Nací un domingo. El 16 de julio de 1978. Ese día la crónica deportiva reseñó el triunfo de Bernard Hinault en la decimoquinta etapa del Tour de Francia. Que fue una sorpresa, dijeron. Que ganó un sprint entre cuarenta ciclistas que llegaron juntos a la meta. Que Hinault había decepcionado en la etapa anterior, cuando todos esperaban que ganara en el ascenso al Puy de Dôme. Pero ese día ganó y lo que no sabían entonces, aquellos periodistas desencantados, es que ese año Hinault sería el campeón del Tour y de la Vuelta a España. Y que su nombre ocuparía las páginas de los periódicos en toda la década de los ochenta.
Bernarinó decíamos mi hermano y yo, que escuchamos tantas veces ese nombre en la radio de papá. Nuestra casa de infancia estaba ambientada por el sonido de las carreras de ciclismo, los partidos de fútbol de los domingos, las noticias que se actualizaban cada hora, las baladas románticas de La voz de Colombia. La vida de mi familia transcurría, casi siempre, adentro. Mi mamá cosía. Mi papá leía el periódico. Mi hermana estudiaba, estudiaba mucho. Mi hermano y yo estudiábamos menos, jugábamos más.
Él y yo organizábamos nuestras propias carreras de ciclismo. Coleccionábamos las tapitas del yogur y armábamos equipos con ellas. Les pegábamos marcas de papel: camisetas dibujadas a mano, con el nombre y los colores de los equipos reales. Fiat, Teca, Campagnolo, Renault. Nuestros ciclistas de plástico se filaban en el suelo. El partidor era una de las líneas que juntaban las baldosa y, al anunciar la salida, les dábamos golpecitos con los dedos para que avanzaran. La ruta era el corredor largo del segundo piso. Narrábamos la carrera e inventábamos situaciones. Éramos locutores, directores de equipo, espectadores, oyentes. Nuestra imaginación siempre estuvo enganchada a la realidad. No jugábamos con seres fantásticos, creábamos nuestra propia versión de lo que oíamos en la radio. Salíamos poco, pero sabíamos lo que pasaba afuera, en el mundo.
Tal vez por eso ahora, que ya no suenan la radio ni la máquina de coser, que los yogures no traen tapas de plástico y que Bernard Hinault es una leyenda olvidada, yo sigo buscando en las noticias las anclas de mi imaginación. Tengo colecciones en Instagram organizadas por temas. Animales, naturaleza, mujeres, duelo, silencio. Colecciones como ventanas para asomarme al mundo. Ahí está mi archivo, la memoria ajena, los relatos que otros cuentan sobre la vida y que me sirven a mí para hacerme una idea del mundo, para imaginar nuevas historias, crear nuevos relatos.
En una de esas “carpetas”, marcada con el nombre de Animalia, están los personajes que ocupan ahora mis libretas de apuntes, con el deseo de conformar alguna vez un libro. Una ballena que vaga sola por el océano porque su canto, que suena en una frecuencia más baja, no es escuchado por las otras de su especie. Una chimpancé que cargó en sus brazos, durante siete meses, el cuerpo muerto de su cría. Una tortuga liberada de un parque acuático en Argentina y que, sin que nadie le indicara la ruta, emprendió el viaje de regreso hacia Brasil, su país de origen. Seres solitarios que se tienen únicamente a ellos mismos, como se tiene solo a sí mismo el ciclista que escala una montaña.
Parecen datos sueltos. Pero lo que vino a decirme el nombre de un ciclista, el resultado de aquel ejercicio del azar ―buscar una noticia publicada el día de mi nacimiento― fue una explicación a mi manera de afrontar los días que vivo y comprenderlos. Mi vida sigue transcurriendo, casi siempre, adentro. Mi fantasía sigue enganchada a la realidad. Salgo poco, pero sé algunas cosas que pasan afuera, en el mundo. Más que inventar historias, quiero crear mi propia versión de lo que oigo en la radio. Tal vez no sea necesario emprender grandes travesías para hacernos una idea del mundo. Basta saber elegir a qué ventanas asomarnos.





