Por Juanma Gaviria
Desde octubre del año pasado mi voz dejó de sonar igual.
Al principio pensé que era cansancio. Después pensé que era una gripe mal curada. Más adelante llegaron diagnósticos, medicamentos, nuevas hipótesis y muchas preguntas.
Hoy sé que una mala medicación desencadenó una gastritis severa y un reflujo que quema constantemente mis cuerdas vocales. Y aunque dicho así parece algo sencillo, la realidad es que llevo meses sintiendo cómo la herramienta más importante de mi vida ha cambiado delante de mis ojos.
Mi voz ya no tiene la misma fuerza. No tiene el mismo color. No tiene la misma resistencia. Y cuando tu trabajo consiste en hablar, enseñar, inspirar y conectar con personas, eso no es un detalle menor.
A eso se le sumó algo más. Los viajes, el ritmo de vida y las exigencias físicas terminaron pasándome factura. Hoy también estoy lidiando con dolores ocultos que me limitan, que me recuerdan a cada instante que mi cuerpo está peleando una batalla que yo todavía estoy intentando entender.
Y aquí es donde aparece una conversación incómoda.
Porque siempre escuchamos que debemos dignificar la enfermedad. Que debemos aprender de ella. Que debemos escuchar al cuerpo.
Y estoy de acuerdo.
Sin embargo, nadie habla de lo difícil que es cuando la enfermedad toca aquello que amas, y más cuando la enfermedad se acerca peligrosamente a eso que te da identidad.
Porque una cosa es estar enfermo y otra muy distinta es preguntarte qué pasaría si pierdes aquello que soporta lo que has construido en tu vida.
Confieso que hay días en los que me hago preguntas que nunca pensé hacerme: ¿Y si mi voz no vuelve a ser la misma? ¿Y si no puedo volver a sostener una conferencia durante horas? ¿Y si mi cuerpo no responde como antes? ¿Y si tengo que volver a empezar?
Creéme, lo más duro no es el dolor, es el miedo. Porque el dolor te dice que algo está pasando, pero el miedo te convence de que vas a perderlo todo.
Y ahí es donde la mente empieza a correr más rápido que la realidad: Empiezas a imaginar escenarios que todavía no existen, a despedirte de cosas que todavía no has perdido, a sufrir el doble por lo que está pasando y por todo lo que podría pasar.
Y si soy sincero, creo que eso ha sido lo más difícil de este proceso. No el reflujo. No la garganta. No los medicamentos. Sino sentarme frente a mí mismo y aceptar que tengo miedo.
Miedo a que la voz no vuelva, a que el cuerpo no responda, a no poder servir de la manera en que siempre lo he hecho, porque cuando uno ama profundamente algo, también aprende a temer perderlo.
Y ahí entendí algo que jamás había pensado: Muchas veces no valoramos nuestros dones hasta que sentimos que podrían desaparecer.
Y aunque sé que hay personas enfrentando enfermedades mucho más complejas y dolorosas, también he entendido algo: cada ser humano carga sus propias batallas.
El dolor no se compara. Se vive. Y esta es la mía. Porque para alguien que vive de la palabra, sentir que la voz se apaga es parecido a lo que sentiría un músico si pierde el oído, o un atleta si deja de responderle el cuerpo.
No es solamente una herramienta, Es una parte valiosísima de su identidad.
Y ahí fue donde la enfermedad me obligó a detenerme y a hacerme una pregunta que todavía no termino de responder:
¿Quién soy si me quitan aquello que más amo hacer?
Durante años pensé que mi voz era el vehículo de mi propósito. Hoy empiezo a sospechar que tal vez no. Tal vez la voz es solamente una herramienta. Tal vez el propósito vive en un lugar más profundo. Tal vez lo que realmente transforma vidas no es el sonido que sale de mi garganta, sino la intención que nace de mi corazón.
Pero tengo que reconocer que si hay algo me ha enseñado este proceso, es que muchas veces confundimos lo que somos con lo que hacemos. Y cuando la vida toca lo que hacemos, sentimos que nos está quitando quienes somos.
Pero no es verdad. Seguimos siendo nosotros. Seguimos teniendo valor. Seguimos teniendo propósito. Incluso cuando estamos rotos, cuando estamos cansados, cuando no podemos rendir al nivel que nos gustaría.
Quizás por eso la enfermedad llega con lecciones que nadie pide, pero que al final todos necesitamos.
Nos recuerda que somos humanos, que somos vulnerables, que no controlamos tanto como creemos. Y sobre todo, nos recuerda que la vida no nos debe nada.
Hoy entiendo que cada respiración, cada día sin dolor, cada conversación, cada abrazo, cada palabra, cada instante, son un regalo. Y tal vez por eso hoy, en medio de la incertidumbre, estoy intentando cambiar la pregunta.
Ya no quiero preguntarme… “¿Y si esto no vuelve?”. Ahora prefiero preguntarme… “¿Qué vino a enseñarme esto?”
Porque estoy convencido que toda enfermedad trae un mensaje. No sé si viene de Dios, de la vida o del cuerpo cansado de gritar en silencio. Pero sí sé que viene a decir algo.
Y quizá la verdadera sabiduría no está en derrotarla rápidamente. Quizá está en escucharla antes de despedirla.
Por eso quiero dejarte una invitación sencilla. No esperes a que una enfermedad, una pérdida o una crisis te obligue a valorar aquello que hoy tienes.
Haz una pausa y piensa por un momento en eso que hoy das por sentado y pregúntate: ¿Cuándo fue la última vez que le di las gracias a la vida por esto? Porque quizás el aprendizaje no está en esperar a perder algo para entender su valor. Quizás el aprendizaje está en honrarlo mientras todavía lo tenemos.
Mientras tanto, yo seguiré aquí, haciendo conferencias, escribiendo libros, creando contenido, ayudando a personas, con días buenos y días difíciles, con más preguntas que respuestas…
Pero con una certeza enorme: La vida puede tocar muchas cosas, tu voz, tu cuerpo, tus planes, pero nunca podrá tocar aquello que decidas llevar en el alma.
Y mientras eso siga intacto, siempre habrá una forma de volver a empezar. Porque la enfermedad no siempre viene a quitarnos algo. A veces viene a recordarnos todo lo que todavía tenemos.




