Buenos Aires Viceversa.  2 parte.

Por: Opinión
14 septiembre, 2025
Francisco Pulgarin
Por: Francisco Pulgarín. Médico, escritor, productor y guionista.

Buenos Aires

Hacer una taxonomía de las ciudades revela su ingente variedad. Las hay de todas clases: épicas, históricas, salvajes, densas, planas, estrechas, crueles, nerviosas, ofuscadas, agrestes, dóciles. Una galería infinita en la que cada urbe es siempre, primero, el reflejo de quienes las soñaron, pero poco a poco consolida la génesis de su propia mitología, el impredecible designio de lo eterno. Sin embargo, solo unas pocas tienen la capacidad de sugestionarnos, de existir en nosotros mucho antes de existir: más que conocerlas, las intuimos, sabemos que podríamos caminarlas de extremo a extremo con los ojos vendados, sin extraviarnos y con total precisión. Ciudades únicas que, cuando se instalan en la retina, lo hacen no como monumentos del hormigón y del acero, sino como lo que en realidad son: promesas del porvenir. Las ciudades espléndidas, frutos y testigos de la modernidad, se alzaban para contradecir, con su caos y algarabía, el destino efímero que pesa sobre lo humano. Atenas, Roma, Alejandría, solo por mencionar algunas, son y fueron la historia. Más fascinante resulta que, así como cada una de ellas contiene y agota una época, también posee el poder inexorable de tocar a cada uno de los ciudadanos, incluso a los que solo llegarán a conocerlas de oídas o en las pantallas de algún computador.

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En este sentido, el poder de sugestión de la literatura es crucial: en cada libro acecha una ciudad, un destino, un sueño. Estas urbes, desperdigadas por las páginas, no dependen de límites físicos; se instalan y habitan la memoria, sus puntos cardinales los señala el lenguaje y, como tal, nuestro deseo. Son buques fantasmas que van por los insomnios de esos lectores que, aunque fascinados con ellas, nunca saben si algún día podrán conocerlas más allá de los artificios que plantea la ficción. Réplicas contra el olvido, las ciudades en el papel son espejismo y conjuro. El viajero, entonces, que tiene la suerte de pisar tierra firme, de constatar su existencia al visitarlas o recordarlas —que siempre es lo mismo—, tiene la certeza de que, así un vendaval las arrasara de la faz de la tierra, seguirían en pie, altivas, disonantes, tristes. Ciudades, laberintos que se ofrecen dóciles a todo el que se atreva a adentrarse en ellas para que confronte, en últimas, ficción y realidad; para que se mire en ellas y recuerde, por un momento, el mapa de sus propios desencantos y regocijos.

Durante el año 2014, invitado a un congreso de productores cinematográficos del continente, fui ese viajero que pisa tierra firme. Llegué al amanecer y, ya desde el avión, entreví una ciudad de azoteas grises, de edificios blancos y expectantes. Buenos Aires tomaba forma y cuerpo, el fantasma de mis sueños se materializaba y me imprecaba. Me lancé entonces a sus calles con curiosidad y fiebre: quería saber si Baires, ese invento de palabras que toda la vida había leído en los libros, era reflejo o distorsión de la metrópoli que tenía en frente, de sus edificios antiguos que prodigaban en silencio y, para todos, sus rutinas, sus desdichas. Nunca había estado allí y todo me era familiar. Tiene sentido que así fuera; a fin de cuentas, esa ciudad por la que caminaba era la de Marechal, de Arlt, Borges, de Cortázar, de Bioy, de Sábato, de Saer, de Piglia, y claro, también la de los tangos de Gardel que había escuchado en la boca de mi madre y de mi padre. Y cada nuevo recoveco, cada conversación, había sido anticipado en las películas de Favio, de Bielinski, de Agresti, de Aristaraín, de Campanella, de Martel, de Trapero y tantos otros.

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Sí, en efecto, Buenos Aires era la ciudad de la furia que Cerati había celebrado. Una ciudad misteriosa y llena de vitalidad que empecé a conocer gracias a aquel congreso. Durante aquella estancia fui el viajero que reconoce con fervor su hallazgo. Sin afán, pero con precisión, intenté descifrar las dinámicas de la urbe. Visité lugares que creía haber leído, afiné el oído y la vista, contrasté el acento porteño de las calles con el que mi imaginación había armado de los libros. Reconstruí Buenos Aires con fragmentos alojados en mi memoria, girones de tiempo que iban y volvían. Levanté el mapa de la ciudad real y sobre este delineé también el mapa de mis nostalgias futuras. Me sumí, sin remordimientos, en ese caos imposible que toda gran urbe convoca. Dejé que realidad y ficción se encontraran y desencontraran sin ningún patrón visible.

Pero la ciudad de la furia no solo estaba en el reflejo del asfalto, no se agotaba en la realidad de sus calles, de casas ni de sus barrios. Iba más allá: Buenos Aires era también, y antes que nada, una feroz elucubración del lenguaje. En cada una de las conversaciones de aquel congreso se hablaba de películas y de autores con una solvencia que impresionaba, pero lo más importante era una suerte de subtexto que iba surgiendo y que parecía exceder los límites propios marcados por el arte. Nada era personal y todo era personal para ellos. Tener la posibilidad de compartir con personajes como el “Gordo” Hermida del INCAA, con documentalistas como Sergio Woolf, era un placer: deleitaba oír la historia de boca de ellos, rastrear en sus palabras la autoridad que nace de quien conoce un oficio, pero también de quien lo ama. Su cinefilia era también una pasión por el país, una rendición por ese arte que corre a 24 cuadros por segundo. Después de hablar con ellos no era difícil entender por qué Buenos Aires era una de las ciudades en el mundo con más escuelas de cine: habían hecho de este arte un instrumento y un fin, un catalizador de ese pasado marcado por la dictadura y la barbarie. Con el cine y con la literatura parecían intentar una suerte de arqueología mítica, buscar adentrarse, de manera directa o indirecta, en las tramas más oscuras de su pasado, leerlo, interpretarlo y aprender así a llevar hondas heridas. Parecía que hacían películas no para recrear su pasado, sino más bien para revisarlo, para darle una vuelta de tuerca que les permitiera convivir con él sin ser solo víctimas; esto es, no solo denunciar su historia sino imprecarla.

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En realidad, esa Argentina era un país fortalecido. Cada conversación que se tenía en ella, bien fuera con cineastas, artistas, taxistas, libreros, estudiantes o un paisano cualquiera, era, además de un placer, la oportunidad única de repasar su historia de boca de quienes la habían padecido o de quienes la habían recibido que, en últimas, es otra forma de padecerla. En las palabras de los porteños estaba el verdadero pulso de la urbe, y en la musicalidad de su acento se podía desenterrar la amargura y el dolor que los atormentaba, pero también la dignidad que persiste en aquellos que se han levantado varias veces y que, estando dispuestos a hacerlo, lo harán las veces que sea necesario.

La consigna parecía ser que, si Buenos Aires se veía susceptible, era justo porque no volvería a ser vulnerable. Y así era. La fractura de su democracia había creado ciudadanos contestatarios; había en ellos un acicate moral que los definía y, más importante, había una consciencia clara de a qué debe aferrarse una sociedad cuando, conocido el abismo,  no quiere volver a él. Sus habitantes vivían cierta dicotomía: tenían claros unos bastiones y unas líneas éticas que no estaban dispuestos a cruzar, pero también habían entendido que toda resistencia es vana si no se afinca en lo real, que la ideología que no se edifica sobre el pragmático asombro del hormigón y del cemento está condenada a fracasar.

Y cuando se entendía esa cosmogonía, todo cobraba otro sentido. Las que antes eran zonas oscuras se iluminaban y lo que, a primera vista, era fútil resultaba tener un arraigo inesperado. Se podría decir que ese invento que algunos llaman el ser nacional estaba construido, como siempre, con el celo de sus pasiones y la lucha de sus reivindicaciones. A aquella generación la definía un extraño y explosivo cóctel cuyos ingredientes, siendo reduccionistas, se podían condensar en fútbol, tango, política y, un poco menos, cine y literatura. Desde esas orillas disímiles plantaban cara y moldeaban su pensamiento, pero también su espacio físico. En consecuencia, el croquis de aquella ciudad parecía infinito porque estaba trazado a la medida de dolores antiguos y anhelos nuevos. Para hacerse una idea bastaría con decir que tenía 18 estadios de fútbol, la ciudad con más estadios del mundo, incluidos, claro está, el de Boca y el de River. Pero sus límites no morían allí; lejos de hacerlo, el diseño y la arquitectura de la ciudad parecían obedecer a una conspiración antigua y diferente. Esa Buenos Aires que, plagada de edificios vetustos, se antojaba a ratos una pobre réplica de Europa, tenía otras señales de identidad, otros usos para salvaguardarse del naufragio.

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Parado en Corrientes, no 348, me adentré en un laberinto infinito de teatros, cafés, librerías y anacrónicas videotiendas con todas las películas del mundo, que daban cuenta de cierta ebullición, de cierta manera de estar y de moldear el mundo. En cada quiosco callejero me sorprendía encontrar clásicos de literatura y de filosofía de difícil consecución en Medellín. Allí encontré los tomos de la obra de Foucault a precios irrisorios y, al hacerlo, maravillado, no dudé en comprarlos todos, así debiera pagar una maleta adicional. Tal vez para otros, un sobrecosto absurdo, pero en mi lógica bibliófila, hacerlo valía la pena por mucho.

Quizá todo eso contribuyó a que, durante ese primer viaje, nunca me sintiera ajeno a las dinámicas de aquella ciudad que ya conocía de tantas formas. En ningún momento sentí que estuviera conociendo: era, más bien, como si estuviera regresando de ese largo viaje que durante años le habían planteado la literatura, el cine y la música a mi imaginación.

Descubrí, entonces, Buenos Aires como en ese juego de la infancia en que se unían puntos en un papel celofán hasta trazar una imagen oculta que, a su vez, se superponía a otra existente en una cartulina para ver si el nuevo dibujo coincidía, casaba, con el otro. En efecto, ese viaje, cargado de nostalgia, fue un largo y sinuoso déjà vu, el recorrido por un anillo de Moebius que dilataba y acercaba mis memorias. De esa comunión entre realidad y ficción, cuando el papel celofán de mis suposiciones casó de lleno con el mapa físico de la urbe, con sus teatros y sus librerías, surgió una nueva ciudad, espléndida, facciosa, devastadora, una que se quedaría atrapada en mi retina, destinada, desde ese momento y para siempre, a enriquecer mis nostalgias, mis lecturas, mi deseo.

Buenos Aires Viceversa

El frío es intenso, camino rápido entre los transeúntes, un poco atolondrado por el clima, hasta dar con la calle, con el lugar.

Continúa…

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