películas que de otra manera solo podría ver en plataformas, películas que estarán en Cannes, esperadas y anheladas. Después, hago una ronda por los teatros, es fascinante encontrar siempre obras clásicas y modernas con grandes actores y actrices que entienden la dignidad de las tablas en estos tiempos de pantallas y de likes. Miro horarios y precios, escojo en mi cabeza a cuáles quiero ir, estiro un poco el trayecto, demoro mi excursión de manera deliberada, me gusta la ansiedad que me provoca acercarme a la estación que aquí siempre es la misma: una librería.
Entro en Casa del Libro, pensando que luego iré a Fnac. Miro las novedades, pero esta vez voy por una en particular, pregunto por ella, me dicen que está en el segundo piso. Trepo por la escalera, miro al fondo en el estante y al descubrirla me abalanzo, la cojo entre mis manos, la huelo, abro sus páginas, siento su textura, su olor a no leído. Luego, con calma, la contemplo, me dejo ganar por la sobriedad del diseño, por sus evocaciones. El tradicional fondo negro encuentra el contraste perfecto en las hojas amarillas del que parece ser un Ginko biloba, -el árbol de los cuarenta escudos-, representante de la memoria y la resistencia. Casi enredado entre las hojas, el autor: Efrén Giraldo. Y a su lado, grande, en letra rojas: Sumario de plantas oficiosas. Un ensayo sobre la memoria de la flora. Me emociona ver esta carátula, me emociona encontrar este libro, tener que buscar aquí, al otro lado del mundo. Me quedo mirando sus páginas y hasta Madrid afuera deja de transcurrir.
Conocí a Efrén Giraldo hace más de treinta años, en ese tiempo cada vez lejano de nuestra juventud en el que se llamaba Alex y yo Felipe, y éramos apenas unos muchachos más que rondábamos las aulas de literatura de la Universidad de Antioquia, ávidos de conocimiento, siempre con algún libro de la biblioteca bajo el brazo, siempre con alguna lectura por recomendar, con algún escrito para compartir. Para mí, a pesar del tiempo, aún hoy es Alex y creo que para alguna parte de su familia también lo es. Siempre me ha llamado la atención cómo a quienes tenemos nombres compuestos nos perciben de acuerdo a cómo nos llaman. Más aún, esa elección determina la relación que hemos mantenido con esas personas. En mi caso particular siento que no es algo de forma, que persiste algo más profundo, que está determinado por los vínculos y el momento de la vida en que nos cruzamos. Así, quienes usan Felipe o Pipe, siempre de una manera más íntima, están más atados a mi primera juventud, son familiares que se quedaron con esa imagen mía que el tiempo después puliría a su antojo hasta dejarme en ese Pacho o Francisco que ya me es más familiar; lo anterior, sin mencionar que, cuando alguien me llama Francisco Felipe, viene a la cabeza mi madre siempre en tono de regaño y algún miedo de infancia me asalta de nuevo. No sé cómo será para Alex, al que ahora todos llaman Efrén, no sé si todos lo vemos igual o si ese nuevo nombre es apenas una cara más de ese inmenso caleidoscopio que termina por ser todo ser humano.
No sé muy bien en qué momento Alex pasó a ser Efrén, pero intuyo que esa decisión estuvo ligada por una lucidez, de la que carezco por completo y que, a él en cambio, siempre lo acompaña. Y es que, aunque desde que nos conocimos nos acompaña el sueño de ser escritores, la verdad es que en alguna parte del camino también nos hicimos conscientes de la hostilidad del medio, de las intrigas y de las envidias que, muchas veces, deslegitiman la obra con lisonjas que esconden puñales, en fin, de la dificultad de sobrevivir a ese deseo, a esa vocación. Fue por aquella época que, con su habitual pragmatismo, me decía que el camino para llegar a la literatura no era confiarse en la parábola del artista de genio desmedido, ni mucho menos la del malditismo que tanto calaba entre nosotros, sino en algo menos atractivo, pero más seguro: el del académico serio y aplicado. Esto era, forjarse un nombre desde la base sólida del conocimiento en el que, mal que bien, la calidad de los productos puede ser más medible, menos subjetiva. Lo anterior, sin abandonar la zozobra de escribir ficción, de soltarse sin cálculos, dejarse llevar por los días bajo el pulso delirante del cartógrafo que desconoce la figura que su trazo esconde. Y así, pensaba él, algún día sería posible que la gran obra surgiera sin favores ni presiones. No sé cuántos libros ha publicado, la mayoría en el campo del ensayo, y alguno de cuento, ese género de la forma y de la brevedad en que el andamiaje de las palabras facilita camuflarse, en el que el artificio no exige confesiones. No me cabe duda que ha cumplido su propósito a cabalidad, y creo también que el nombre adecuado para hacerlo era quizá ese, Efrén, un tanto distante para mi gusto, pero sin duda con más autoridad y respeto.
Sea como sea, Alex, que también es mi compadre, ha sido, en general, uno de mis mejores amigos: publicamos un libro juntos, ha prologado los míos, a veces corregimos lo que escribimos, nos hacemos sugerencias benévolas y rabiosas, nos recomendamos lecturas, hablamos de la vida. Dice la canción que, los amigos van y vienen, y algo de verdad hay en la frase, pero más preciso sería decir que algunos se quedan para siempre, porque la vida -ya no nosotros- nos ayuda a definirlos, a atarlos a nuestro devenir en función de momentos e intereses. Y esa taxonomía hecha al azar y desde el desconocimiento, quizá no tenga otro sentido que ayudarnos a reconocer en los amigos nuestras verdaderas motivaciones para seguir en el viaje. Durante todos estos años de amistad con Alex, a veces han pasado meses sin que nos veamos o incluso hablemos (no hablo ya de la época de confinamiento de la pandemia), casi no recuerdo las veces que hemos hablado por teléfono, su estilo, que respeto, es más enviarnos mensajes de voz, a veces interminables, que van y vienen por celular y que nos mantienen al tanto de nuestros devenires, de nuestras dudas existenciales, de algún proyecto literario en ciernes. Así cumplimos aquellas palabras de Borges según las cuales la amistad, a diferencia del amor, no necesita frecuencia ni frecuentación. No hay que verse ni hablar a diario para que el ritual de la amistad y de los afectos se cumpla a cabalidad. Somos amigos a pesar o gracias a ciertas distancias y pausas que hemos sabido encontrar a lo largo de los años, respiros que toda amistad requiere para no sucumbir ante los embates feroces de la vida.
Ya con el libro en mis manos me siento en una esquina del segundo piso. Casa del Libro es una gran cadena de librerías, yo por mi parte prefiero las pequeñas, ubicadas en los barrios, más discretas, con libreros que, aquí en España casi siempre son los dueños, personas cálidas que aman y conocen de libros y de literatura, que te dejan ojearlos sin afán, con la complicidad del que comparte con nosotros un placer culposo. Aquí, ocurre algo similar, pero por otras razones: uno se puede quedar horas y leer sin ser molestado porque el lugar es tan grande que a veces ni notan tu presencia. Por eso siempre vuelvo ahí, a la sede de Gran Vía, a la de Salamanca, porque, además, la inmensidad del catálogo conseguir casi cualquier título. Sumario está ubicado al lado de la sección de ciencias naturales, a su lado libros sobre dinosaurios, animales y vegetación. Después lo encontraré en otras librerías en las secciones de Ensayo y Pensamiento y hasta en Viajes. Leo la contratapa, la biografía de Alex, profesor, doctor, y jardinero aficionado. Sin moverme, abro el libro al azar, justo en el ensayo sobre Emily Dickinson la gran poeta norteamericana que -cuenta Alex-, empezó su relación con las plantas siendo niña gracias a la confección cuidadosa de su propio herbario. Alex se duele de no haber hecho lo propio, de no haberlo hecho con una familiar a la que, tal vez por la edad, ya no le interese hacerlo, pero promete hacerlo con su pequeño hijo, cuando llegue el momento. Vaya uno a saber si cumplió su promesa, y me digo que voy a preguntárselo. Visto así, no es que este libro, indefinible, esté en la sección equivocada más bien es que resulta difícil clasificarlo. Allí parado repasando sus pasajes sin orden y sin afán creo que muchos de los éxitos (Premio de no ficción Latinoamericana Independiente 2022, Premio Nacional de Ensayo 2024) de este sumario de plantas se derivan, a más de la originalidad de sus postulados, del auge comercial que tiene la literatura sobre vegetación, en particular, y sobre ecología, en general. Es como si de un momento a otro todos gritaran ¡Salvemos el planeta!, aunque todo se queda en el gesto. Un subgénero del cual, a primera vista, el libro parece tributario, aunque la verdad es que no termina de encajar en él. Sumario, es algo más que no acabo de descifrar. Lo que empieza como un texto académico y erudito, muy en la línea de Efrén, va tomando matices, va discurriendo por otros cauces, se vuelve más cercano, sin llegar a ser autoficción, pues no encuadra en esa zona estricta de revelaciones íntimas y personales que esto implicaría, sino que es más bien una suerte de injerto de las dos: un erudito que deja traslucir, entre líneas, las cuitas de su vida. Y es que le lectura va revelando al observador preciso de los días y a su asombro por la manera en que nos plegamos a ellos. Más aún, el texto es una reflexión aguda de cómo a lo largo de la historia hemos moldeado nuestro entorno vegetal y de cómo éste termina por ser, ya no solo un fiel testigo de nuestro desasosiego, sino un reflejo amargo de alma humana. La potencia del libro descansa en esa hibridez y si este sumario no encaja en ninguna tradición es quizá porque está empezando a crear una.
Y mientras pienso en esto, arrobado en la lectura del último capítulo, una joven se acerca, ya casi es el cierre. Me disculpo y me preparo para salir. Sin darme cuenta se han ido un par de horas en las que, mientras leo, fue inevitable encontrar en este libro a Alex, al amigo cálido de esos primeros años, de vacilaciones y errancias mutuas. No deja de ser irónico que ese sueño de ser escritor, que el logro y el honor de ser el primer colombiano publicado en el catálogo de una editorial como Acantilado, que cuenta con el último Nobel en sus filas, haya llegado por la vía, no de un libro académico, sino de uno confesional. Este Sumario, creo yo, da cuenta del momento en el que Efrén ha vuelto a ser Alex. Y quizá esa ruta sea la correcta para en esta nueva etapa: dejarse llevar por ese sueño inicial, caer en el abismo incierto que toda ficción propone.
Abrumado, busco un par de libros y mientras bajo me digo que sí, que Sumario de plantas oficiosas es en realidad el libro de Alex, el antiguo estudiante de literatura, el jardinero aficionado, el hijo orgulloso de sus raíces, el padre adolorido que acompaña a su esposa durante un embarazo malogrado, el profesor amante de la poesía y de Dickinson, el amigo entrañable que desde la distancia del Oriente cultiva sus amistades, sus plantas.
Quizá por eso al escribir este texto he querido hacer, no la celebración de un libro, sino la de una amistad. La de esa amistad cuyo sumario oficioso está escondido en esas páginas, oculta en guiños y palabras, una amistad que, como las de las plantas allí mencionadas, sigue floreciendo y que, a mi manera y, a la de Alex, hemos decidido dejar que colonice nuestros días.
Abajo, hago la fila frente a la caja, doy una última mirada a las novedades. Abro WhastApp, busco a Alex entre los contactos, Compa, lo saludo, antes de enviar un par de fotos de su libro y de comprar algunos ejemplares. Luego, me tiro a la Gran Vía, la cólera ingente de la ciudad me recibe dócil. Me compongo la chaqueta y me pierdo en la multitud de transeúntes que a esa hora son Madrid. Luego, me uno a su noche, en mis manos ese ejemplar que me acompañará e iluminará el resto del viaje.
- Sumario de Plantas oficiosas. Editorial Acantilado, 2026.





