El pasado 31 de diciembre, cuando salía de la unidad en la que vivo, un perro muy grande atacó a un gatito; literalmente gatito, porque era pequeño, escuálido, parecía abandonado. Le quitamos el gato al perro (no fue fácil), revisamos al michi y atendimos la urgencia. Antes de tomar partido, si eres amante de los perros o los gatos; antes de decir “los perros deben salir con bozal” o “a los gatos también deben sacarlos con correa”, te invito a una cosa: pensar.
¿Revisaste la situación y sus aristas o solo reaccionaste?
Pensar más, esa será mi invitación en esta columna en lo que viene, porque esta solo es la primera, ¡y porque de verdad debemos hacerlo!, no podemos dar la espalda a la luz. Pensar más implica ir allende de aceptar solo nuestra perspectiva política, de fe o de peludos, y es que no porque sea nuestra visión es la correcta y, por ese motivo, pensar más incluye tratar de hacer el quite a nuestros sesgos y, claro, nuestra soberbia.
Para ello, tendrás que salir del automático, cambiar el ya de la reacción por el después del análisis. Vivimos la época de la urgencia y del yo, ¿qué tal si empezamos a experimentar con la pausa y el nosotros? Aún es posible ponernos de acuerdo para hacerlo. El mundo está perdiendo rumbo y en buena parte es por el individualismo y la necesidad de inmediatez que, al sumarse, no dan cabida a detenerse y pensar, al menos brevemente, cada momento de vida.
Revisa este dato: un estudio de la Universidad de St. Andrews demostró que hacer una pausa de tan solo cinco segundos evita comportamientos agresivos, y eso se da, en buena parte porque cambiamos el impulso por pensar, ahí entregamos el control de la situación a esa parte racional de nuestro cerebro que, sin duda, llegará a conclusiones más sanas.
Además, debemos pensar más porque tenemos el insumo, la información está ahí, y con un cerebro simbólico a nuestra disposición, uno con la capacidad de procesar para crecer, es nuestro deber usarla. Y sí, dar la espalda al conocimiento es también dar la espalda a la luz, y eso hacemos cuando solo aceptamos nuestra visión del mundo y descartamos otras.
Te invito a pensar más. Si crees que ya lo haces, agrega otro poco. Como propone Adam Grant, no está mal “pensarlo dos veces”, más en una sociedad reactiva que volvió costumbre tratarse mal.
Si a estas alturas te preguntas que pasó con el amigo gato, pensar nos permitió tener un orden y mayor serenidad, llevarlo a veterinaria y descartar daños graves. Hoy tiene una nueva mamá adoptiva que, gracias a pensar en él, desde el mismo principio lo amó, porque cerebro y corazón son hermanos que se piensan y se conectan, no son primos distintes, porque lo que se ama se piensa.





