Por: Andrés Felipe Lázaro Parra. Docente del Centro de Educación para el Desarrollo Sostenible de Uniminuto, seccional Antioquia-Chocó.
Vivimos actualmente, como país, un fenómeno creciente al que, presuntamente, debemos temer: la polarización. Escuchamos sobre ella en la radio, leemos reportajes sobre los peligros que representa, consumimos contenido en múltiples plataformas en el que se nos plantea, en grandes palabras, el daño que ella hace a la democracia. La polarización aparece como fantasma, como sombra y motivo de angustia para la armonía social. Separa familias, rompe amistades, genera rencores y cierra el debate público.
Son amplios los estudios que elaboramos desde nuestras universidades para intentar diagnosticar esa aparente enfermedad de la política. Pero olvidamos, cada tanto, que la política siempre ha traído consigo, de manera más o menos vehemente, la confrontación de ideas, de modelos de vida, de perspectivas sobre lo que es vivir bien o mal.

Esa pluralidad de visiones y compromisos frente a lo que consideramos bueno o malo, justo e injusto, deseable o indeseable, es propia del debate democrático. Como ciudadanos nos jactamos en variados entornos sobre el potencial que reside en la pluralidad y multiculturalidad del país, pareciéramos elogiar la diferencia.
¿Por qué le tememos entonces al disenso, a sus manifestaciones, a la controversia política?
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Expandir la democracia, vivirla más allá de las jornadas electorales, supone reconocerla como parte de nuestra cotidianidad. Es la democracia la que nos permite canalizar, por medio de la deliberación, aquello que nos diferencia, y una vía para construir un país más justo. No le rehuyamos a la polarización, problematicémosla. Abracemos la posibilidad de estar en desacuerdo, sin recurrir a la violencia, a la mentira o a la desacreditación.
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Descreo de los temores sobre la polarización política. Considero que esas expresiones son, en realidad, politización democrática. Y esta, como se podría esperar, ha crecido desde que cerramos un capítulo doloroso de la conflictividad armada en nuestro país, para darle cabida a la deliberación pública sobre lo que fuimos, somos y queremos ser. No propongo nada demasiado novedoso; intento promover un debate necesario ante el panorama que se nos presenta de cara al 2026. Dialoguemos.





