La democracia no es únicamente decidir, también es participar en las decisiones que se toman, es decir, la deliberación. Desde un punto de vista ideal, todos los ciudadanos (e incluso quienes no lo son) tienen el mismo derecho a participar en condiciones de igualdad de la deliberación democrática, esto significa que el sistema político se interesa por las condiciones en que se forma la opinión y la argumentación previa a la decisión, propiamente dicha. Por ejemplo, una preocupación por la igualdad en la participación democrática podría explicar que la financiación de las campañas electorales sea parcialmente pública, o que existan límites máximos de gasto en este ámbito, etc.
Quienes participan de la deliberación han de estar dispuestos a argumentar en favor de los puntos de vista que presentan, así como a ser cuestionados si alguien detecta algún error en su razonamiento. En este sentido, la discusión ha de ser tan libre y desprovista de límites como sea posible y solo limitada en lo que sea estrictamente necesario. Por tanto, garantizar derechos como la libertad de expresión, la libertad de profesión y oficio, la libertad de cultos e incluso la educación y la salud, es necesario como parte de las condiciones mínimas para que los participantes en la discusión democrática presenten puntos de vista e iniciativas de interés.

En la actualidad, es necesario poner atención al derecho a la información, porque la calidad de la argumentación que se presente en el debate democrático depende del acceso a la información que se tenga y ésta, a su vez, está asociada al acceso a internet, pues parece que las personas cada vez se sirven más dicha red para informarse. Aunque hay muchas brechas en el acceso a la red, por no hablar del analfabetismo funcional ni digital, una barrera importante para acceder a la información viene dada por las redes sociales.
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Las personas acuden cada vez más a las redes sociales virtuales para informarse: Instagram, TikTok, X (antes Twitter), YouTube, entre otras. Dado que estas plataformas pretenden atraer la atención de los consumidores, los algoritmos que permiten su funcionamiento favorecen el contenido que logre capte su atención y éste no parece ser otro que aquel que refuerza las propias ideas y descalifica las de las otros. Parece que las plataformas seleccionan los contenidos que consumen los usuarios y, por tanto, también escogen la información con que forman su opinión. Muchas veces no se controla la proliferación de información falsa ni errónea o malinterpretada.
Por tanto, si en la deliberación pública es importante la información con que se construyen las propias opiniones, es imprescindible prestar atención a los riesgos que por esta vía puede tener la democracia. No se trata de abstenerse de usar las redes sociales virtuales sino de reconocer sus deficiencias como fuentes únicas de información, más ahora que el país atraviesa un proceso electoral de importancia.





