Por: Catalina Isabel Ortiz.
Últimamente he escuchado a varias personas repetir que en su barrio hay unos vecinos de
los que poco hablamos, que no dejan dormir o que interrumpen rutinas cotidianas.
Y no estamos hablando de los ruidosos de la fiesta del fin de semana, sino de los negocios, las grandes superficies, los comercios, los restaurantes y los hoteles que comparten calle con nosotros. A veces creemos que no entran en la categoría de “vecinos”, aunque sí lo son y como cualquier habitante del sector tienen derechos y deberes.
La idea de escribir sobre esto nació cuando una amiga se quejó en un grupo de manera vehemente sobre lo que pasa al lado de su casa en El Poblado, contando que desde hace varios años la tranquilidad de su sector se dañó por un supermercado cercano: antes de las 6 a.m., ya hay camiones de abastecimiento descargando, ruidos constantes, residuos mal manejados e incluso vehículos de clientes que han terminado rodándose por las empinadas calles de la zona.
Y no es solo un supermercado, porque en otra parte de la comuna se volvió a abrir una calle que había sido peatonal y que varios restaurantes ocuparon con sus carpas. Si no ibas a comer allí, caminar no era agradable, pues era oscura, con árboles y maticas sin mantenimiento. Recuperar la vía era fundamental para quienes viven ahí cerca y definitivamente este es un caso que sería interesante revisar como ejemplo de la necesidad de conversar.
Así que la pregunta es: ¿qué tan dispuestas están las empresas a conversar con sus vecinos cuando surgen dificultades? Claramente la empresa tiene que funcionar y surtir, pero la gente también necesita descansar, trabajar desde casa y sentir que su hogar es un refugio. Vivir en una ciudad implica entender que todos tenemos rutinas, compartimos un espacio, y que hacerlo exige algo muy básico como conversación real, empatía y voluntad de llegar a acuerdos.
Muchas empresas en Colombia están trabajando en sostenibilidad y hablan de “impactos sociales”, “grupos de interés” o “buenas prácticas”, siguiendo los estándares GRI. Pero para la gente del común, todo eso se resume en el respeto por el sueño ajeno, el cuidado del espacio público y las ganas de escuchar cuando alguien alza la mano.
Un buen vecino es el que se sienta a conversar cuando sabe que está incomodando y busca conjuntamente una solución. En estos casos puede ser útil que los mismos habitantes cercanos ayuden a mapear y monitorear los efectos negativos del negocio y que la empresa esté dispuesta a actuar frente a ellos.
Así que conversar es lo que permite que las calles sigan siendo un lugar donde se puede dormir, trabajar, salir a comer y también hacer mercado.




