Una reflexión desde Terminator

Foto: Paramount Pictures

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Esta pequeña columna parte de pretender pensar que sus lectores, los lectores de este periódico, tienen gustos cinematográficos que, en gran medida, distan de la película que será comentada. Dado esto, se ofrece una disculpa que aspira ser honesta, lo logre o no, por el atrevimiento de catalogar y definir el gusto fílmico de quien lea estas líneas.

Hablaremos en este espacio escrito sobre la nueva entrega de una saga que está cerca de tocar el fondo del abismo en el que lleva 16 años cayendo. Pero, más que una crítica a la película, el objetivo es ofrecer una reflexión (nada novedosa), sobre la espiral de ridiculez a la que el cine de los grandes estudios sigue siendo condenado.

Hace no muchos días se estrenó la sexta parte de Terminator, la franquicia creada por James Cameron 35 años atrás, que brindaba a los espectadores de los años 80 una cinta ajustada a la eclosionada cultura pop de esa década estridente. The Terminator, como se llama la cinta original, entró con fuerza en la cartelera cinematográfica y permitió una mirada fresca al cine de ciencia ficción que crecía con fuerza ya desde finales de los años 60. El robot interpretado por Arnold Schwarzenegger logró hacerse un espacio entre los críticos y cinéfilos que alabaron la apuesta. Más fue el fulgor siete años después cuando, con el mayor presupuesto de la historia hasta ese momento, se consolidó ya una saga que asentó los efectos especiales como parte fundamental del quehacer fílmico, por su puesto, sin dejar de lado la trascendencia de la historia que se narra.

The Terminator (1984) y Terminator 2 (1991) son, hasta hoy, dos íconos indelebles del cine como ciencia ficción, pero también del cine como elemento de entretenimiento que ofrece no solo un espectáculo visual fútil y simplista. Lamentablemente, desde 2003, la franquicia se convirtió en uno más de los juguetes de una industria que se desliga del interés por la producción de calidad, enfocada solo en la recaudación masiva de dinero fácil. Con cuatro secuelas desde el 91, la saga de El Exterminador se ha convertido en una burla a su creador, a sus fans y a quienes ven en el cine algo más que solo efectos especiales intensos y horas de tránsito veloz del tiempo libre.

Dark Fate, la recién estrenada, es una secuela que carece de todo compromiso con el alma de la creación de Cameron (quien parece haber estado involucrado, aunque distraído, en esta producción) y que prefirió tomar el camino del cine de estallidos estridentes, personajes carentes de profundidad y construcción narrativa elocuente (aunque graciosos y ligeramente estimables) y la negación absoluta e irrespetuosa de una verosimilitud ya pactada, resultando más en un producto que podría ser una continuación cualquiera de Rápido y Furioso, o cualquier película de acción innecesaria protagonizada por Dwayne Johnson, que la historia de inspección por la humanidad (con profundidad o no) que nos brindaron Linda Hamilton y Schwarzenegger tanto tiempo hace.

Esta nueva entrega de Terminator se pretende lozana, accesible y disfrutable, pero no logra ser más que otra película larga y tediosa, vacía de prolijidad narrativa y dependiente del clamor popular por la explosión, el fuego a gran escala y las ráfagas de disparos a ningún objetivo. Es, no quepa duda, una sobada prepotente de la industria a la cabeza de los espectadores, de los fanáticos y de quienes observan el cine (con mayor o menos atención). Habrá que pensar, quizá en que el afán comercial de los grandes estudios por satisfacer el no gusto de un público que acepta casi cualquier pieza que le entreguen está dando al traste con un producto cultural necesario y potente.

Sin duda es una lástima saber que Hollywood tiene casi nulo interés en enfocar su poderío económico en recuperar sus mejores momentos históricos y brindarle a la audiencia películas de categoría, que ofrezcan historias que no vivan solo de su capacidad para llenar de tecnología las pantallas grandes. No es esta una pugna contra el entretenimiento masivo que puede regalar el cine, pues sería inconcebible y de mal gusto pretender que este arte se convierta solo en un canal para la expresión de puristas y metodistas del intelecto más radical. El entretenimiento es parte de lo que somos. No obstante, no dejará de ser necesaria la insistencia hacia la industria por un mejor cine, por un entretenimiento que se respete a sí mismo y busque historias nuevas y sensatas, así como una invitación a las personas a que protejan desde sus hábitos de consumo un arte que configura cultura.

Por Juan Pablo Pineda Arteaga

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