Todos somos monstruos

Guillermo Del Toro lo hace de nuevo: humanizar lo más oscuro, inentendible y monstruoso para convertirlo en cercanía, belleza y emoción.
Por: Opinión
10 noviembre, 2025
Luisa Sierra
Por: Luisa Fernanda Sierra García. Locutora y periodista. Escritora, guionista y directora de contenidos creativos. Amante del cine y las buenas historias.

Muchos dicen que quien no sabe ver cine solo lo consume para entenderlo, no para sentirlo. Y es que de nada vale racionalizar las historias cuando podemos optar por emocionarnos con mundos irreales que de alguna forma funcionan como espejos.

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Desde que tenía 11 años, Guillermo Del Toro se dijo así mismo que dirigiría una de sus historias favoritas en la vida: Frankenstein, entregándole su propia mirada y demostrando una vez más su obsesión con las criaturas desahuciadas, desechadas e incomprendidas. Y lo logró.

No fue un reto sencillo coger un relato clásico, muchas veces contado, para transformarlo en un reflejo de la misma alma humana, pero lo hizo con cuan atención al detalle que por primera vez el público logró ver la otra parte del que siempre hemos llamado “monstruo”.

Aquí la visión del director mexicano no fue solo replicar lo que todos conocemos, sino darnos una reflexión filosófica sobre lo que significa “ser el monstruo en una historia mal contada”, porque al final todos terminamos siendo eso en la narrativa de alguien más.

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La moralidad, la superficialidad, el ego y la ira se mezclan para entregarnos de manera magistralmente visual una reflexión sobre el sentido de la vida, la permanencia en un mundo que siempre tendrá algo que nos dañará y la búsqueda eterna del amor en la existencia humana. ¿Y acaso eso no nos toca a todos?

“Y así, el corazón se rompe, pero aún roto, pervive”, Lord Byron. Es la cita con la que cierra esta película luego de una toma sublime del monstruo Frankenstein mirando cómo el sol sale en el horizonte mientras una lágrima cae por su desfigurado rostro, un monstruo que se convirtió en eso incitado por la violencia, el rechazo y la soledad, pero que en realidad solo buscaba ser visto, ser amado, ser parte de algo.

Un monstruo que fue llamado así mucho antes de tener conciencia para serlo. Un monstruo que anhelaba simplemente una palmadita en la cabeza de “bien hecho” por parte de alguien que pudiera ir más allá de su corporalidad. Un monstruo que en realidad podría ser cualquiera de nosotros, una persona buscando en un mundo oscuro y agresivo una pizca de compasión, ternura y compañía.

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Mi termómetro personal con el cine son las palpitaciones de mi corazón y el ojo aguado con lo que veo a través de la pantalla, y aquí para mí la película en realidad comenzó cuando el monstruo cobró vida, porque es él quien lleva las riendas de la historia.

Jacob Elordi nos regala una interpretación sin igual, que puede que lo convierta en el próximo ganador del Oscar, pero no solo fue actuación, fue conexión. Conexión con lo profundo, con lo más humano, con lo que todos llevamos adentro pero que de alguna forma las experiencias externas lo corrompen o neutralizan, una conexión con lo puro que es querer simplemente ser parte, ser visto, ser cuidado.

No entremos en detalles con lo visual, porque sabemos lo preciso y mágico que Del Toro es creando sus mundos, pero no está de más decir que el diseño de producción, la música, la fotografía y el guión de esta película son excepcionales, con toques de época góticos, pero también contemporáneos, lo que nos permite sentirnos aún más conectados con la emoción que desea transmitirnos.

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El verdadero horror de Frankenstein no está en el monstruo, sino en la incapacidad humana de amar y perdonar, tal y como lo ha expresado el director: “La criatura que nació del egoísmo, termina encontrando la humanidad que su creador perdió”.

Acá nos reflejamos tanto en la criatura como en su creador, en esa necesidad primaria e inocente de amar y ser amados, pero también en esa búsqueda descontrolada de poder que genera el ego humano y la soberbia.  

A la final todos somos monstruos, personas imperfectas que buscan cada día la forma de seguir de pie, personas que hemos sido o hemos tenido a otras que nos han rechazado, dañado, señalado o abandonado, monstruos egocéntricos buscando respuestas sobre la existencia, cuando en realidad la vida está para vivirla, no para entenderla.

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