Emprender suele venir acompañado de muchas preguntas. Pero, casi siempre, ganan las mismas:
- ¿Y si no funciona?
- ¿Y si no vendo?
- ¿Y si no es suficiente?
- ¿Y si llego tarde, si ya está todo inventado, si no soy tan bueno, tan constante, tan estratégico?
Son preguntas legítimas e incluso necesarias. El problema no es que aparezcan, sino cuando se vuelven el único marco desde el cual pensamos y actuamos. Cuando el “¿y si no?” termina paralizando cualquier intento al que nos atrevemos.
Este año quiero proponerme, y proponerles, cambiar un poco el foco. No negar las dudas, sino dejarlas por lo pronto a un lado, y así pasar del “¿y si no?” al “¿y si sí?”; pero esto, no como algo ingenuo o motivacional, sino como una postura posible frente a la incertidumbre.
Y es aquí donde entra “el posibilismo”. Este no promete resultados extraordinarios ni éxitos inmediatos. No es que sea un pensamiento mágico o se reduzca a frases escritas en un póster. Es algo más simple y, a la vez, más exigente: animarse a dar pasos con lo que hay. Con la idea incompleta, con el tiempo justo, con más preguntas que respuestas, con recursos limitados, pero eso sí, con intención clara.
Ser posibilista no es desconocer los riesgos, sino decidir no esperar a que desaparezcan para empezar. Es entender que lo posible no es un punto fijo, sino algo que se va ampliando a medida que actuamos.
Como decía Arthur C. Clarke, escritor y futurista, “la única forma de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco más allá de ellos”. El posibilismo vive ahí: no en negar los límites, sino en explorarlos con curiosidad y acción, incluso cuando el camino no está del todo claro.
Muchos emprendimientos no nacen de un plan perfecto, sino de una incomodidad persistente:
- De una idea que vuelve.
- De una conversación con un café.
- De alguien que dice “podríamos probar” y otra persona que responde “de una, hagámosle”.
Generalmente los proyectos suelen empezar así: pequeños, frágiles, conversados, sostenidos más por el deseo de que si funcionen, más que por miles de certezas.
El posibilismo también cuestiona la lógica del “vamos con toda”. Esa exigencia de crecer rápido, de monetizar ya, de tener claro el modelo, la identidad y el siguiente paso antes de empezar. Pero aquí quiero dejarles estas preguntas:
¿Y si no vamos con toda?, y más bien, ¿vamos con lo que tenemos hoy?
Tal vez emprender no sea un salto al vacío, sino una serie de movimientos pequeños, constantes: mandar ese correo, contar la idea en voz alta, ponerle precio, publicar, aunque no esté perfecto, pedir ayuda, iterar, buscar mentores. Todas estas acciones modestas que, sumadas, van construyendo algo que antes no existía.
Emprender desde el posibilismo es aceptar que no todo está garantizado, pero que quedarse quietos tampoco lo está. Es entender que a veces no emprendemos porque sabemos, sino porque queremos saber:
Para ver qué pasa, para abrir conversaciones, para habilitar futuros que no existían antes de intentarlo.
Y ahí está la invitación para este año: no esperar el momento ideal, ni la seguridad total, ni la versión más pulida de nosotros mismos. Es pasar a emprender como un gesto posible.
Porque emprendemos no para tener todo resuelto, sino para empezar a construir. Y quizás este año no se trate de tener todas las respuestas, sino de animarnos a sostener una pregunta un poco más de tiempo, y actuar desde esta posibilidad:
¿Y si sí?





